En mi situación de maestro y siendo partícipe de un curso en formación teológica me he topado con uno de esos textos de carácter ético y moral que los Obispos españoles tienen a bien redactar cada cierto tiempo. En el mismo, trataban los problemas más radicales que la casi irremediable crisis moral, que infecta nuestro amado planeta, a la vez que analizaban la deficiencia de nuestra moral a la hora de ejecutar nuestras acciones.
Todos esos signos del resquebrajamiento de la ética cristiana dentro de las sociedades actuales atañían a la distorsión del carácter infranqueable de la verdad, es decir de la confirmación de la existencia de verdades contingentes y revisables. Es muy similar a lo que suele ocurrir en los cabildos de hermanos en las Cofradías. Sin lugar a dudas, la distorsión de la realidad y la existencia de diferentes verdades han propugnado diferencias entre los fieles hasta tal punto de provocar escisiones en el seno de las Corporaciones.
En escena entra también el poder de la autoafirmación. Un espacio de libertad, curiosamente autoimplantado, que recoge la necesidad de establecer esa «verdad absoluta» desligada de cualquier evidencia y con el objeto de complacer nuestro bienestar aunque la pesquisa configure la más burda de las mentiras.
Es la antítesis de la conocida frase que pronunció Nuestro Señor Jesucristo, «la verdad os hará libres», cuya pretensión busca la auténtica motivación y el motor de búsqueda que debe poner en funcionamiento el ser humano.
Actualmente, cierto sector de la Iglesia se mantiene alejado de esa afirmación en busca de una verdad artificial y radicada en la suntuosidad y en el reconfortante colchón de los placeres de la vida, buscando una realidad que no existe, intentando saciar su insaciable sed de buscar la satisfacción fuera de los límites de la fe y de imponer opiniones propias, acercándose a posturas de sectores que defenestraron la idea de que podría existir una moral establecida y desencadenando afrentas contra sus iguales. Una propuesta vacía que se puede traducir en las contiendas, a las que me he referido anteriormente, y que las hermandades han intentado ocultar por activa y por pasiva para no contemplar la mano planeadora del Obispado sobre sus cabezas.
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