Las cuentas nazarenas

A menos de una semana de estrenar esta nueva Semana Santa que Agrupación, Cabildo y Cofradías se han propuesto regalarnos el éxito de la misma dependerá de muchos factores. La satisfacción del público por la nueva ubicación de la carrera oficial, la cantidad de público en las calles en horarios de salida mucho más tempranos, en si la mayoría de las cofradías no pasan demasiadas penalidades para volver a sus templos de salida, etcétera.

Pocos serán los que se fijen en las disminuciones o aumentos de los cortejos nazarenos. Los que de verdad importan. Los que de verdad dan sentido a la estación de penitencia. Los que salen no a ser vistos, sino a acompañar a sus Titulares en anonimato, silencio y respeto sin abandonar su puesto para ir a tomarse una cerveza con su pareja de fatigas. Aquellos para los que las hermandades no ofrecen peroles. Esos que tienen que soportar o, mejor dicho, padecer las entradas que se prolongan hasta lo absurdo porque el capataz y sus costaleros tienen que disfrutar un poquito más en la calle y se gastan una hora y media en andar una calle de treinta metros para llegar a su iglesia. ¿Qué más dará lo que soporten esos pobres que no han visto un servicio ni un vaso de agua desde las cinco de la tarde hasta las doce de la noche si yo voy a tocar tres marchas en dos losetas, voy a hacer un giro de ciento ochenta grados para que el Señor entre de cara al pueblo y luego voy a hacer el «perla» tardando un mundo en meter el paso en la iglesia por dos raíles?

Se acabará la Semana Santa y pocos, muy pocos, hablarán de nazarenos. Se tratará del tiempo, de las pendientes de la nueva carrera oficial, de la segunda puerta, de lo bien que tocó aquella banda y de lo que desafinó aquella otra…. De ustedes, nazarenos, lo justo. ¿Saben qué pienso? Que algún año deberían todos ustedes hacer huelga y no salir ninguno. A ver si así, de una puñetera vez, tienen con ustedes alguna mínima consideración.