La vida de un nazareno viejo

Rafael era un niño que vivía en la calle Olivares. De pequeño se divertía en el campo con sus amigos dejando a un lado las tareas escolares. Todos los días veía como su madre asistía a misa con gran fervor. De vuelta, charlas sobre la predicación del cura, y por la noche, rezos indicados por la madre: “Rafaé, reza un avemaría por la Virgen de los Dolores”.

Cuando fue creciendo dejó el colegio. A partir de entonces, se dedicó con su tío a las tareas que salían del campo con las que solo podía subsistir. Con solo quince años era ya un hombre. Días de calor dejando sus manos en la tierra. Por la tarde visitaba el casino y se sentaba al lado de la gente vieja para escucharles. Él siempre aprendía de ellos, hablaban sobre todo de campo y de la gente del pueblo. Cotilleos en mesas de madera y ceniceros llenos de colillas.

Una de las veces que Rafael fue al casino se sentó con Teófilo. Él le hablaba de la Virgen de los Dolores, como lo hacía su madre. “Rafaé, Ella es la Virgen de la gente del campo, de nuestros padres y nuestras madres”. Teófilo siguió hablándole de anécdotas de la hermandad y como se estaba sufragando el nuevo paso del orfebre Seco Imberg. Rafael disfrutaba de esas charlas y cada día aumentaba su devoción a la Virgen, no en la puerta de su capilla, sino en la mesa del casino, escuchando a Teófilo y recordando los momentos en los que su madre le hablaba de la Virgen.

Cuando tuvo diecinueve años Rafael sintió la obligación de llevar a la Virgen de los Dolores. Eran los años de los costaleros pagados. Mañanas de Viernes Santo en los que los costaleros llegaban tarde porque venían de dar de comer al ganado. Cuando llegaban a la iglesia con gran algarabía llenaban el suelo de barro y se encontraban las desaprobaciones del sacristán.

Rafael aprendía mucho de ellos. Era una cuadrilla formada por gente de todas las raleas pero unida por una Virgen. El objetivo era llevar el paso de vuelta y que las fuerzas no se agotasen. Años de botas de vino debajo del paso y grandes anécdotas. Cuando llegaba a la iglesia la mayoría de los costaleros cobraba por su esfuerzo, algunos necesitaban ese dinero realmente. Pero Rafael siempre devolvía el sobre.

Así transcurrieron todos los años de la vida de Rafael. Tuvo un hijo y le transmitió la devoción a Jesús Nazareno y la Virgen de los Dolores. Los costaleros fueron pasando. Cada año la gente de abajo quería más a la Virgen hasta que la cuadrilla terminó siendo de hermanos costaleros, y sus últimos años debajo lo vivió con gente muy nueva que aún siguen metiéndose en el paso.

A duras penas dejó el costal. Empezaba una nueva etapa de su vida. Ya no estaba debajo de la Virgen de los Dolores el Viernes Santo, sino delante, con el cirio al cuadril. El respiradero ya no fue testigo de las lágrimas de su devoción, ahora era el antifaz quien las absorbía. Protagonista del rito y la regla de los nazarenos nombrados del último tramo de palio. De repente, Rafael supo cual fue el momento en el que dejó su infancia. Aquel día gris de diciembre que vio a su padre amortajado con una túnica negra, idéntica a la que él llevaba ahora.