Los artesanos | La cortesía es también una forma de excelencia

​En nuestro oficio, aprendemos pronto que el oro de ley y el barniz requieren tiempos exactos; no se puede acelerar el secado de una madera ni forzar el asentado de una lámina sin comprometer el resultado final. La paciencia, por tanto, es una herramienta tan esencial como la piedra de ágata o la muñequilla. Sin embargo, parece que esa misma paciencia que dedicamos a nuestro trabajo no es correspondida cuando, al otro lado de la mesa, el interlocutor es quien ostenta el cargo en una Junta de Gobierno.

​Resulta frustrante observar cómo el artesano es a menudo tratado como un actor invisible. Cuando una Hermandad nos solicita, como profesionales, que presentemos un proyecto y presupuesto para una intervención, detrás de ese documento hay horas de estudio, visitas técnicas y una dedicación que merece, como mínimo, el cierre del ciclo. Lo que resulta difícil de encajar no es la decisión final —pues el derecho a elegir es soberano—, sino la ausencia absoluta de comunicación por parte de quienes, en este mandato, dirigen los destinos de la corporación.

​¿Es tanto pedir un mensaje, aunque sea en negativo? ¿Se ha olvidado que detrás de cada proyecto hay personas y un respeto profesional que debería ser la base de cualquier relación? Enterarse por terceros o por el simple silencio de que una decisión ha sido tomada, mientras uno sigue esperando una comunicación que nunca llega, dice muy poco de quienes ostentan la responsabilidad de cuidar el legado de la corporación. No confundamos la Hermandad, que es eterna, con quienes hoy ocupan un sillón en la Junta de Gobierno; ellos son pasajeros, pero sus formas —o la falta de ellas— dejan una huella imborrable en el trato con los profesionales.

​La gestión del patrimonio no se limita a elegir quién aplica el oro o quién da el barniz; es también saber gestionar las relaciones humanas con quienes dedican su vida a cuidar de esa misma historia. Una Junta de Gobierno que presume de proteger su legado debería empezar por proteger la dignidad de los profesionales a los que ellos mismos han convocado.

​La excelencia no se limita a la calidad de la obra entregada, sino también a la altura de las formas. A veces, la mayor lección de artesanía que puede dar quien ostenta un cargo es el respeto elemental hacia los profesionales a los que han requerido. A partir de ahora, cuando volvamos al taller, seguiremos trabajando con el mismo rigor de siempre, pero seremos muy conscientes de quiénes valoran el tiempo que nos han solicitado y quiénes, por falta de tacto, demuestran que el peso del cargo les queda grande.