En el año de 1627 llegaba a Córdoba la que sería la joya de su Semana Santa, el magnífico grupo escultórico realizado por Juan de Mesa poco antes de su muerte: Nuestra Señora de las Angustias.
Según los valiosísimos documentos conservados y como se ha hecho saber en no pocas ocasiones, a las imágenes del Señor y la Santísima Virgen – a los que podemos ver en ambas fotografías en su camarín antes de verse forzados a abandonar la iglesia del Convento de San Agustín – no le quedaban más de tres días de trabajo, en palabras del propio Juan de Mesa cuando a este le sobrevino la muerte. De ello se deduce que el trabajo de las valiosísimas tallas fue concluido por los discípulos del insigne imaginero, los cuales debieron quedar encargados del taller de este.
La de Nuestra Señora de las Angustias de Juan de Mesa se suma a una larga lista de las muchas interpretaciones de la Piedad marcando, eso sí, un antes y un después en la imaginería andaluza hasta el punto de convertirse en un referente inequívoco dentro del Barroco cordobés.
Fue el Padre Maestro de los Agustinos, Fray Pedro de Góngora, residente en el Convento de San Agustín de Sevilla, quien encargase la admirable obra al imaginero cordobés – también afincado en la ciudad hispalense – para que, una vez concluida, fuese enviada a la cofradía de la ciudad califal.
La imagen de la Santísima Virgen, de talla completa, fue concebida por Juan de Mesa sentada, tallada con camisa, túnica y con los brazos articulados a fin de ser revestida. La cabeza – al igual que ocurriese con el gran Esparraguero – posee un cráneo liso, habiéndole sido tallado el flequillo únicamente. La perfección del tallado de los paños de la Virgen de las Angustias pone de manifiesto la incuestionable destreza del escultor en el punto álgido de su carrera. El rostro de la Madre nos dibuja a una mujer madura, con gesto de dolor contenido y, al mismo tiempo, de gran dramatismo y expresividad, dando lugar a un conjunto excepcional, de increíble precisión, propia de un maestro de la altura de Juan de Mesa.
Sobre las rodillas de la Santa Virgen descansa el cuerpo sin vida de Cristo, de una perfección anatómica tan admirable que hace inevitable la comparación entre esta imagen y la de la Piedad de Miguel Ángel, evidenciando la gran diferencia entre el idealismo renacentista y el realismo y dramatismo barroco, tan típico de un marco como el que presentaba la Sevilla de Martínez Montañés en la que se formó un artista irrepetible como Juan de Mesa. En definitiva, la técnica, las formas, la disposición, el cuidado de los detalles, la expresividad y el dramatismo del grupo escultórico obtuvieron como resultado una obra incomparable que, desde su finalización en aquel año de 1627, se convirtió en un modelo para cualquier creación realizada posteriormente sin que ninguna de ellas, en el transcurso de los siglos, haya podido igualarla ni mucho menos superarla.
Muchos han sido los debates que han suscitado la posición del Señor en relación con la Santísima Virgen, pues salvo en muy pocas ocasiones, Cristo muerto rodea a la Madre con su brazo derecho, el cual descansa sobre la espalda de Ella. El estudio de esta disposición hicieron a muchos recapacitar sobre una intención muy diferente por parte del autor, ya que parece tener mucha más lógica que, en un principio, el Hijo apoyase su cabeza y brazo derecho sobre las rodillas de la Virgen, colocándose por lo tanto de frente al espectador y dando sentido, a la vez, a la dirección de la mirada de Nuestra Señora de las Angustias.
No obstante, desechada esta idea en el presente, la postura actual – en realidad más compleja – debe poder explicarse asimismo de algún modo, estando quizás estrechamente relacionada con los cultos que rememoraban el pasaje del Descendimiento de Cristo, aun sin estar respaldada esta teoría por ninguna constancia documental. Fue este hecho, agravado por el difícil posicionamiento del cuerpo del Señor sobre el regazo de la Virgen y la postura del brazo derecho el que llevaron al mejor conocedor de Juan de Mesa, José Hernández Díaz, a insistir sobre la actitud descrita anteriormente y en la que ambas imágenes procesionaron hasta el año 1974.
A partir de ese momento, esta concepción del grupo se descartó para volver a la primitiva considerando la aceptada actitud de la Madre para con el Hijo en cuantiosas representaciones pictóricas, otorgando a esta mayor crédito al haber sido realizadas en períodos históricos muy próximos al de la factura de la inigualable Virgen de las Angustias del admirado cordobés.
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