Hay presencias que uno aprende a identificar mucho antes de que se hagan visibles. No porque resulten previsibles en el sentido más simple de la palabra, sino porque el paso de los años termina revelando ciertos patrones imposibles de ignorar. Basta una coincidencia demasiado exacta, una puerta que se abre en el instante preciso o un acontecimiento aparentemente fortuito para intuir que algo se está moviendo. Son muchos años observando las mismas señales, los mismos rodeos, la misma manera de aproximarse sin hacer ruido. Y llega un momento en que desaparece la necesidad de interpretar lo que sucede. Porque quien contempla durante décadas el mismo horizonte acaba distinguiendo cualquier cambio en el paisaje antes incluso de que se produzca. Te veo venir de lejos, piensa uno. No desde la sospecha, sino desde el conocimiento que otorga el tiempo.
Resulta curioso comprobar cómo ciertas presencias parecen disfrutar del arte de insinuarse sin irrumpir. Nunca llegan de golpe. Nunca se anuncian con estridencias. Prefieren avanzar lentamente, dejando pequeñas huellas aquí y allá, como quien va sembrando pistas para que alguien termine encontrándolas. Una conversación inesperada, una llamada que llega cuando más se necesita, una respuesta que aparece precisamente cuando parecía imposible encontrarla. Todo forma parte de una especie de lenguaje silencioso que, con los años, termina resultando familiar. Y entonces uno contempla la escena con una mezcla de serenidad y asombro, porque conoce perfectamente el desenlace y, sin embargo, sigue emocionándose cada vez que vuelve a producirse.
Quizá por eso existen encuentros que jamás dejan de conmover aunque hayan ocurrido mil veces. Porque conocer los caminos por los que algo se aproxima no disminuye el impacto de su llegada. Al contrario. Hay realidades cuya repetición no desgasta, sino que fortalece. Cuanto más tiempo pasa, más evidente resulta la existencia de una lógica superior que conecta episodios dispersos de nuestra vida. Hay momentos en los que todo parece encajar con una precisión tan extraordinaria que cuesta atribuirlo únicamente al azar. Y es entonces cuando vuelve a surgir esa misma certeza antigua, esa sensación íntima e intransferible que susurra desde algún rincón de la conciencia: Te veo venir de lejos.
Con el paso de los años he terminado comprendiendo que esa presencia que tantas veces intuía no era otra que la de Dios. Era Él quien aparecía detrás de tantas puertas abiertas cuando todo parecía perdido, detrás de tantas respuestas llegadas en el instante oportuno y detrás de tantas personas convertidas, sin saberlo, en instrumentos de Su voluntad. Hace mucho tiempo que aprendí a reconocer algunas de Sus huellas. Y por eso, por encima de las modas pasajeras, de las corrientes ideológicas dominantes, de una sociedad que cada día parece más empeñada en expulsarlo del horizonte e incluso por encima de las ocasiones en que la propia Iglesia, formada por hombres falibles, parece actuar de una manera difícilmente compatible con aquello que predica, permanece intacta mi certeza. La de quien cree. La de quien sabe que Dios continúa actuando en la historia, aunque casi siempre lo haga desde la discreción. La de quien sigue descubriendo Su mano en lugares donde otros solo ven casualidades. Y la de quien, cuando vuelve a percibir Su presencia en los rincones más inesperados de la existencia, no puede evitar sonreír y repetir para sus adentros, con la confianza de un creyente convencido: Te veo venir de lejos.
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