La revirá | Un portazo incomprensible

Existe una diferencia esencial, profunda y democráticamente saludable entre estudiar una propuesta y aceptarla. Tan evidente resulta esa distinción que cuesta comprender cómo puede llegarse a confundir una cosa con la otra. Desde el máximo respeto hacia la decisión soberana adoptada por las hermandades cordobesas, confieso que escapa completamente a mi comprensión que una iniciativa destinada a replantear la Carrera Oficial ni siquiera haya merecido el derecho a ser analizada, debatida y evaluada antes de pronunciar un veredicto definitivo. Nadie estaba obligado a compartir el planteamiento formulado por la Hermandad de la Soledad. Nadie estaba comprometido a respaldarlo. Nadie tenía por qué asumir como propias sus conclusiones. Pero precisamente por tratarse de una cuestión que afecta al conjunto de la Semana Santa de Córdoba, resulta difícil entender que el procedimiento concluyera antes incluso de comenzar. Porque una cosa es rechazar una propuesta tras haber estudiado sus ventajas y sus inconvenientes, y otra muy distinta es negarse siquiera a abrir la puerta del análisis. Estudiar no compromete. Escuchar no vincula. Debatir no obliga. Todo lo contrario: fortalece las decisiones porque las dota de mayor legitimidad.

Más aún cuando el resultado de la votación evidencia que la cuestión distaba mucho de suscitar unanimidad. Diecisiete votos frente a dieciséis, con el resto de abstenciones, describen un escenario extraordinariamente equilibrado que, lejos de invitar al cierre precipitado del debate, quizá habría aconsejado precisamente lo contrario: abrir un espacio de estudio donde las dudas pudieran resolverse mediante informes, datos, argumentos y criterios técnicos. La propuesta presentada por la Soledad aspiraba —acertada o equivocadamente, eso es precisamente lo que debía determinarse— a ofrecer soluciones relacionadas con la movilidad, la seguridad, la redistribución de los recorridos y la organización de la Carrera Oficial. Su hermano mayor, Enrique Ruiz Flores, ha lamentado que «se ha dejado pasar una buena oportunidad para dar soluciones a diversos problemas que presenta la carrera oficial actual» y ha señalado igualmente que «si de un proyecto sólo se presentan las dificultades y no los beneficios, pues de alguna manera y quizá sin darse cuenta, se dirige el resultado». Se podrá compartir o no esa reflexión, pero cuesta negar que contiene un razonamiento digno, al menos, de ser considerado. Porque nadie conoce las bondades o las carencias de un proyecto que nunca llega a examinarse.

Quizá lo verdaderamente desconcertante sea que el procedimiento se haya detenido antes de que comenzara el verdadero debate. Resulta perfectamente legítimo que una mayoría termine concluyendo que una determinada reforma no conviene a la ciudad, a las hermandades o al modelo organizativo vigente. Esa habría sido una decisión plenamente respetable. Lo difícil de comprender es la negativa a recorrer previamente el camino del estudio, de la comparación, de la reflexión compartida y del contraste técnico. Las instituciones crecen precisamente cuando permiten que las ideas se enfrenten con naturalidad, cuando someten las propuestas al filtro del conocimiento y cuando entienden que el análisis nunca constituye una amenaza, sino una herramienta para decidir mejor. Rechazar después de estudiar puede resultar incluso enriquecedor. Rechazar sin estudiar deja inevitablemente la sensación de que la conclusión precedía al proceso. Y esa percepción, aunque quizá sea injusta, resulta difícil de evitar desde fuera.

Las propias palabras finales del hermano mayor de la Soledad invitan precisamente a una reflexión que trasciende este episodio concreto. «Siempre hay tiempo de plantear otra posible solución», ha afirmado, antes de recordar que «para llegar a buen acuerdo es imprescindible que las cofradías miremos el beneficio general de todos y seamos capaces de ser generosos», concluyendo con una frase que merece ser subrayada: «La Semana Santa es y será, lo que los cofrades queramos que sea». Difícil discrepar de esa idea. Precisamente por ello, quizá la mejor manera de construir ese futuro común consista en no tener miedo a las propuestas, aunque finalmente no prosperen. Porque las ideas no deterioran las instituciones; las enriquecen. Los debates serenos no las debilitan; las fortalecen. Y el estudio de una iniciativa jamás debería interpretarse como una amenaza, sino como un saludable ejercicio de responsabilidad colectiva. Al fin y al cabo, analizar nunca obliga a aceptar, pero renunciar a analizar sí impide saber si, entre aquello que se rechazó, podía encontrarse alguna respuesta útil para los problemas que todos reconocen.