La vieja Cuaresma

Quedan seis días para el Jueves Lardero. Tal vez muchos de vosotros no sepáis qué es eso, pero mis amigos pontaneses seguro que han captado el concepto y han comprendido perfectamente lo que eso significa. Para los menos duchos en la materia, quiere decir que la Cuaresma ya está aquí, que le quedan solo unos pocos pasos y que este año, Dios mediante, tomaremos las calles una vez más para convertirlas en una nueva Jerusalén.

Pocas veces se desea con tanto ahínco que llegue la Cuaresma. En numerosas ocasiones no somos conscientes de la suerte que tenemos al poder disfrutar cada año de lo mismo, aunque cada año sea distinto. Es triste tener que admitir que se precisa una doble dosis de pandemia para que valoremos justamente lo que tenemos. Pero así es la vida, así nos la cuentan a diario y así la sobrellevamos entre embates de incertidumbre, fatiga y monotonía.

La Cuaresma, como anciana que es, tiene sus propias manías. Para algunos es casposa y trasnochada en un tiempo de modernidad mordente. Para otros —los más sabios— es una maestra de vida y un áncora de realidad en la que poder aferrarte. La Cuaresma, con sus sietes patas, cada una de ellas bien perfilada y bautizada, avanza por el Carnaval hasta recordarnos las Tentaciones que nos afligen, reposa en la Transfiguración del alma ante el macabro rostro del Diablo Mundo, se recrea en la sencillez del Pan y los Peces como medio de vida, y anticipa la Pasión que se remarca en el dintel laureado del siempre ansiado Domingo de Ramos, quien a su vez abre esas puertas suyas de sarga y esparto en respuesta al canto tonado de sus hijos en hermandad.

Repito, quizás algunos no entiendan a qué me refiero. Ni yo mismo podría explicarlo. No obstante, en la vida pocas cosas se entienden si no se sienten, o al menos eso ocurre con las que realmente son importantes. El discurrir del siempre tiene a bien dejarnos un hueco para el recreo. Hay que cogerlo y disfrutarlo. Hay que vivirlo para no morir en la rutina ni en el hábito. Como mucho, si es hábito, que sea de túnica atezada por el tiempo. De no ser así, mejor que se disperse en lo ordinario antes de que contamine lo extraordinario.

La vieja Cuaresma está sobrepasando los últimos adoquines de la calle y este año viene para quedarse. Queda tan poco que ya se la puede ver sorteando el quiebro de la acera. Su proximidad es tal que se atreve a escribir estas líneas que ahora vais recorriendo con el pensamiento. El corazón se estremece ante lo que todo ello significa. Solo resta dejar pasar los prolegómenos de febrero para que ella se presente de nuevo tras dos años de espera. Y después, nada más, pues huelgan las palabras. Contad los días, porque se acerca.