Ha concluido la Semana Santa de Córdoba, con el regusto dulce de los muchos momentos hermosos vividos, para atesorar en el arcón de la memoria imperecedera, y la melancolía de las cosas que nos escapan de las manos. Es cierto que, en apenas unas semanas, volverá a comenzar a dibujarse en el horizonte de nuestros sueños la próxima Cuaresma. Pero mientras tanto, se diga lo que se diga, la tarde del Domingo de Resurrección es momento para el vacío y el recuerdo. Dejemos volar la imaginación y revivamos juntos aquellos instantes.
Afortunados. Infinitamente afortunados los cientos de cordobeses y algunos visitantes «que se vieron gratamente sorprendidos por los tambores», que se congregaron, en la noche del jueves por las calles de Córdoba, para presenciar el discurrir, sobrio y elegante, del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y de los cofrades que han alumbrado su caminar.
Cuando la Agrupación Parroquial de la Salud de Puerta Nueva anunciase, hace meses, su firme intención de que el crucificado al que rinde pleitesía protagonizase una salida procesional durante la Cuaresma de 2018, pocos podían imaginar que la cosa cuajaría del modo impecable demostrado.
Es cierto que es solo el primer año y que el tiempo será ese juez inexorable que terminara concretando si este sueño materializado termina convirtiéndose en una cofradía más de la nómina de la Semana Santa de Córdoba. Pero con independencia de elucubraciones y pronósticos, las credenciales que esta joven corporación ha presentado al pueblo de Córdoba este Jueves de Pasión recuperado, tienen muy buena pinta.
Un cortejo de más 100 nazarenos y algunos penitentes que aún no vestían túnica, conformaron un cortejo muy bien plantado, con un gratificante sabor a barrio pero al mismo tiempo dorado de una seriedad digna de mención y elogio.
Elegancia contenida en las chicotas la cuadrilla costalera, mandada por el capataz Rafael Giraldo, que alternando levantas incorporadas con algunas a pulso ha demostrado que no son necesarias ciertas alharacas para derrochar buen gusto y despertar la admiración del público asistente.
Espectacular el aspecto que presenta el Crucificado tras la restauración a la que ha sido sometido de manos de Ana Infante de la Torre, toda una apuesta sobre seguro, perfectamente dispuesto sobre el trono caoba en el que ha caminado, al son de marchas eminentemente clásicas interpretadas con gran dulzura, tomen buena nota, por la Banda de Cornetas y Tambores Caído y Fuensanta, que he apuntado, este Jueves de Pasión, lo muchísimo que puede ofrecer en esta Semana Santa que acaba de esbozar sus primeros retazos.
Tras los sones de la Agrupación Musical Sagrada Cena, que mantiene el sabor inconfundible de las marchas clásicas que integran su repertorio, el cortejo de la Salud de Puerta Nueva, fue desarrollando el recoleto itinerario elegido por el equipo de gobierno de la cofradía, dejando momentos de especial intensidad, como los vividos en la salida, al compás de Silencio Blanco, en las espaldas de San Pedro, o en las puertas de la propia Basílica, que se hallaban abiertas de par en par con la impactante imagen del Santísimo Cristo de la Misericordia presenciando del paso de la cofradía de Puerta Nueva.
Algo más desangelado fue el paso del cortejo por la Corredera, en virtud de la lógica derivada de tratarse de un día laborable y serlo también el Viernes de Dolores – que muchos cambiábamos a pelo por festivos como el 1 de mayo-, lo que provocó que el público en la primera parte del recorrido fuese muy superior que en las fases finales de la salida procesional. Y es que los padres se apresuraron a llevar a sus niños al entorno de Puerta Nueva y a la calle Alfonso XII para que el horario tardío no perjudicase su sueño con vistas al cole que esperaba inoportuno pocas horas después.
Sea como fuere, el regusto reconfortante de haber recuperado el Jueves de Pasión para la ciudad de Córdoba, fue circulando de boca en boca entre los cientos de cofrades que se dieron cita al paso de la cofradía. Una sensacion dulce, multiplicada por la constatación de que la puesta en escena de esta incipiente corporación permite presuponerle un futuro halagüeño, a poco que se hagan las cosas con el mismo criterio con el que hasta ahora se ha estado haciendo.
Perfecta la elección de Ana infante de la Torre, perfecto el itinerario escogido, perfecto el capataz elegido, perfectas las bandas contratadas, perfecta la disposición del cortejo humilde pero perfecta, perfecta la selección de marchas, y perfecta la determinación de los cofrades de la Salud de Puerta Nueva, que han sentado las bases de un futuro prometedor que a partir de hoy, goza del beneplácito de quienes en algún momento pudieron osar ponerlo en duda.
Córdoba ha recuperado una jornada que había perdido para las cofradías, y la Salud de Puerta Nueva y la ciudad entera han vuelto a hacer historia, conquistando el corazón y la ilusión de buena parte de quienes se han congregado a su paso. Una ilusión que ha obtenido una muy buena nota, que deberá ser refrendada la próxima primavera.
La lluvia siempre desagradable e inoportuna, por más que estuviese prevista su presencia, truncó una de las jornadas más intensas de la religiosidad popular de la ciudad de Córdoba. Una de las citas esenciales, marcadas a fuego en el calendario de todos los cofrades cordobeses, que se ha visto completamente deslucida, convertida en un atípico Viernes de Dolores, cuajado de frío, lluvia y soledad en las calles. Las mareas humanas habituales, tal día como hoy, por zonas como Capuchinos o San Lorenzo, se han visto sustituidas por calles mojadas y lluvia persistente, que han motivado que la celebración de los Vía Crucis previstos por las calles de Córdoba debieran celebrarse en el interior de los templos.
No obstante, la mañana, mucho más benévola, sí permitió la proliferación que algunas de las imágenes a las que los cordobeses están acostumbrados en días como hoy, con colas en Capuchinos para ver a la Señora de Córdoba, a la Virgen de la Paz y a los titulares de la Hermandad del Císter, así como en San Agustín, donde la Virgen de las Angustias ya reinaba poderosa en su altar itinerante con vistas al Jueves Santo, mientras su Hijo yacía al pie de su trono, expuesto en devoto besapies, a la espera de la celebración del tradicional Vía Crucis claustral que preside en el interior del templo fernandino. Nuestros compañeros Antonio y Gema Poyato y Javier Luque, recorrieron las calles de la ciudad en la búsqueda de algunas de las imágenes para el recuerdo, de este Viernes de Dolores completamente distinto.
La tarde-noche del Sábado de Pasión demostró que se afianza como uno de los días que más ilusión despiertan en los que amamos este vilipendiado mundo cofrade. Cámara en mano y con la ilusión de un niño, puse rumbo al lejano barrio de Miralbaida con la esperanza de ver in situ la genial obra titular que realizase Pedro García Velasco. Nuestro encuentro se ha realizado cara a cara cruzando la carretera de Palma del Río, lugar que he decir me causaba ciertas dudas en cuanto a estampa y que de manera maravillosa solventa la cofradía con un organizado cortejo que culmina en el paso que porta esa escultura del Señor que se acerca a su pueblo como quien susurra la verdad. Bajo sus pies un exorno floral de lo más variado que nutre de una belleza absoluta el paso que dirige Enrique Garrido, capataz que pese a su juventud se encuentra repartido varios días en la Capital cordobesa afianzando su buen hacer al frente del martillo. Así, sorprendiendo a un humilde servidor, la cofradía se alejaba adentrándose en el corazón del barrio de Miralbaida, ese que, con una mezcla de tristeza y alegría, espera que pronto su Padre, reparta esa conversión tan necesaria en estos días.
Paralelamente y con un horario suizo, la Cofradía de Las Lágrimas presentaba ante su pueblo el misterio que iza la bandera del perdón y la misericordia en la que Jesús fue crucificado. Izaba dicha bandera el sayón que haya realizado Pedro Jesús Pila Martínez, imaginero cordobés que ha tenido el placer de iniciar la conformación de un misterio en el que la Hermandad ha puesto todo su empeño. La Cruz de Guía en madera caoba avanzaba por el barrio del Figueroa que se llenaba de fieles que con orgullo incluso se dirigían a los que trataban de inmortalizar una de las estampas históricas de nuestra Semana Santa pidiendo “que sacasen bien al Cristo tan bonito que el barrio tiene”. El cortejo de nazarenos bien dispuesto acompañaba al Señor junto con la Banda de Cornetas y Tambores del Santísimo Cristo de Fe y Consuelo de Martos que interpretaba en la revirá que alejaba al Señor de su casa la marcha “Cristo de las Siete Palabras” para llevarlo al moderno barrio de Arroyo del Moro donde discurriría con la misma excelente disposición el resto de su estación de penitencia.
Una de las mayores novedades la pudimos comprobar por el obrero barrio de Las Margaritas que con una incesante labor sigue adelante con uno de los proyectos que personalmente más deseo disfrutar en las calles de Córdoba como amante del sevillano misterio de Santa Marta, el traslado al Sepulcro. Por primera vez, Nuestra Señora de Salud y Traspaso saldría en su paso portado por costaleros, que con un caminar elegante y sereno al son del trío de capilla que enamora y despierta sensaciones únicas de oración a su paso. Buena parte de culpa del andar sereno la tiene Ángel Carrero al que ya conocemos al frente del Santísimo Cristo de la Expiración y cuya manera de andar no tendremos que descubrir a estas alturas. La Virgen, ataviada con un manto negro sereno y portando un pañuelo en sus manos, ha caminado culminando un cortejo lleno de respeto cuyo punto de emoción se ha resaltado al llegar a la Iglesia de las Margaritas y que suponía el punto de regreso hacia la Parroquia Nuestra Señora de la Consolación donde la Virgen aguardará un año más a la espera de los pasos que su inquebrantable Cofradía pueda dar de cara al futuro.
La emoción del barrio de Fátima era palpable desde horas antes de la salida de Nuestra Señora de la O, la madre que los vecinos esperaban ver en la calle con ansiedad para verla pasear bajo el palio que muchos consideran sin equivocarse un gran paso hacia adelante. Del cocherón improvisado por las dimensiones de la puerta de salida de la Iglesia de la Aurora, salía entre vítores el palio rojo que portaba la dulce imagen de la Señora de la O que desafiaba el fuerte viento y las bajas temperaturas que han reinado en nuestra ciudad y que miles de cordobeses han pasado por alto para ver el exquisito andar suave que derrochaba el palio sobre el empedrado de la Plaza Mahatma Ghandi y del que buena culpa tiene Jesús Ortigosa, otro de los jóvenes capataces que ocupa un lugar privilegiado en la cartera de hombres de negro al frente de los martillos. Especial interés despertaba ver en la calle el nuevo frontal de palio que estrenaba la cofradía y que maravillosamente ha sido dispuesto acompañado por la malla que presidia el resto del palio. Todo ese conjunto, acompañado de la magnífica Banda Sinfónica de Dos Torres, ha dispuesto un escenario de futuro que todos estamos deseosos de ver crecer.
Finalizaba el día en el Barrio de Cañero –porque así será siempre- acompañando al Señor de los Afligidos que un año más congregaba a cientos de vecinos a su salida, una salida peculiar dado que la estrechez de la puerta de San Vicente Ferrer hace que resulte imposible hacer la salida con la totalidad del paso con lo que, de una manera casi didáctica, podemos observar el montaje de gran parte del respiradero y las potencias del Señor. Un andar sobrio, de frente y sin adornos, lleva al Cristo por calles a media luz rodeadas de naranjos y casas bajas que hacen aislarse de la ciudad con una intimidad y un buen gusto que se refleja en las formas de casi un centenar de hermanos de luz que en silencio completaban el cortejo. La Banda de la Redención de Córdoba que de manera magnífica se estrenaba con la Cofradía, dispuso todo su potencial dotando de sus sones casi de manera constante toda la estación de penitencia, con lo que ha contribuido a que, sin solución de continuidad, estemos preparados para abrir de manera oficial nuestra semana mayor.
Como añadidura, espectacular ha sido el traslado del Señor de la Agonía y la Virgen de la Salud que se ponían rumbo a la Santa Iglesia Catedral desde donde se pondrán en la calle el próximo Martes Santo camino de su Iglesia. Una numerosa cantidad de hermanos han acompañado -en la que ha sido su primera salida junto al Señor de la Agonía- a la hermosa Virgen de la Salud sobre la que se han centrado la mayoría de miradas por suponer este hecho, un momento histórica en la vida de la Cofradía.
Los pronósticos ya lo aventuraban con toda crudeza. La mañana del Domingo de Ramos sería pasada por agua. Y así ha sido. Una de las mañanas más bonitas de todo el año, con permiso de la mañana de Reyes, se fue al traste a causa de las constantes precipitaciones que cayeron durante toda la mañana por las calles de la ciudad de San Rafael. Aún así, muchos cordobeses se dieron cita en las puertas del templo fernandino esperando un milagro que no se produjo. Aún así el entorno de San Lorenzo no se convirtió en el habitual hervidero en que habitualmente se convierte cada Domingo de Ramos.
La tristeza predominante en el rostro de los hermanos de la entrada triunfal estuvo quizá un poco tamizada por la consciencia de lo que era inexorable. «El consuelo es que lleva lloviendo sin parar toda la mañana no ha sido un chaparrón justo a la hora de salir», decían algunos de los hermanos que confirmaban la inevitable noticia a las puertas del templo. No obstante, la desazón era generalizada. Una tristeza acrecentada por tratarse de una año especial para la cofradía de los niños hebreos, al cumplirse XXV años de la primera salida de la Virgen de la Palma.
La cadencia rítmica de las lágrimas infantiles derramadas que se entremezclaban con el líquido elemento, que las nubes repartían por cada rincón de la ciudad, convirtieron en certeza lo que muchos consideraban un hecho antes de que la posibilidad de un milagro fuese arrancada de las almas de los cofrades de manera inmisericorde.
De repente las puertas de San Lorenzo se abrieron de par en par, pero no hacia afuera, como el mundo deseaba, para que un oleaje de niños hebreos inundase con su inocencia cada rincón de la ciudad que añoraba la primavera, sino hacia adentro, para que miles de cordobeses enjugasen el lamento de la cofradía de las Palmas, la que siempre nos regala el estreno de una sonrisa, y que por una vez, buscó desesperadamente el pañuelo de Córdoba, para secar su llanto entro los abrazos de quienes acudieron a consolarla.
El Domingo de contrastes pareció romperse en dos mitades, a caballo entre la tristeza de la ilusión negada y la promesa de que la primavera lograse abrirse hueco entre los charcos que ensuciaban las sonrisas. Con la respiración contenida, miles de cordobeses peregrinaron al Alpargate, para materializar el sueño de encontrarse cara a cara con el Cautivo trinitario.
A medida que las manecillas del reloj fueron aproximándose a la hora mágica en que el Señor debía ser arropado por el alma de Córdoba, la intranquilidad fue apoderándose de los rostros y la inquietud de los teléfonos que ardían en las manos de jóvenes y menos jóvenes devorando con fruición cualquier información que garantizase que el sol se abriría paso entre las nubes, sin lograrlo. A cada segundo que volaba, crecía la incertidumbre, hasta que el cielo volvió a llorar y con él las miradas de quienes asistían incrédulos, como lo que prometían como una mejoría volvía a convertirse en un castigo.
Media hora más de sufrimiento, la que quien manda dijo que no existiría. Bastaron 48 horas para desdecirse sin rubor alguno. Hubo media hora y al cabo del plazo, las puertas se abrieron para que la cruz de guía se abriese camino entre el maremagnum de miradas que ansiaban reflejar sus pupilas son la de Jesús
Rescatado y su Madre Amargura. Y todo se precipitó, el cortejo impoluto y perfectamente formado, que precedía el caminar del Señor, que por fín ocupaba el lugar que le corresponde sin que haya llegado el fin del mundo, por obra y gracias de una junta de gobierno que merece todos los aplausos por la valentía demostrada.
Como los merece el buen hacer de la cuadrilla que dirige Javier Santiago y sobre sus hombros lleva por Córdoba al Señor, que acompañado magistralmente por la dulzura que destila la personalísima e insustituible forma de interpretar de Coronación de Espinas, regaló al Domingo de Ramos, momentos de muchos quilates. Tras Él, María Santísima de la Amargura, por momentos alegre y en otros solemne, pero siempre elegante, derrochando un aroma inconfundible, tamizado por gotas del nuevo rumbo que Carlos Quesada, está imprimiendo a su cuadrilla costalera.
Tenía una muy difícil papeleta la Hermandad del Cerro, envuelta en los últimos años en una desazón institucional que, lamentablemente, no parece haber concluido y que la inminente convocatoria de un nuevo proceso electoral tiene toda la pinta de volver a avivar. La del Cerro es una corporación que necesita de manera urgente hallar la paz social y la estabilidad a todos los niveles. De lo contrario, el excelente trabajo desarrollado por la junta gestora que ha guiado sus designios hasta hace unos meses, lo construido con gran esfuerzo, todo lo bueno hecho, puede despeñarse por un abismo de consecuencias imprevisibles.
La presencia de Lorenzo de Juan, un auténtico maestro, con un mundo de experiencia sobre sus espaldas o la música de la Banda de la Salud, un auténtico diamante que sigue sorprendiendo con su fuerza inabarcable y la calidad de sus interpretaciones, son dos de estos elementos que el Amor no puede dejar escapar. Sobre estos mimbres debe construirse el futuro que la hermandad merece. Y para ello será preciso tener la grandeza que, con anterioridad ha escaseado, para ser consciente de que solamente juntos se pueden construir los cimientos de la resurrección, aprendiendo de la sabiduría de quienes han dejado su vida junto a la Virgen de la Encarnación y Jesús del Silencio, y extirpando lo que sea menester y se estime que causa más perjuicios que los beneficios que reporta.
La Hermandad del Cerro merece mucho más y la construcción ha de asentarse sobre personas con los conocimientos necesarios y la capacidad para pacificar y unir a las distintas sensibilidades que la hermandad evidencia. Y sobre la firmeza y la valentía de ser capaz de enseñar la puerta de la calle, sin paños calientes a quienes llevan años haciendo daño a la institución que seguramente aman. La corporación se encuentra en una encrucijada. El tiempo dirá si el camino elegido sirve para recuperar la ilusión en una hermandad que siempre gozó del cariño de la Córdoba Cofrade.
Casi a la misma hora en que se teñía la ciudad de verde esperanza, en la Calle del Sol se fundió la gélida incertidumbre con los tres golpes que, sobre el portón de Santiago, anunciaban que Las Penas salían a la calle. El sol comenzó a reconquistar el territorio que le pertenece, mientras el público alborozado, comenzaba a ocupar su lugar de privilegio en las orillas del cauce, para permitir avanzar al cortejo, camino de la gloria.
El singular cortejo de la cofradía, con la seriedad que le es propia, y al mismo tiempo con ese regusto a hermandad de barrio que siempre tuvo la de Santiago, fue descontando distancia para encontrarse con Su Divina Majestad. De repente, la tempestad. El crucificado único al que rinden pleitesía en este maravilloso y genuino rincón del universo, asomó por el cancel de su feudo, y con en un suspiro, la calma mutó en derroche y en fuerza desbordante bajo las trabajaderas.
La cuadrilla de las Penas es única, no hay otra que se le asemeje; así ha sido siempre y así será. Sin diques que puedan contener su avance y el poderío que atesora. Y así ocurrió con cada centímetro de calle que el Cristo de las Penas y su Madre de los Desamparados fueron acariciando, con rotundidad y esencia costalera para lograr emocionar el suspiro y erizar el sentimiento.
Después llegó María Santísima de la Concepción, la noche tras el día, la calma frente al torrente, con la dulzura y la elegancia que la mano de David Arce ha logrado plasmar en la cuadrilla que tiene el privilegio de sentirla muy cerquita, regalando a los paladares más exigentes instantes de muy elevada categoría. Un caminar de altos vuelos frente al que no desmereció en absoluto la Banda de Música de El Carpio, que dejó el pabellón en muy buen lugar, convirtiéndose en todo un descubrimiento para quienes se sorprendieron cuando la cofradía la eligió.
Había grandes deseos de presenciar en la calle el flamante misterio de la Oración en el Huerto, con la incorporación de los tres apóstoles durmientes, e importantes dosis de curiosidad por constatar como la distribución, aunque conocida, se vislumbraba en el paso. Su llegada a la Puerta del Puente, provocó opiniones para todos los gustos. Más allá de la incuestionable calidad de las tres imágenes de San Pedro, Santiago y San Juan, realizadas por el pontanés Jesús Gálvez Palos, quizá sea cierto que no todas ellas se ven con facilidad en la calle, si bien es cierto que el hecho de que estén dormidas, y la posición de algunas de ellas, añade un importante componente de dificultad a la hora de que se puedan apreciar como merecen, insisto, en la calle.
No obstante, el conjunto completo es primoroso, conformando uno de los mejores pasos de misterio de la Semana Santa de Córdoba. Una condición que endulzada por la puesta en escena que regala cada año a la ciudad de Córdoba, en base al buen hacer del equipo de capataces que manda a su cuadrilla -cuidado con las aventuras cuando los cambios no obedecen exclusivamente a cuestiones técnicas o de capacidad-, y el magnífico contrapunto que supone para el Huerto, Redención de Córdoba, un binomio que jamás se debió perder, recuperado felizmente para la Córdoba Cofrade.
Tras sus pasos, incrustado en un cortejo que se presentó en Carrera Oficial de manera impecable, juntos los nazarenos y sin los cortes de los que otras cofradías si adolecieron, llegó el paso del Amarrado, exornado con un gusto exquisito, otro de esos lujos que no suele salir en las listas de los pasos preferidos, pero que se desenvuelve de manera magistral, de la mano de Luís Miguel Carrión «Curro», a quien será absurdo descubrir a estas alturas, una leyenda viva de los martillos de Córdoba, que tenemos la suerte de disfrutar año tras años derramando su sabiduría a golpe de llamador.
Una maestría que también se denota en la elegancia sublime del palio de la Candelaria, un fijo entre los pasos que se mueven con mayor distinción de cada Semana Santa, pero que no por ello no han merecer que se destaque. Una maestría aderezada por dos de las mejores bandas de música que pisan territorio cordobés cada Semana Santa, Tubamirum y Amueci; palabras mayores.
La tarde se difuminó en un suspiro para convertirse en noche profunda. Una noche de frío invernal que sentó las bases de la que ha de ser una maravillosa Semana Santa en el corazón de una ciudad que está deseosa de que estalle la primavera por sus rincones. La música, la luz, el aroma y la fe… un conglomerado infinito de emociones, que propiciará miles de escenas para el recuerdo, ha comenzado a florecer en el alma de la ciudad. Es momento de que saboreemos la esencia de cada instante, para paladearlo como merece y no permitir escapar ni un sólo detalle, en la búsqueda de que los sueños, que tantas veces hemos soñado, se conviertan en realidad.
La media hora de cortesía se fue expandiendo por toda la ciudad como si de fichas de dominó cayendo se tratase, retrasando todo lo que había de acontecer. Mientras unas gotas inoportunas provocaban la intranquilidad por el sendero que llevaba a la cofradía trinitaria hacia la Catedral, y en las Tendillas un chaparrón hacía temer lo peor, a no excesiva distancia, en San Andrés, se congregó una multitud con el ánimo de abandonarse a la Esperanza.
Pasadas las cinco y media, la apertura de las puertas del templo despejó cualquier atisbo de duda, que se difuminó entre la atronadora algarabía de los aplausos, de quienes fueron conscientes en aquel preciso instante que ya no había marcha atrás, que la luz había vencido a las tinieblas, y ya nada podría arrebatarnos más sueños. El cortejo blanco y verde avanzó camino de su objetivo hasta que, de repente, se hizo el silencio. Y Jesús de las Penas, el Rey de los Gitanos, se asomó a la inmensidad para servir de consuelo a los corazones afligidos.
A hombros de la mejor cuadrilla de Córdoba en su estilo, el impactante misterio de Antonio Bernal es todo un lujo para los sentidos. Un lujo que adquiere otra dimensión en virtud de la estratosférica calidad de Pasión de Linares que, una vez más, y en brazos su un repertorio perfecto, hechizó a todos los corazones con ese aroma a canela y clavo que solamente se respira en este rincón de la ciudad de San Rafael.
Y entonces llegó Ella, poderosa, incontenible, derramándose como se derrama las flor por las esquinas de su velero, al compás de esa banda con mayúsculas que lleva con orgullo su nombre, para servir de asidero a propios y extraños y de ancla a quienes navegan en la deriva de sus tribulaciones.
Ni siquiera el retraso acumulado por el paso de la dolorosa de Cerrillo al acceder a la Carrera Oficial -se escucharon varios rumores sobre qué lo había causado, desde una trabajadera rota hasta los problemas causados por los penitentes de otras cofradía- pudo hacer palidecer el arte que emana su alegre caminar, de Gitana y de Reina, de Reina y de Gitana, por obra y gracia de su propia esencia y la de su cofradía, seña de identidad imperecedera, que no necesita ni siquiera del Bailío para ser destino insustituible para quienes buscan la magia y el compás.
El Lunes Santo arrancaba temprano en el barrio del Zumbacón con la salida de la Hermandad de la Merced que, con puntualidad británica, ponía su cruz de guía en la calle a la hora prevista. Con un sol radiante y un viento que hacía ondear las plumas de los romanos que flanquean entre mofas a Jesús Coronado de Espinas, el barrio aplaudía disfrutando de ver en al Rey de su barrio desfilar a los sones de la Banda de la Coronación de Espinas.
Este año, Jesús, el Humilde Coronado, lucía de manera bellísima la magnífica clámide que donara el grupo joven y ha bordado Antonio Villar y que muchos esperamos que continúe luciendo cada Lunes Santo. El cortejo, con un gusto exquisito, avanzaba perfectamente organizado para dejar paso a Santa María de la Merced, bellísima, cuyo paso mostraba a su pueblo la primera fase de los respiraderos del maravilloso proyecto que lleva a cabo la hermandad para su palio, así como los nuevos candelabros de cola, conformando una imagen renovada para el altar itinerante para la dolorosa mercedaria. Tras una entrada triunfal en carrera oficial la cofradía llegó a su cita en la Santa Iglesia Catedral en cuyo altar, realizó de manera solemne, su ofrenda penitencial ante el Santísimo.
Ya de regreso, por el improvisado recorrido alternativo que la Cofradía tuvo que tomar, por las obras en su regreso natural, que le privaba de uno de los momentos estelares del cortejo, ante la Cruz Blanca, el misterio que dirige Juan Carlos Vidal tenía el placer de disfrutar de las notas musicales que de manera sublime interpretaba la Banda de la Coronación de Espinas que vive uno de los mejores momentos sino el mejor de toda su historia. Sonaba “Humillado” a las puertas de San Antonio de Padua, una marcha que compusiese Francisco Ortiz y que puso más de un vello de punta en los brazos de numerosísimo público que se agolpaba para vivir uno de los momentos más emotivos que cerrase la Virgen de la Merced con los sones de “Tubamirum”, que una vez más, evidenció el excelente nivel al nos tiene acostumbrados en todas y cada una de sus intervenciones. La madrugada se apoderó de los sueños de Córdoba, con el dulce regusto de haber sido testigos de una jornada mágica.
A primera hora de la tarde, la Hermandad de la Estrella avanzaba desde la Huerta de la Reina hacia la zona Centro de Córdoba en la que se adentraba a través de Eduardo Dato, tras una apoteósica salida al corazón de su barrio y un brillante discurrir por los Jardines de la Agricultura, que Córdoba entera conoce popularmente como «de los Patos». La excesiva distancia entre algunas parejas de nazarenos, en algunos puntos del recorrido, fue quizá la única nota a mejorar de una puesta en escena soberbia, de un nutrido cortejo; una distancia excesiva que afeaba la imagen que tanto cuida la cofradía.
Se adentraba en el corazón de Córdoba el espectacular misterio de la Redención, comandado por Juan Rodríguez Aguilar, y con un originalísimo exorno floral, dejando atrás el sol que, de manera extraordinaria, se hiciese presente en la jornada de este Lunes. En la estrechez del entorno de la Catedral, quedó patente el incuestionable poderío que atesora la cuadrilla del misterio de quien vino a redimir al Universo, donde Caifás acusa a Jesús, metáfora perfecta del miserable e inhumano mundo en el que habitamos, en el que condenamos la virtud y elogiamos la necedad. Tras el Señor, la siempre impecable Agrupación Musical de la Redención que, año tras año, mantiene inalterable el nivel que durante tantos años atesora y que remata el conjunto procesional.
Del mismo modo, María Santísima de la Estrella, derrochando esa infinita elegancia de la que ha dotado a su caminar su capataz, Rafael Giraldo, seguía los pasos del misterio llegando puntual a la entrada de Carrera Oficial a través de unas calles que presentaron bastante más público que la primera jornada de nuestra semana mayor, una realidad probablemente influida por la desaparición de la incertidumbre que asoló algunas franjas horarias del día precedente y que denotó el ansia de cofradías que se hallaba latente en la ciudad.
Especialmente notable fue la entrada en Carrera Oficial a los sones de Estrella Sublime, instantes en los que el buen hacer de la cuadrilla costalera, regaló a los asistentes destellos de sabor muy especial. Maravillosamente bella la dolorosa de San Fernando, vestida magistralmente por Manuel Jiménez, bañada en ese azul que preside su palio y caminando dulcísima, al compás de la Banda de Música de Nuestra Señora de la Estrella que, a lo largo de todo el recorrido, interpretó un cuidado repertorio elegido con especial mimo.
Hablar de la Sentencia es hablar de una cofradía con mayúsculas. Su puesta en escena es impecable, desde la cruz de guía hasta el último nazareno. Nada escapa al control de una hermandad que cada año, de manera más evidente, tiende a la excelencia. Una estampa señorial que se puede comprobar desde el preciso instante en que se pone en la calle desde la Iglesia de San Nicolás de la Villa donde se agolpaba gran cantidad de fieles que esperaba una de las salidas más complicadas de toda la Semana Santa de Córdoba.
El caminar del Misterio de la Sentencia es todo un lujo sin paliativos, derrochando a cada paso esa categoría que le ha sabido imprimir el capataz David Arce desde que tomara el mando de su cuadrilla. El paso del Señor de Cerrillo, enfiló San Felipe para posteriormente detenerse ante la Iglesia de la Trinidad, donde un numerosísimo público esperaba el discurrir de un cortejo que este año ha superado los 600 nazarenos.
Detrás el palio de María Santísima de Gracia y Amparo, con el sello inconfundible de Luis Miguel Carrión, evocando sensaciones indescriptible, con el paso justo, ni una sola estridencia, perfección absoluta para un paso que es una delicia contemplar y cuya trasera, inevitablemente, deja volar la imaginación soñando con el espectacular manto, concebido por Rafael de Rueda y que cuando esté concluido será el perfecto contrapunto a tanta magnificencia.
Nada que objetar a una cofradía que ha experimentado un espectacular crecimiento en los últimos años y que además ha tenido el acierto de volver a contra con dos de las mejores formaciones musicales foráneas que pisan Córdoba en Semana Santa, la Victoria de León que demostró su categoría con un magnífico repertorio clásico, en una plaza donde han tocado algunas de las mejores bandas del género, y por descontado la Banda de Nuestra Señora del Águila, una auténtica delicia para los paladares más exigentes.
Cuando las manecillas así lo exigieron, los tambores roncos tomaron como suya la Plaza de la Trinidad que acogía a una muchedumbre cuyo silencio bañó respetuosamente la salida del Vía Crucis. La densa cortina de humo de incienso dejaba entrever la imponente figura del Santísimo Cristo de la Salud que era portada por tres privilegiados hermanos haciendo camino por las estrechas calles que convierten en una maravilla su estación de penitencia.
Haciendo enmudecer a su paso cada rincón de esta Córdoba, tantas veces olvidadiza con sus más arraigadas tradiciones, algunas de las cuales han sido recuperadas por obra y gracia de esta insustituible hermandad, el impecable cortejo de más de 300 nazarenos, repito 300 nazarenos, fue adentrándose por la Judería que una vez año es conquistada irremisiblemente por la magia y el aroma que destila esta cofradía tan singular. Solo las saetas de quienes siempre buscan encontrase cara a cara con el Cristo de la Salud, quebraban el silencio a lo largo del sobrio peregrinar de los nazarenos de la Trinidad.
Y es que en esta cofradía, todos los detalles carecen de importancia frente a Él, la única presencia que realmente goza de un lugar de privilegio en una puesta en escena que, en el fondo, es la perfecta evidencia de que en la diversidad está la riqueza de la Semana Santa, en la confluencia de múltiples sensibilidades, en la construcción de un conglomerado perfectamente heterogéneo, que precisa de todas y cada una de sus piezas para ser lo que es. Que nadie dude, ni por un instante, que sin el Vía Crucis, la Semana Santa de Córdoba sería indiscutiblemente distinta, por que forma parte esencial de su idiosincrasia, por más que algunos aún se resistan a reconocerlo.
Avanzaba con puntualidad la Archicofradía de la Vera Cruz, camino de la Santa Iglesia Catedral hasta encontrarse en las inmediaciones de la Puerta del Puente con el cortejo de la Estrella. Tras el manto azul de la Reina de la Huerta, comenzaba a avanzar el cortejo de la cofradía de San José y Espíritu Santo hasta que un contratiempo provocó un parón en su discurrir. Y es que especialmente accidentada ha sido la estación de penitencia de la corporación, que sufría una de las situaciones más indeseadas que pueden darse en la calle.
A escasos metros del palquillo de entrada, el Señor de los Reyes tuvo que ser inspeccionado tras observarse ciertas deficiencias en la sujeción de uno de los brazos de la imagen, que llegó a desprenderse. Una situación que subsanada con solvencia por un par de hermanos de la cofradía continuando el normal desarrollo del cortejo. No fue, sin embargo, el único detalle accidentado de la entrada de la cofradía en el recorrido común, si bien éste, totalmente ajeno a la corporación.
Una mala gestión por parte de los servicios de seguridad responsables de dar paso al público por las zonas de tránsito que se abren en ciertos momentos en Carrera Oficial, provocó que se permitiese el paso a un nutrido grupo de transeúntes justo cuando la banda de cornetas y tambores Caído y Fuensanta, que acompañaba al Nazareno del Campo de la Verdad, comenzaba a interpretar la marcha con la que el Señor atravesó la Puerta del Puente, lo que provoco una esperpéntica situación que se saldó con la banda parada, tocando, esperando a que el flujo de personas cesase, y el Paso del
Nazareno alejándose en dirección a la Santa Iglesia Catedral. La rápida reacción de la formación musical, que hubo de acelerar el paso solucionó el entuerto que había provocado la incompetencia de terceros.
Más allá de estos problemas, la Vera Cruz volvió a poner en valor esa señal inequívoca de distinción que siempre acompaña el discurrir de esta cofradía. Los sones siempre certeros de Caído y Fuensanta, sirvieron de contrapunto perfecto al caminar pausado y solvente de la cuadrilla del Nazareno que iba antecedido por el Lignum Crucis. Brillante y alegre la llegada a Carrera Oficial de la Virgen del Dulce Nombre, con el sello inconfundible de Carlos Herencia, auténtico catedrático de nuestra Semana Santa, y con el valor seguro que siempre representa la magnífica Banda de la Esperanza que interpretó, como acostumbra, un cuidado repertorio perfectamente elegido para acompañar a la dolorosa de la dulce mirada.
Cerraba este Lunes Santo la Hermandad del Remedio de Ánimas con la solemnidad y la sobriedad que siempre imprime la cofradía de San Lorenzo. Con la estampa del recogimiento, aparecía por el dintel de la Iglesia la misteriosa imagen del Cristo Muerto en la Cruz que, con su paso a ruedas, inunda de sentido el segundo día pleno de hermandades en la calle.
Enmudece la ciudad al paso del cortejo de Ánimas, convocando a la oración del espectador que, casi sin pretenderlo, termia mimetizándose son el cortejo orante que impone el encuentro cara a cara con la realidad que a todos nos aguarda, y presenta, al mismo tiempo, a Jesucristo como el único asidero al que anclarse cuando la muerte nos reclama.
Tras la presencia del Remedio de Ánimas, imponente, indescriptible e inabarcable, aún más impresionante con el sonido del “Miserere” que con su llegada todo lo envuelve, Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas, que envuelta en el “Stabat Mater” derramaba su dolor en el peculiar baldaquino que arropa el llanto desconsolado de la Madre de Dios.
Con casi una hora de extraño retraso sobre el horario previsto, la cofradía retornaba a San Lorenzo para dar por terminado un Lunes Santo de ensueño, en el que todas las cofradías rayaron a una gran altura, destilando el aroma inconfundible de las cosas bien hechas y dulce regusto de haber presenciado probablemente el día más completo de todo el ciclo en la ciudad de Córdoba.
El nivel evidenciado por la Hermandad de la Santa Faz este Martes Santo ha sido excepcional. Un cortejo perfectamente dispuesto y conducido, dos bandas excelentes y dos cuadrillas caminando a la perfección, de la mano de ambos capataces, Antonio Cano y Luís Miguel Carrión. Un resultado óptimo para una cofradía que, año tras año, va elevando el nivel de expectativa entre quienes esperan con impaciencia y ansiedad, su retorno a la Trinidad, que pasa por ser uno de los momentos más brillantes de cada Semana Santa.
Ayuda, indiscutiblemente, contar con dos formaciones musicales que son una auténtica referencia en el universo cofrade. Pasión de Linares es una agrupación musical de otro planeta, que resulta incomprensible que siga sin tocar en Sevilla, con un repertorio que lo abarca todo, una calidad incontestable y una perfección en la interpretación que en ocasiones hace pensar que se está escuchando una grabación discográfica en lugar de una banda en directo. El grado de compenetración que la formación linarense ha logrado alcanzar con la cuadrilla que dirige Cano, en tan poco tiempo, es digno de todo elogio y habla muy bien de una cuadrilla costalera que lleva años realizando un trabajo encomiable.
Lo de Tubamirum son palabras mayores. Una banda de música que derrocha una calidad excepcional en todas y cada una de sus actuaciones y que demuestra una asombrosa versatilidad, capaz de dominar un repertorio sobrio y fúnebre tras el paso del Amarrado, el Domingo de Ramos, y de entrar en carrera oficial tras el flamante nuevo paso de palio de la Virgen de la Trinidad al son de «Esperanza de Triana Coronada» sin que ni en un caso ni en otro quepa otra respuesta que la satisfacción plena y el aplauso.
Una banda de altos vuelos a la altura de las más importantes del género que evolucionado en los últimos años de un modo que obliga quitarse el sombrero y otorgarle el merecido reconocimiento. Una banda excepcional para una cuadrilla mandada por un capataz excepcional. Luis Miguel Carrión convierte en perfección todo lo que toca, y con el palio de la dolorosa trinitaria no iba a ser menos. Consideraciones pasadas aparte, elegir a Curro como capataz es apostar siempre a caballo ganador. El resultado, como no podía ser de otro modo, es magnífico. La guinda perfecta para otra cofradía que, como ocurre con la Sentencia, busca la excelencia, y está muy cerca de alcanzarla.
El Císter es una cofradía que jamás defrauda. Probablemente porque tiene un estilo perfectamente definido desde hace muchos años, sin estridencias, sin experimentos, sin giros copernicanos al capricho del dirigente de turno. Los sucesivos máximos responsables de la hermandad cisterciense parecen haber nacido para formar parte de su Junta de Gobierno. Cofrades conscientes de la importancia del tesoro heredado y, sobre todo, de lo fundamental que resulta conservar la esencia de una cofradía. De ahí que cualquier cofrade que acude, cada Martes Santo, a la abarrotada plaza de Capuchinos, para ver salir el cortejo de esta hermandad, que cuida especialmente la figura del nazareno, sepa exactamente lo que va a encontrar: sobriedad, elegancia y distinción. Condiciones no tan generalizadas en otras cofradías cordobesas, pero que en la Hermandad de la Sangre son señas de identidad.
Es un lujo con mayúsculas contemplar desenvolverse al misterio de Jesús de la Sangre, perfectamente mimetizado con el repertorio clásico que prepara para la cofradía cordobesa la Banda de Cornetas y Tambores de San Juan Evangelista. Especialmente notable fue la entrada en Carrera Oficial a los sones de «Silencio Blanco» un verdadero himno en el corazón de Triana que conquistó corazones en la misma orilla, pero ciento y pico de kilómetros al este, a la sombra de la Puerta del Puente. Una simbiosis notable que conforman un conjunto muy logrado, que suele ser muy esperado y apreciado por una parte importante de los cofrades de Córdoba.
Soberbia fue igualmente la entrada del paso de palio de la Reina de los Ángeles, acompañada magistralmente por la banda de música de María Santísima de la Esperanza, con una elegancia y una dulzura, que fue la comidilla en los palcos que se reparten por los primeros metros de la Carrera Oficial y que desplegó un incomparable y cuidado repertorio de un nivel difícilmente alcanzable para otras bandas. Si la Banda de la Esperanza ensayase en cualquier nave de la ciudad de Sevilla, no les queda la menor duda de que estaría considerada, sin discusión, como una de las mejores del actual panorama de la música procesional. A ver si entre todos somos capaces de que siendo de Córdoba, también lo sea.
El Prendimiento es siempre una de las corporaciones que mayor expectación despierta en la calle. Una cofradía eminentemente popular, dotada de un carisma incuestionable que concita, de manera ineludible, la atención del gran público. Una expectación que se ha visto potenciada en los últimos años con el interesantísimo cambio de rumbo que ha experimentado la puesta en escena de la corporación por las calles del Martes Santo.
La espectacularidad del paso de misterio del Divino Salvador, desde hace años, se ha visto tamizada por la mano de su capataz, Juan Horacio de la Rosa. Un hombre que ha sido capaz de fusionar la brillantez que exige un paso de misterio de estas características, máximo exponente de lo que es una hermandad de barrio, con todo lo que ello implica, con una elegancia que aún sorprende para quienes hemos presenciado otros tiempos de la cofradía de María Auxiliadora. Una elegancia no exenta de fastuosidad cuando la situación lo requiere. Cualidades potenciadas y amplificadas por el buen hacer de la Agrupación Musical Cristo de Gracia, cuyo magnífico nivel ya no sorprende a nadie y que puso el contrapunto perfecto alternando marchas de corte clásico con otras con ese sabor genuinamente aflamencado que en la ciudad de Córdoba solo los músicos del Alpargate son capaces de explotar.
Tras la grandiosidad de uno de los misterios más logrados de la Córdoba Cofrade, emanado de la gubia imaginera del cordobés Antonio Bernal, caminaba la Virgen de la Piedad, sublime, extremadamente elegante, con una finura en sus movimientos que embelesaba los sentidos, condiciones de las ha dotado a la cuadrilla su contrastado capataz, Juan Carlos Vidal, y hacía preguntarse, a propios y extraños, cómo nadie cayó en la cuenta antes de que es así como la dolorosa del Santuario debe ser paseada por Córdoba. Una adecuada selección de marchas interpretadas de manera excepcional por la Banda de Música Virgen de las Mercedes de Bollullos Par del Condado, puso el elemento que faltaba para concluir un Martes Santo de ensueño para la cofradía Salesiana.
Hay cosas que permanecen inalterables, porque merecen ser preservadas, conservadas, protegidas del paso del tiempo. Tesoros concebidos o heredados cuya alteración, por ser lo que son e implicar lo que implican, sería un auténtico crimen. En cambio, en ocasiones nos encontramos con otras que obedecen a un concepto fallido, conjuntos imperfectamente combinados cuyo resultado final es capaz de minimizar lo poco bueno que contienen aun cuando sea muy bueno. Algo así ocurre, en opinión de quien les habla, con la Hermandad Universitaria. Somos muchos los que, cuando comenzó a gestarse este proyecto, pensamos que gozaba de un notable interés y que podía aportar un elemento de diversidad del que la Semana Santa de Córdoba carecía.
Sin embargo, con el paso de los años y la desesperante ausencia de evolución experimentada por la corporación de la Basílica del Juramento, somos también muchos, curiosamente algunos de los que recibimos la idea original con bastante ilusión, los que nos sentimos profundamente decepcionados y defraudados. Y que, por consiguiente, perdimos hace mucho tiempo la esperanza de que esta cofradía cuaje en algo que verdaderamente aporte algo trascendente a nuestra Semana Santa.
Y resulta especialmente trágico, porque la hermandad cuenta con dos de las mejores imágenes, también a juicio del que les habla, de cuantas habitan en el corazón de la Córdoba Cofrade. La Virgen de la Presentación es una belleza, dotada de una dulzura y de una unción sagrada, fuera de toda duda, que tiene la capacidad innata de convocar a la oración con su mera presencia. El Cristo de la Universidad, el impactante crucificado sindónico, obra del profesor Juan Manuel Miñarro, es una auténtica maravilla, una imagen excepcional, de una categoría y una perfección que resulta extremadamente complejo expresar con palabras.
Pero prácticamente todo lo demás es decepcionante. Y conste que no me encontrarán entre quienes se rasgan las vestiduras por el hábito de sus escasos penitentes. Puede gustarme más o menos, pero no me parece algo especialmente censurable. En cambio, determinadas figuras que aparecen en el cortejo y esencialmente los pasos, por llamarlos de algún modo, sobre todo en el que está entronizado el Santo Cristo, son infumables, impropios de una cofradía de Semana Santa, o al menos de la Semana Santa de Córdoba. Dos elementos perfectamente prescindibles de los que, por ende, habría que prescindir con urgencia, que no solo minimizan a la Cofradía Universitaria sino, por extensión, a toda la Semana Santa de Córdoba.
Y si por propia iniciativa, la Hermandad no adopta la determinación urgente de sustituirlos, algún ente superior, Agrupación de Cofradías o Diócesis, deberían tomar cartas en el asunto para que se prescinda de manera inmediata de dos pasos que artísticamente no aportan absolutamente nada. Hermandades como la de Palmeras, con la extrema dificultad económica que presenta, están haciendo denodados esfuerzos por mejorar su patrimonio. Lo mínimo que debemos hacer los cofrades cordobeses, es exigirle lo mismo a quienes, salvo que se lleve en absoluto secreto, no parecen tener la más mínima intención de hacer lo propio con el suyo. Exijámoslo entre todos -entre todos los que pensamos de este modo, el resto que siga aplaudiendo-, a ver si al menos logramos que la subvención anual sirva para algo.
El Buen Suceso le ha regalado este Martes Santo al pueblo de Córdoba una puesta en escena sencillamente soberbia. Una imagen magnífica a la que ha contribuido sin ningún género de duda el cambio musical de la cofradía. La nueva Junta de Gobierno, presidida por José Luís Merchán, surgida de las últimas elecciones celebradas el pasado mes de mayo, apostó por una revolución musical de la mano de dos excelentes formaciones: la Banda de Música de Nuestra Señora de la Estrella para acompañar a la Virgen de la Caridad y la Banda de Cornetas y Tambores Cristo del Mar para hacer lo propio con el paso de misterio de la corporación de San Andrés.
Ambas formaciones han dejado el listón muy alto. La banda de la Huerta de la Reina defendiendo un repertorio solemne que se adecua a la perfección a lo que exige un paso de palio sobrio como el de la Virgen de la Caridad. Especialmente destacable fue la llegada de la dolorosa de Miguel Ángel González Jurado hasta las mismas puertas de su templo, al compás de la marcha «Margot» interpretada, de manera exquisita, por la formación musical cordobesa. Un buen hacer sublimado por el excelente trabajo desarrollado por su cuadrilla costalera que dirige Juan Manuel Cabello y que ha demostrado que se halla por el buen camino para lograr ser una cuadrilla de altos vuelos.
Pero lo del Cristo del Mar ha sido sencillamente memorable. Hacía mucho tiempo que una banda foránea de cornetas y tambores, que no venía arropada por la aureola que poseen otras, por el mero hecho de venir de más abajo del Guadalquivir, no lograba el reconocimiento unánime y sin fisuras del siempre exigente, en materia musical, público cordobés. Lo que ha hecho Cristo del Mar este Martes Santo en Córdoba es brutal. Una magnífica interpretación, una calidad brillante y una fuerza sorprendente que han conformado un conglomerado perfecto que hace que muchos crucemos los dedos para que su presencia tras el misterio de San Andrés se perpetúe sine die y si es posible, que se repita detrás de otros pasos cordobeses cuyos acompañamientos musicales son manifiestamente mejorables. Elementos todos ellos, que incorporados a la magnífica conjunción de la cuadrilla de Antonio Jesús Ortega, hayan propiciado un regusto especialmente dulce que, con total seguridad, paladearán durante mucho tiempo los cofrades del Buen Suceso.
Era la gran protagonista del día, en realidad la gran protagonista de la Semana Santa. La Hermandad de la Agonía ha logrado convertirse, a lo largo de todo el año, en una referencia mediática, encauzando a la perfección todo el torrente de información que ha ido generando en torno a la primera salida procesional de la Virgen de la Salud. Un caudal que ha propiciado unas elevadísimas expectativas que han sido satisfechas con creces. Hace ya años que el cortejo de la Agonía merece el elogio hasta de quienes fueron, en el pasado, sus más recalcitrantes críticos. Es una cofradía de barrio y como tal se desenvuelve a lo largo de todo su recorrido. Esa es su esencia, su autenticidad y su idiosincrasia, que se palpa entre sus nazarenos y entre los cientos de vecinos del barrio que acompañan su caminar rumbo a la Tierra Prometida.
Como queriendo robar parte del indiscutible protagonismo que la dolorosa de González Jurado acaparaba, el paso de misterio el Crucificado de Castillo Ariza reclamó la cuota que le corresponde por derecho, como por derecho anda la cuadrilla que dirige con maestría Jesús Lopez Mata. Una cuadrilla que quiere y puede y que tiene la infinita fortuna de llevar detrás nada más y nada menos que a la Mecanizada, la Banda de la Salud, un verdadero escándalo de potencia, interpretación y compás, capaz de levantar el encendido aplauso incluso en la Glorieta de Almogávares, por la que la cofradía pasa como un suspiro buscando el oasis del corazón de su barrio.
Y detrás, Ella, luminosa, bellísima, perfecta, entronizada bajo ese ilusionante palio rojo incandescente que apunta a auténtica barbaridad y del que ya tenemos la suerte de gozar de su bambalina delantera. Muy bien acompañada por la Banda de Cabra, una grata sorpresa para muchos, la cuadrilla de hermanos que ha tenido la fortuna de pasear por vez primera a la Reina del Naranjo demostró una ilusión desbordante que iba provocando el aplauso y la sonrisa cómplice del público asistente a cada metro descontado hacia el hogar. Una alegría y felicidad contagiosas que el propio capataz, Curro Carbonero, era incapaz de refrenar, demostrando exultante y emocionado que estaba viviendo uno de los días más felices de su vida. La Virgen de la Salud inundó de azahar los rincones de toda la ciudad y conquistó para siempre, con su maravilloso aroma, el corazón de todos los cordobeses en una jornada emotiva, histórica e inolvidable.
Es una auténtica delicia ver discurrir a la Misericordia por cualquier punto de su recorrido. El incalculable patrimonio de la cofradía de la Basílica de San Pedro, unido al buen gusto con el que se distribuye por el cortejo blanco y morado, son elementos que ponen en valor a una de las cofradías con uno de los guiones más completos de Córdoba.
Si a todo ello se añade un cortejo perfectamente organizado, con los nazarenos agrupados a una distancia mínima y guardando una compostura digna de todo el audio y que, lamentablemente, no prolifera entre las cofradías que no son de silencio, el resultado es todo un lujo para los sentidos se presencie por carrera oficial o por la estrechez de Lineros.
Camina con solvencia el Crucificado de San Pedro con un andar pausado que permite saborear su presencia con plena intensidad. El acompañamiento de Caído y Fuensanta, es otro de esos binomios que han ido cuajando a lo largo de los años para convertirse en indiscutible. Espectacular la imagen del crucificado avanzando por Torrijos al compás de «Silencio Blanco», una auténtica gozada.
Lo mismo ocurre con el palio de Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo y la Banda de María Santísima de la Esperanza, que viven una relación que se prolonga nada menos que una década. No en vano, la Misericordia fue la primera hermandad que tuvo a bien contar con los servicios de la excelente formación musical allá por el año 2008.
Mención especial merece el trabajo que desarrolla el equipo de Enrique Garrido al frente del paso de palio de la Misericordia. La calidad incuestionable de la cuadrilla que manda Garrido sublima el magnífico conjunto artístico que preside la Virgen. Un maravilloso regalo para los sentidos que cada Miércoles Santo la Misericordia ofrece a Córdoba.
Con el incuestionable sabor de barrio que siempre atesora, se presentó la Hermandad de Pasión este Miércoles Santo al pueblo de Córdoba. Una cofradía con una identidad propia, que desde el punto de vista estético está cosechando los frutos del excelente trabajo desarrollado por parte de la Junta de Gobierno que preside Manuel Díaz y que, en un futuro inmediato, pondrá en la calle una auténtica joya en forma de palio para María Santísima del Amor. Mientras tanto, la cofradía muestra sus credenciales apoyándose en la profundización de su propia idiosincrasia, personificada de manera especialmente patente en el tradicional caminar del Señor de San Basilio, fruto del trabajo desarrollado desde hace décadas por su capataz Felix Pelayo.
A los sones de la Agrupación Musical Santo Tomás de Villanueva de Ciudad Real, que lleva acompañando a Jesús de la Pasión desde que dejo de hacer lo propio con el paso de misterio de la Hermandad de la Paz, junto al que tan gratos recuerdos proporcionó a los hermanos de la corporación capuchina, la entrada en Carrera Oficial del paso del Señor deparó una de las imágenes llamativas de la jornada con el presidente de la Agrupación de Cofradías Francisco Gómez Sanmiguel mandando el paso en los primeros metros de acceso el recorrido común. «Perdona a tu pueblo», dio paso a una manta de marchas que se encadenaron hasta bien entrada la calle Torrijos, provocando el reconocimiento y la admiración de propios y extraños.
El paso de palio de María Santísima del Amor, que se presentó magníficamente vestida por Manuel Jiménez, con la saya burdeos y la toca sobre manto, ambas piezas realizadas por Mercedes Castro, y el puñal diseñado y ejecutado por Manuel Valera, así como la magnífica corona de Seco Velasco, se desenvolvió de un modo especialmente alegre en la Puerta del Puente, sin reservar ni una gota de la esencia que siempre derrama en su regreso al Alcázar Viejo, felizmente acompañada por la Banda Municipal de Coria y dejando tras de sí un halo de satisfacción generalizada.
Resulta indiscutible que la Hermandad del Calvario ha logrado alcanzar la estabilidad después de una etapa convulsa que coincidió con el inicio del segundo mandato de Rafael Guerra al frente de la corporación de San Lorenzo. Una estabilidad fruto de la perseverancia del equipo de gobierno dirigido por Guerra, a la que han contribuido de manera decisiva los dos capataces de la cofradía, Carlos Lara y Jesús Ortigosa, propiciando una puesta en escena en la que la sobriedad es la seña de identidad.
La mano de ambos capataces se ha dejado notar con nitidez desde el preciso momento en que se hicieron cargo de las respectivas cuadrillas costaleras que tienen la responsabilidad de dirigir. El Nazareno de San Lorenzo, con su andar valiente y comedido, ha rescatado ese genuino sabor ancestral, que se perdió circunstancialmente, y que Lara ha sabido imprimir, recuperando el sello que precisa el caminar de Jesús del Calvario. El magnífico acompañamiento de la Banda de la Salud, se erige en el complemento perfecto, porque proporciona un punto de brillantez que contrasta a la perfección con la soberbia sobriedad de la cuadrilla, logrando un contrapunto muy notable.
Por su parte, el paso de palio de la Virgen del Mayor Dolor camina de manera deliciosa. Sin estridencias de cara a la galería, la cuadrilla que manda Jesús Ortigosa desarrolla una manera de entender el oficio de costalero que, en cierto modo recupera el concepto de cuadrilla profesional, pero proporcionando personalidad propia a cada paso que tiene el privilegio de llevar sobre sus hombros, como ocurre con el palio del Mayor Dolor al que Ortigosa y sus hombres han incorporado un sabor genuino que se paladea en cada chicotá. Tras solventar un contratiempo en una de las trabajaderas de la nueva parihuela, lo que provocó un pequeño retraso a la salida de San Lorenzo, el palio de la dolorosa del Calvario derrochó elegancia al son de la siempre magnífica Amueci, que volvió a desarrollar un cuidado repertorio de gran calidad e interpretación.
Un conjunto magnífico que el futuro determinará si tiene continuidad o si, por el contrario, es alterado por el capricho de futuros dirigentes. Cabe recordar que en apenas unos meses la corporación celebrará elecciones al cargo de Hermano Mayor, y que Rafael Guerra no podrá presentarse a la reelección, por haber agotado su segundo mandato. La posibilidad de que ningún miembro del actual equipo de gobierno tomé la determinación de dar un paso al frente, abriría la posibilidad de que todo el excelente trabajo desarrollado en los últimos años pudiera verse amenazado por decisiones arbitrarias y el cambio por el cambio. El tiempo determinará si la necesaria estabilidad permite que el Calvario prosiga por la senda del acierto y la consolidación del proyecto, o por el contrario, un cambio de rumbo decide ponerlo todo, una vez más, patas arriba.
Héroes. No existe otro modo para, en justicia, referirse a los miembros de la Cofradía de Palmeras. Auténticos héroes, ellos y ellas. Muy jóvenes, en su mayoría, los miembros de un cortejo que soporta una distancia que para muchos sería inasumible y que regresa extenuado a sus casas superado el umbral de las cuatro de la mañana. Toda una odisea que es una muestra irrefutable del esfuerzo y la ilusión de un barrio humilde cuyo sueño de cofradía continúa inalterable, pese a todas las trabas y vicisitudes que se encuentran año tras año en el camino.
Un esfuerzo encomiable menospreciado por cofrades de rancio abolengo incapaces de ver más allá de su propia prepotencia, de una fecha de fundación centenaria o un techo de palio bordado en talleres de apellido ilustre. Un empeño titánico vilipendiado por profesionales en mirar por encima del hombro a sus semejantes que nos ha vuelto a dar una lección a todos de lo que significa ser cofrade de verdad. De ahí que resulte inconcebible que nadie, absolutamente nadie, ni desde las instituciones ni desde Palacio, haya puesto su empeño en que estos héroes no tengan que regresar a su templo a las cuatro de la mañana un día laborable.
La llegada de la Hermandad de Palmeras a Carrera Oficial este año, adicionalmente, podría haber tenido connotaciones históricas si la corporación claretiana es capaz – «los dineros» mandan – de materializar el sueño de que la próxima primavera sea una realidad su nuevo crucificado, el que debe nacer de la gubia del imaginero Antonio Bernal. De ser así, la estación de penitencia de 2018 habría sido la última presidida por el Santísimo Cristo de la Piedad, por lo que Córdoba ha podido ser testigo este Miércoles Santo de un importante episodio de su historia.
Los sones de la Banda de los Sayones de Pozoblanco se entremezclaron, apenas a unos metros del palquillo de entrada, con los aplausos emocionados del medio barrio que acompaña el devenir de la cofradía, camino del corazón de Córdoba. Una emoción que sentimos muchos de los presentes, en las inmediaciones de la Puerta del Puente, cuando una costalera respondió a la llamada del capataz, dando el pistoletazo de salida a la culminación del sueño de llevar el alma de uno de los barrios más humildes de Córdoba al centro neurálgico de su religiosidad popular.
La Hermandad de Palmeras es un ejemplo de esfuerzo y de superación, materializados en los estrenos que año tras año, con el sudor de la frente de todos sus hermanos, es capaz de realizar, algo de lo que otros no pueden presumir. Un ejemplo que merece el respeto y la admiración de toda la Córdoba Cofrade, y el que no lo vea de este modo, que se siente un instante y reflexione… que buena falta le hace.
La Hermandad del Perdón es una corporación que ha experimentado en los últimos cuatro años una evolución espectacular, impresionante, fruto del trabajo bien hecho desarrollado por el equipo humano que la dirige. De la mano de su hermano mayor, Fernando Castro, la Cofradía del Buen Pastor ha ido dando pasos de gigante en pos de una definición estética y artística, cuyo mayor exponente es el flamante proyecto de palio, en fase de realización, obra del granadino Álvaro Abril, bandera indiscutible del proyecto que debería perpetuarse un nuevo mandato, si así lo estiman conveniente los hermanos de la cofradía, para poder culminar los proyectos emprendidos y consolidar una revitalización que ya no puede tener vuelta atrás.
Y esta evolución se evidencia igualmente con la presencia de la cofradía en la calle, que tiene en la aportación musical de dos bandas excepcionales uno de sus valores añadidos más trascendentes. La banda de cornetas y tambores Coronación de Espinas, es toda una garantía de éxito. Su interpretación exquisita, extremadamente rica en matices, óptima para paladares exigentes, es el contrapunto perfecto para el caminar comedido y elegante de la cuadrilla de la Bofetá, con la que ha logrado alcanzar una simbiosis prácticamente perfecta.
Por su parte, la incorporación tras el paso de palio de Tubamirum, de la que ya hemos hablado pormenorizadamente a lo largo de esta Semana Santa, pero de la que no nos cansamos de repetir que se ha convertido, por derecho propio, en toda una referencia de la música procesional de la provincia de Córdoba, ha sido un acierto indiscutible. El paso por la Puerta del Puente a los sones de la nueva marcha compuesta en honor de Rocío y Lágrimas, que lleva por título «De Porcelana», así lo confirma. El original exorno floral, que ha presentado el paso de palio ha sido la guinda perfecta para una magnífica puesta en escena que ha merecido el beneplácito generalizado.
La Virgen de la Paz ha demostrado este Miércoles Santo por qué es una de las Reinas indiscutibles de la Córdoba Cofrade, le pese a quien le pese, incluidos quienes adulan en público lo que menosprecian en privado. Su luz blanca y refulgente ha brillado como nunca a lo largo de todo el itinerario que la ha llevado camino de la Santa Iglesia Catedral y posteriormente de regreso a Capuchinos. Derrochando una alegría contagiosa, el paso de palio de la Reina de Capuchinos, ha despertado la admiración de los miles de cordobeses que han buscado su mirada para reflejarse en sus pupilas y hallar en ellas, la Paz y la Esperanza de la que, en los tiempos que corren, tanto se precisa.
Acompañada de manera notable por la banda de Cantillana, que el año pasado me pareció sobresaliente, y dotado su caminar de un inequívoco aroma trianero, muy del gusto de quien les habla, pero que probablemente habrá provocado una mala noche a cierto antiguo poseedor de la vara dorada, la Paloma de Capuchinos ha despertado el aplauso por cada calle y cada plaza por las que ha derramado su esencia. Brillante su entrada en Carrera Oficial y espectacular su presencia en los jardines de La Merced, en los que ha entrado con «Esperanza de Triana Coronada», demostrando, de manera inequívoca, que tiene un lugar predominante a la hora de hablar de espectacularidad en la Semana Santa de Córdoba.
Su llegada a Capuchinos, a compás de «Coronación de la Macarena» y posteriormente «Paz y Esperanza», de Martín Salas, fue otro de los momentos álgidos de la noche, pese a los persistentes gritos de alabanza a la Virgen que, por reiterados y artificiales terminaron provocando cierta hilaridad entre el público asistente, empañando la magia del instante. Los vítores pueden adquirir ciertas dosis de sentido si emanan de manera natural y en su justa medida. Cuando resulta obvio que están perfectamente planificados -o imperfectamente- pierden toda su esencia y terminan convirtiéndose en una retahila insufrible, perfectamente prescindible.
Como prescindible es la presencia de la Escolanía del Colegio Divina Pastora delante del paso de palio de la Virgen de la Paz. Ni lo que interpretan es adecuado para una procesión de Semana Santa, ni el nivel musical suficientemente destacable como para aporten valor añadido al conjunto. La Escolanía desapareció hace unos años del cortejo capuchino en una medida que fue tan acertada como desacertada su reincorporación. Por contra, sí se antoja todo un acierto la recuperación de los faldones verdes, en detrimento de unos blancos que resultaban extremadamente insípidos e inadecuados, así como la forma en la que se presentó ataviada la dolorosa de Martínez Cerrillo al pueblo de Córdoba y el exorno floral que lució el paso de palio.
Respecto al paso de misterio, el diagnóstico no es tan brillante. Conserva la cuadrilla de Humildad y Paciencia la espectacularidad de antaño, eso nadie lo pone en duda, y buena parte de los valores que tuvo no hace tanto tiempo. Sin embargo da la sensación de que no acaba de existir la necesaria compenetración con la música que lleva detrás. Probablemente porque el nivel que la banda de cornetas y tambores de Nuestra Señora del Rosario de Linares atesora, no es el que necesita un paso de misterio como el de la corporación cordobesa. Se trata de una banda correcta, voluntariosa e incluso atrevida, que intenta defender un repertorio complejo pero que, en ocasiones, parece escapar a su completo dominio.
Hace tan sólo unas horas, una gran banda presentó sus credenciales en la ciudad de Córdoba: La Banda de Cornetas y Tambores Cristo del Mar. Una banda excepcional a la que, si yo tuviese alguna responsabilidad en la corporación capuchina, Dios me libre, mañana mismo preguntaría dónde tocan el próximo Miércoles Santo. Desde que se produjo el cambio de agrupación musical a cornetas y tambores, da siempre la sensación de que algo falta cuando se contempla a Humildad y Paciencia por la calle, y el descenso de la intensidad de los aplausos generados, salvo en momentos puntuales del itinerario como ocurrió en la calle San Fernando, así lo atestigua. Desde fuera parece como que no acaba de romper, que falta el último empujón, y quizá una banda verdaderamente excepcional sea el elemento que necesita esta espectacular cuadrilla para volver a poner boca abajo la ciudad en todos los puntos de su recorrido.
No quiero concluir sin alabar el modo en el que el cortejo de la cofradía entró en carrera oficial, por no ser habitual en los últimos años y haber merecido, por consiguiente, la crítica en ocasiones precedentes. Los nazarenos juntos, como debe ser, y una sensación generalizada de organización de la que ha carecido últimamente. Me cuentan que en otros puntos del recorrido, la puesta en escena del cortejo no fue tan acertada pero no soy de los que escriben de oídas. En definitiva, la Cofradía de La Paz volvió a convertirse en la reina del Miércoles Santo, que es exactamente lo que debe exigirse a una corporación del potencial que atesora la hermandad capuchina. Es momento de perseverar en los aciertos y limar los detalles perfeccionables. Será el modo de alcanzar la soñada perfección.
Una de las apuestas más arriesgadas adoptada por una Junta de Gobierno de una cofradía cordobesa en las últimas décadas fue la que llevó a cabo el equipo que preside Manuel Rafael Fernández Aguilar hermano mayor de Las Angustias, cuando tomó la decisión de sustituir la presencia de una banda de música por una de cornetas y tambores para acompañar al maravilloso conjunto escultórico que tallase Juan de Mesa.
Años después de aquella controvertida decisión, que hizo correr ríos de tinta y provocó enconadas reacciones encontradas entre defensores de una y otra postura, y aunque siguen permaneciendo dos corrientes de opinión, en opinión de quien les habla resulta obvio que aquella elección, además de extremadamente valiente, fue todo un acierto.
El caminar del misterio, porque se trata de un misterio, de las Angustias tiene la dosis perfecta de firmeza y al mismo tiempo demuestra una dulzura sumamente singular, que se compenetra a la perfección con la manera de interpretar de la Banda de Cornetas y Tambores Coronación de Espinas, con la que, con el paso del tiempo, ha logrado mimetizarse de manera espectacular.
Una mezcla que es la metáfora perfecta de María, Reina y al mismo tiempo Madre, que se muestra infinitamente dolorida llevando en sus brazos a su hijo inerte pero con la inmensa fortaleza de quien se sabe guía espiritual y Luz Universal, única capaz de guiar al sendero que conduce al paraíso en el que gobierna el Hijo de Dios.
La sublimación de ese halo de hermandad señorial, que acompaña a la Corporación de San Agustín en todo su devenir por las calles de la ciudad desde que su espectacular cruz de guía atraviesa el cancel de su sede canónica, hasta que el último nazareno ha regresado a casa después de derrochar grandeza y distinción, por las calles de toda la ciudad.
Si existe una cofradía en Córdoba cuyo cortejo merece la admiración y la observación desapasionada de los cofrades cordobeses, esta es la Hermandad del Señor de la Caridad. Su guión procesional es un auténtico museo que discurre una vez al año por las calles de la ciudad. Un patrimonio heredado que, lamentablemente, suele pasar desapercibido entre buena parte del público que se congrega en masa para ver discurrir a la cofradía sin prestar el interés que merece su cortejo nazareno y sobre todo los valiosos atributos que portan.
Pero las cosas son como son, y el tiempo nos ha venido a recordar a muchos cofrades osados que durante años nos hemos permitido el lujo de exigir a la Cofradía de la Caridad cómo debe ser olvidando y negando como en realidad es, que solamente la propia corporación de San Francisco tiene la potestad de seguir perpetuando sine die la presencia tras su imponente crucificado de ese reclamo extracofrade que es tan criticado por los capillitas, como venerado por el gran público.
He de reconocer que jamás me ha interesado ni ver desfilar a los legionarios ni los múltiples malabares que hacen con sus armas, que cada vez que pasa el Señor delante mía, me giro de derecha a izquierda instintivamente para seguir observándolo hasta que mi vista deja de alcanzarlo, haciendo caso omiso de lo que viene detrás. Y que siempre he soñado presenciar su caminar al compás de una buena banda de cornetas y tambores. Pero también reconozco que, a medida que he ido cumpliendo años, he ido aprendiendo a respetar su presencia, primero porque no tengo ningún derecho a imponer mi criterio a los demás y segundo, y mucho más importante, porque si la Hermandad así lo quiere, así debe ser.
Hay que reconocer que, en cualquier caso, la cofradía ha encontrado, en Juan Rodríguez Aguilar, al capataz perfecto para adecuar el caminar singular del paso del Señor de la Caridad a los sones marciales del Tercio del Gran Capitán, conformando una estampa única y diversa que indiscutiblemente es uno de los grandes atractivos de la Semana Santa de Córdoba.
La Hermandad de Jesús Caído es una de esas joyas clásicas, con un sabor inconfundiblemente cordobés, que forma parte de los tesoros que jamás deben perderse. Un deseo que en absoluto es incongruente con la incorporación de nuevas formas de entender la Semana Santa sino más bien complementario. El hecho de que la realidad cofrade de nuestra ciudad se haya ido adaptando a una estética más acorde con el gusto del cofrade contemporáneo no debe ir jamás en detrimento de la conservación de algunas de las señas de identidad de las cofradías más tradicionales.
Una verdad irrefutable que incluso capataces de la nueva hornada, como Jesús Ortigosa ha sido capaz de entender y asimilar al hacerse cargo del paso Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad, dotado de un clasicismo que el joven, aunque experimentado capataz, ha respetado a la perfección en su primera toma de contacto como capataz del palio de la corporación de San Cayetano. Solventado un pequeño contratiempo, que provocó un extraño en el palio, inmediatamente antes de llegar al palquillo de entrada, y acompañado su caminar por el siempre magnífico repertorio desarrollado por la extraordinaria Banda de María Santísima de la Esperanza, la cuadrilla que manda Ortigosa demostró una vez más su categoría, evidenciando que la elección de la Junta de Gobierno fue acertada cuando pensó en él para hacerse cargo del palio de la Madre de Jesús Caído.
Lo mismo puede afirmarse de la forma en que se desenvuelve el primer paso de la cofradía. Con un sabor genuino, perfectamente reconocible, con reminiscencias de antaño, que la cofradía de la Cuesta de San Cayetano debe conservar y perpetuar en el tiempo en aras de no perder la verdadera esencia que destila su historia. La mano de Manuel Orozco, siempre acompañado del mítico Rafael Muñoz, es guardiana de esa tradición, de ese pozo de verdad cofrade, de auténtico sabor a Córdoba, mucho más importante que llevar toreros charlando y haciendo vídeos tras el Señor. El excelente contrapunto proporcionado por la Banda de Cornetas y Tambores Caído y Fuensanta, que jamás decepciona, puso el resto conformando un conjunto excelente. Un perfume imperecedero que resulta imprescindible proteger y preservar.
La Hermandad del Cristo de Gracia se encuentra conmemorando un año esencial, con la celebración del cuarto centenario de la llegada del imponente crucificado del Alpargate al corazón trinitario de la ciudad de San Rafael. Un año histórico que la Hermandad está celebrando con múltiples acontecimientos, algunos multitudinarios y otros celebrados de manera más íntima. Entre los primeros de ellos se encuentra la estación de penitencia que la Corporación ha vivido este Jueves Santo. Una cita multitudinaria en la que miles de cordobeses han abarrotado a lo largo de todo su itinerario el devenir por las calles de la ciudad de una de las cofradías más queridas de la Córdoba Cofrade.
Aroma de barrio inconfundible el que destila la cofradía trinitaria que se potencia por el estilo genuino y singular que su agrupación musical derrama en todas y cada una de sus actuaciones y de manera singular cuando acompaña camino de la Santa Iglesia Catedral al Divino Esparraguero. Marchas como «Perdona a tu Pueblo», «Sabed que Vendrá», «Oh Pecador» o «Ave María» han acompañado el caminar del impresionante crucificado cuyo ha mostrado en sugerente y original exorno floral en el que no han faltado los tradicionales espárragos.
A hombros de la que probablemente es la mejor cuadrilla de Córdoba, creada, conformada y mandada por Luís Miguel Carrión «Curro», el Cristo de Gracia convocó a la oración a golpe de chicotá, provocando la admiración unánime del público cofrade que espera siempre con impaciencia el instante en el que el crucificado mejicano derrama su esencia costalera desde su magnífico altar itinerante gótico, lo que le confiere la condición de único en la ciudad, fruto de la creatividad del cordobés Miguel Arjona. Una de las joyas más destacadas del patrimonio colectivo de las cofradías cordobesas que lo convierte en una pieza magnífica.
Con «La Oración en el Huerto», «Alma de Dios», «Creo en Jesús» y «Virgen de las Angustias», el Cristo de Gracia llegó al palquillo de entrada camino de la Santa Iglesia Catedral, dejando en los miles de cordobeses que se congregaron en su presencia, la huella de la satisfacción y el regusto dulce del trabajo bien hecho, de la fe convertida en música, costal, cirio y compás, y de la emoción contenida. Un lujo al alcance de Córdoba, que la hermandad del Esparraguero nos regala cada año.
Cuando el pasado 8 de diciembre la Hermandad de Jesús Nazareno confirmaba las personas designadas como máximos responsables de las cuadrillas de costaleros que tienen el privilegio de llevar sobre sus hombros al Nazareno de Córdoba y a su madre, María Santísima Nazarena, muchos asistimos esperanzados a la posibilidad de que aquella decisión determinara un cambio de rumbo cierto y necesario en la forma de guiar a una de las imágenes devocionales con más honda tradición en la historia de la religiosidad popular de la ciudad de Córdoba.
De ahí que muchas miradas estuviesen orientadas a contemplar con detenimiento el discurrir de ambos pasos de la cofradía bajo el cielo azul impoluto del Jueves Santo cordobés. En opinión de quien les habla, el resultado ha sido netamente positivo. El discurrir penitencial del altar itinerante que preside Jesús Nazareno ha recuperado el genuino sabor tradicional sobrio y elegante que siempre tuvo. De la mano de Javier Rodríguez Villalobos, la cuadrilla se ha desenvuelto con solvencia camino de la Santa Iglesia Catedral, dejando atrás imágenes que afortunadamente han quedado sumidas en el olvido.
Por su parte, el equipo de capataces de la cuadrilla de María Santísima Nazarena, con Sebastián Tirado y José Peña al frente, han sabido imprimir igualmente, un sello diferente al caminar de la bellísima dolorosa del Hospital del padre Cristóbal. Un caminar mucho más decidido que se antoja más apropiado para el paso de palio de la cofradía.
Dos cambios que se aprecian con nitidez y que propician un nuevo rumbo en la puesta en escena de la cofradía en la calle lo que, unido a la tradicional solemnidad del cortejo de la corporación del Jueves Santo, han dejado en la retina de los cofrades cordobeses la mezcla perfecta entre el tradicional sabor añejo del que siempre goza esta hermandad y una manera de andar acorde a lo que se espera de dos pasos de una cofradía de silencio, lo que permite conceder una muy buena nota para la Hermandad del Nazareno.
La Hermandad de la Sagrada Cena ha vivido un Jueves Santo muy especial, en su corto pero intenso devenir histórico. Inmersa como se halla la corporación en la celebración del 25 aniversario de la bendición de Nuestro Padre Jesús de la Fe, la imagen que gubiase Miguel Ángel González Jurado, estrenaba una flamante túnica realizada en los talleres de Jesús Rosado que ha sido complementada con un mantolín y una camisa realizadas en el taller de costura de la propia hermandad.
Con el acostumbrado exorno de flor blanca y acompañado de la Agrupación Musical Sagrada Cena que ha desarrollado un repertorio rico en marchas de corte clásico y sacramental, como requiere el estilo de la cofradía, la cuadrilla que porta el imponente paso de misterio, que manda el experimentado capataz Carlos Lara, ha vuelto a demostrar el buen nivel que ha ido alcanzando con el paso de los años.
No obstante, y más allá de la celebración del cuarto de siglo del Señor de la Fe, el Jueves Santo de 2018 pasará a la historia por ser el último en el que la cofradía llevará un paso hasta la Santa Iglesia Catedral. Y es que la próxima primavera, por fin se materializará uno de los sueños más deseados por los cofrades cordobeses, la salida bajo palio de María Santísima de la Esperanza del Valle. Una llegada ampliamente deseada por quienes se encuentran ávidos desde hace años, de un soplo de aire fresco en el Jueves Santo cordobés, que no se produce precisamente desde que la Cofradía de la Cena se incorporó a uno de los días más importantes del ciclo.
Mientras tanto, la cofradía cuyo cortejo ha presentado un aspecto envidiable por las inmediaciones de la Santa Iglesia Catedral, ha cumplido con su obligación haciendo estación de penitencia ante el Santísimo Sacramento del altar haciendo gala de su condición sacramental, esencial para la cofradía de Poniente. El buen hacer de su agrupación, que ha interpretado marchas como «Jesús Sacramentado», «El Sacramento de Nuestra Fe», «¡Oh, Pecador!», «Gustad y Ver» o «Sagrada Cena», en la magnífica entrada en la Carrera Oficial, ha puesto la guinda de una jornada para el recuerdo, que antecede a un Jueves Santo que será histórico.
A las doce en punto de la madrugada, con la puntualidad británica que caracteriza a la cofradía, se abrieron las puertas de San Hipólito para que comenzase a discurrir, bajo la gélida noche cordobesa, el cortejo silente de la Buena Muerte. Un cortejo nazareno que es siempre un ejemplo de compostura, recogimiento y saber estar.
Un ejemplo, sin duda alguna, como ejemplo es la figura de Lorenzo de Juan. Un verdadero maestro que continúa derrochando indiscutible sabiduría al mando de la cuadrilla que tiene el privilegio de sacar a uno de los crucificados más hermosos de cuantos existen en la Semana Santa de Córdoba. El Cristo de Castillo Lastrucci representa en su estética, de manera inmejorable, la advocación que posee, conteniendo en su expresión una serenidad que impresiona. Su discurrir bajo la luz tenue de la madrugada cordobesa, es uno de los momentos que jamás se pueden obviar, como punto culminante del Jueves Santo en la ciudad de San Rafael.
La cofradía avanzó con la celeridad que le caracteriza por un Bulevar con una considerable presencia de público, creciente año tras año, a pesar de que el frío invitaba más a refugiarse en un brasero que hacerse el valiente buscando cofradías. Sin embargo, la ocasión lo merecía, y por ende muchos cordobeses fueron fieles a la Buena Muerte.
La puesta en escena del paso de palio de la Reina de los Mártires, que sigue siendo una de las maravillas patrimoniales de nuestra Semana Santa, fue extremadamente singular. Su capataz Enrique Garrido, indudablemente con la anuencia de la Junta de Gobierno de la cofradía, ha decidido cambiar la frecuencia del paso, modificando sustancialmente su manera de andar. Un cambio, en mi opinión, absolutamente desacertado.
Creo sinceramente que un palio de fleco de bellota, no puede andar como un paso de silencio porque no está concebido como tal, con independencia de que lleve o no música. El palio de la Reina de los Mártires no es un palio de silencio, aunque vaya en silencio. Y por tanto, no puede llevar una cadencia tan pausada y una zancada tan larga como el que ha mostrado esta madrugada por las calles de Córdoba. Bajo mi punto de vista, un experimento fallido del que hay tiempo para rectificar. Aunque como, para gustos los colores, veremos qué decisión toma al respecto en el futuro, la corporación de San Hipólito.
Cada mañana del Viernes Santo, tiene lugar en Córdoba un acontecimiento cultual, que cuenta con una presencia masiva de público, convertido en honda tradición que tiene por protagonista al Señor de la Caridad, el Vía Crucis que preside el titular de la corporación del Jueves Santo. Una cita que este año estuvo mediatizado por las inclemencias meteorológicas, obligando que su rezo tuviese lugar en el interior de la Parroquia de San Francisco y San Eulogio, sede canónica de la Hermandad, lo que no fue óbice para que el acto deparase un gran número de hermosísimas escenas para el recuerdo, como evidencia el excelente reportaje de nuestro compañero Antonio Poyato, que se hizo presente para dejar testimonio gráfico de un acontecimiento que, este año en particular, adquirió la categoría de extremadamente singular.
La tarde del Viernes Santo se presentaba con una considerable incertidumbre que no hacía presagiar que el Viernes Santo pudiera desarrollarse con tranquilidad y delectación. En la plaza de Capuchinos todo era un intenso trasiego de nazarenos negros, costaleros, público y devotos, ávidos de encontrarse cara a cara con la Señora de Córdoba y su bendito hijo crucificado entre faroles.
Parecía que el destino se había confabulado para impedir que todo se precipitase con normalidad. Así, a escasos minutos de que la Cruz de Guía de la Hermandad de Los Dolores se pusiera en la calle, una pequeña llovizna, poco intensa pero extremadamente inoportuna, comenzó a provocar la desazón entre los muchos cordobeses que aguardaban la salida de la corporación Servita.
En torno a las 18:30 la Junta de Gobierno de la cofradía se reunió para tomar una decisión. Con la responsabilidad del inmenso patrimonio artístico y humano que la hermandad pone en la calle cada Viernes Santo, el máximo órgano de gobierno de la corporación cordobesa determinó que lo más sensato era quedarse en San Jacinto. Una decisión siempre difícil, «siempre lo son cuando afectan a los hermanos», afirmaba el hermano mayor de la cofradía, Emilio Molina, en la entrevista concedida hace unas horas a Gente de Paz, pero llena de responsabilidad.
Tras ser comunicada la decisión a los miembros del cortejo, las puertas del local que cobija a los pasos del Santísimo Cristo de la Clemencia y de Nuestra Señora de los Dolores Coronada se abrieron de par en par para que miles de cordobeses rindieran pleitesía al Crucificado de Amadeo Ruiz Olmos y a la Señora de Córdoba, con la que este Viernes Santo no pudieron encontrarse bajo el cielo primaveral. Durante las horas que estuvieron abiertas las puertas, miles de personas peregrinaron a las plantas de la Virgen cumpliendo con el rito de rezarle cara a cara, pese a que en esta ocasión no haya podido ser camino de la Santa Iglesia Catedral. Será el año que viene, si Ella lo quiere.
La Hermandad de la Expiración está viviendo en 2018 un año especialmente intenso, con la celebración del centenario de su reorganización, que tuvo lugar en 1918 y, al mismo tiempo, el 25 aniversario de la coronación canónica de la bellísima Virgen del Rosario. Un año intenso que ya ha permitido disfrutar de la presencia por las calles de Córdoba del paso de misterio que preside el crucificado y María Santísima del Silencio, hace unas semanas, y volverá a posibilitar que el paso de palio de la Virgen del Rosario reine de nuevo, bajo el cielo otoñal, el próximo mes de octubre.
La cofradía de San Pablo es siempre un ejemplo de sobriedad, de compostura, de amor por los matices, de cuidado del detalle y de mesura en sus formas. Un conglomerado de elementos que convierte siempre en una experiencia provechosa su contemplación. Nada sobra y nada falta en su puesta en escena. Todos los elementos que conforman la cofradía se aplican en la dosis adecuada, y ello propicia que sea un deleite presenciar su transitar. Los dos pasos de la cofradía son buena muestra de ello. La zancada precisa y la frecuencia perfecta son el denominador común de los hombres que llevan sobre sus hombros al misterio de la Expiración y a la Virgen del Rosario. Dos cuadrillas mandadas por dos jóvenes capataces con un presente incontestable y un futuro ilimitado, cada uno con su estilo y su propia idiosincrasia.
La mano de Ángel Carrero ha logrado que la cuadrilla de la Expiración se haya ganado, por derecho propio, un importante hueco entre las cuadrillas referencia de las cofradías cordobesas de negro, merced a su trabajo constante y a la creencia de que, si bien el elemento físico es esencial para construir una buena cuadrilla costalera, no es el único ingrediente que precisa para que una buena cuadrilla se convierta en una de alto nivel. Así lo entiende Carrero y así lo transmite con presteza a sus hombres, siendo una de las señas de identidad de la cuadrilla que ha conformado con gran acierto para portar al misterio cada Viernes Santo.
Por su parte, el trabajo que Jesús Ortigosa viene desarrollando al frente de la cuadrilla de la Virgen del Rosario es una evidencia que nadie puede negar. Su potencial como capataz está fuera de toda duda y así lo atestigua el hecho de que su nombre haya sido elegido en los últimos años para hacerse cargo de pasos no precisamente sencillos de gestionar, lo que habla muy bien de su valentía a la hora de afrontar grandes retos y de la capacidad para solventarlos. Sin embargo, el nivel alcanzado al frente del palio de la corporación de San Pablo supera el trabajo desarrollado en el resto de pasos que tiene la responsabilidad de mandar convirtiendo el discurrir de la dolorosa de Álvarez Duarte en uno de los momentos insustituibles de cada Semana Santa.
La Soledad de Santiago se ha convertido, con el paso de los años, en una cofradía que es toda una delicia contemplar por las calles de Córdoba. Un cortejo extremadamente cuidado, que presenta una imagen envidiable desde que se incorporó el nuevo e impecable hábito. Cortejo que se ha visto incrementado sensiblemente en los últimos años, lo que propicia que la puesta en escena de la cofradía haya ganado muchos enteros.
La sobriedad de su cuerpo de nazarenos es todo un ejemplo y una llamada a la introspección y a la oración a la que probablemente ayuda el hecho de que el Viernes Santo sea tradicionalmente el día con menos público en la calle de toda la Semana Santa de Córdoba, sin bullas ni excesos derivados. Una circunstancia amplificada este año, por mor de las condiciones climatológicas que han convertido en valientes a los cordobeses que se han dado cita en las calles para encontrarse con sus cofradías.
Bellísima la dolorosa de Luis Álvarez Duarte, como siempre, presidiendo el magnífico conjunto, derivado de la renovación estética que emprendió la cofradía en 2004, en el que se ha convertido el altar itinerante, que combina caoba y bronce, en el que la Virgen de la Soledad derrama su esencia por las calles de la ciudad. Un resultado excelente al que colabora el buen hacer del capataz que tiene el privilegio de llevarla, camino del mayor templo de la diócesis, Enrique Garrido, que ha sabido imprimir al caminar de la Virgen que pena en soledad en el Monte Calvario, de la cadencia precisa y el son perfecto para un paso de estas características.
Cuando la Virgen de la Soledad se aleja y la Santa Cruz se pierde en el horizonte de nuestras oraciones, permanece en el ambiente el regusto dulce de haber sido testigo del transitar de una cofradía perfectamente concebida, que materializa exactamente lo que pretende, y que ha logrado encontrar el punto justo de su propia idiosincrasia.
Aún no había transitado por el palquillo de entrada el paso de palio de la Virgen del Rosario y ya se encontraba la cruz de guía de la Hermandad del Descendimiento esperando pacientemente para incorporarse a la itinerario común. Nazarenos blancos y rojos y un indiscutible aroma de barrio se apoderó del Puente Romano rumbo al templo madre de los católicos cordobeses.
La incertidumbre meteorológica no fue óbice para que la cofradía del Campo de la Verdad marcharse con valentía y decisión hacia el centro neurálgico de la religiosidad popular de la ciudad de San Rafael. Así lo confirmaba el sonido arrollador de la Banda de Cornetas y Tambores Caído y Fuensanta, para la que tan especial es tocar cada año detrás del Cristo descendido, que ya lo inundaba todo desde que su brillante forma de interpretar sonaba con fuerza desde las inmediaciones de la Calahorra.
La entrada del paso de misterio en Carrera Oficial gozó de una impactante rotundidad. El acompañamiento a su caminar de las marchas con aroma a trianero, interpretadas por la formación musical cordobesa, fueron el contrapunto perfecto para que el buen hacer de la cuadrilla de costaleros del Cristo del Descendimiento encendiera las almas ateridas que poblaban los palcos en está gélida tarde de Viernes Santo cordobés.
Detrás, la Virgen del Buen Fin, incandescente bajo el logrado palio que con su alegre movimiento concita cada año la atención del respetable, con ese halo de esperanza y alegría que es la metáfora perfecta que desprende el alborozado caminar, aderezado con la dosis perfecta de elegancia, de la dolorosa del Campo de la Verdad, anunciando que tras la muerte existe algo mucho más importante, lo que los cofrades celebramos en realidad, lo que ha de venir en apenas unas horas, la Resurrección, el auténtico Buen Fin de todo lo ocurrido.
La Virgen se incorporó al itinerario común y atravesó la Puerta del Puente al compás de «Coronación de la Macarena» interpretada magistralmente por la Banda de Música de María Santísima de la Esperanza y provocando el aplauso entre quienes esperan, como agua de mayo cada año, la llegada del palio rojo de la Virgen del Buen Fin. El contraste perfecto a la sobriedad predominante cada Viernes Santo y la nota de color que convierte en certidumbre y en luz el llanto y el lamento de la muerte y la cruz.
Cada año, la llegada del Sepulcro se convierte en uno de los puntos culminantes de la Semana Santa. Una cofradía que pone en práctica el auténtico significado de la palabra perfección, desde el primer nazareno, hasta el paso de palio. La imagen señorial del cortejo, desenvolviéndose con pulcritud y anticipando la llegada de la urna que contiene al Señor y posteriormente el palio de la sagrada conversación, es una de las escenas que gustan degustar los paladares más exquisitos. Un cuerpo de nazarenos con un cuidado del detalle digno de todo elogio, que hace años se convirtió en ejemplo a imitar por las cofradías cordobesas, pero que sigue provocando la admiración a su paso.
Una perfección que se aprecia igualmente con la llegada de ambos pasos de la cofradía. El espectacular paso de estética manierista que preside el Señor, diseñado por Jorge Mellado, con talla de Juan Pérez, orfebrería de Manuel Valera, óleos de Luis López de Pereda y bordados de Jesús Rosado, toda una catequesis en movimiento, está llevado a hombros por una de las mejores cuadrillas de Córdoba, sin discusión. Mandada por la experta mano de Luis Miguel Carrión «Curro», la cuadrilla del Sepulcro es, desde hace muchos años, una de las referencias del mundo del costal en la ciudad de San Rafael, espejo en el que muchos se han mirado y fuente de la que otros tantos han bebido, de un modo u otro, para perfeccionar el universo del costal en esta ciudad.
Tal vez de manera no tan acusada, pero algo similar ocurre con el paso de palio de Nuestra Señora del Desconsuelo, cuya singular zancada es otra de las señas de identidad de la corporación de la Compañía. La entrada de ambos pasos en carrera oficial y su discurrir bajo la Puerta del Puente, particularmente en el caso del paso del Señor, ha vuelto a erigirse en uno de momentos más satisfactorios de esta Semana Santa. Un hecho que por frecuente ya no extraña a casi ningún cofrades, pero que merece ser destacado en justicia, subrayando la genuina esencia de verdad costalera que emana del magisterio de quien sigue siendo, el mejor capataz de Córdoba.
La Hermandad del Rayo ha vuelto a brillar con luz propia en la jornada del Sábado Santo. El cofrade cordobés, que ha acudido en masa a presenciar el caminar de la Virgen, ha comprobado, tal y como sucediera el año pasado, lo que Córdoba se estaba perdiendo en este impás entre el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección en el que lo típico era emigrar hacia otras capitales donde sí existe una nutrida nómina de Cofradías en el Sábado Santo.
La comitiva salía desde la Parroquia de San José y el Espíritu Santo a la hora prevista (en torno a las 20:20h), sonando tras la titular mariana de la Hermandad cordobesa el trío musical de «Pasa la Virgen Macarena», posteriormente el Himno Nacional y produciéndose el estreno de «¡Y hasta tu Gloria! Que es Infinita», dedicada a la Virgen de los Dolores y el Rayo y compuesta por Joaquín Nevado García, director de la banda. Posteriormente, el cortejo atravesaba el puente, llegando a la Plaza del Triunfo la Virgen a los sones de Coronación de la Macarena, interpretada magistralmente por la Banda Sinfónica Municipal de Dos Torres. No fue el único lugar en el que esta composición pudo escucharse, ya que también fue interpretada en la Puerta de Perdón y en la recogida de la Cofradía.
Una vez adentrada en la Catedral con el Himno Nacional, previamente había sonado la marcha «Encarnación Coronada». Para la salida, después de volver a interpretar el himno, la formación musical de la provincia cordobesa interpretaba «Aires de Triana» y «Madrugá Macarena» en el Patio de los Naranjos y «A mi Reina de la Paz» una vez salía la imagen mariana al exterior. Una noche excelente que ha venido a poner el broche de oro a la penúltima jornada de la Semana Santa cordobesa, con esta corporación letífica que vuelve a recobrar el prestigio y la importancia que jamás debió perder.
Radiante se despertaba la mañana de Resurrección a orillas del Guadalquivir en una ciudad con reminiscencias de olor a incienso, azahar y cera derretida y en la que ya comienza a instalarse esa nostalgia que acompañe inevitablemente al cofrade cuando el palio de la Reina de la Alegría atraviesa las Puertas de Santa Marina para dar por concluida una nueva Semana Santa. Temprano amanecía a las puertas del templo fernandino que albergaba en sus entrañas todos los detalles precisos para certificar la culminación de una Semana Santa que pasará a los anales de la historia de la Córdoba Cofrade. Brillo incontestable en la radiante festividad que siempre destila la corporación santamarinera cuando la Cruz de Guía y los impolutos nazarenos del cortejo del Resucitado se adentraban en el bosque de columnas de la antigua Mezquita Aljama, hoy Santa Iglesia Catedral, moleste a quien moleste.
Sabor de barrio torero en todos y cada uno de los tramos del cortejo de la cofradía y poderío indiscutible en la cuadrilla del Señor Resucitado que volvió a evidencia la fuerza arrolladora de sus costaleros y, sobre todo, la maestría incostestable de quien ha marcado una época en el mundo del costal de la ciudad de San Rafael, algo con lo que otros ni siquiera se atreven a soñar. Juan Berrocal mantiene intacto el carisma irresistible que siempre tuvo y que es capaz, con su forma de mandar, de despertar entre quienes contemplan el transitar del paso del misterio que representa el pasaje más importante de la Semana Santa, el deseo irrefrenable de coger un costal y ocupar un lugar de privilegio en la trabajadera de Dios. Un paso que ha logrado una conjunción de alto calibre con la Agrupación Musical Cristo de Gracia, que se adapta como un guante al estilo de la cofradía.
Tras el Señor Resucitado la Virgen de la eterna sonrisa, radiante, exultante, derrochando esa Alegría infinita que sólo Ella es capaz de derrochar. Inundando cada rincón de Córdoba de la felicidad de que el Hijo de Dios ha vencido a la muerte y al mismo tiempo de la satisfacción de haber vivido una Semana Santa cargada de detalles para el recuerdo. Todo ello acompañada de la Banda de Mairena, que ha dejado nuevamente el pabellón muy alto, con un repertorio perfectamente adecuado y una interpretación notable. Imagen sobresaliente la del palio de Santa Marina que, con la nueva y magnífica bambalina diseñada por Rafael de Rueda y elaborada en los talleres de Jesús Rosado, es la día frente a la noche que se ha dejado atrás. Un esbozo de lo que será el altar itinerante de la Reina de los Piconeros, cuanto el conjunto entero esté completamente culminado.
La Semana Santa de Córdoba concluye, consolidando lo mucho bueno que ya se apuntó el pasado año, y perfeccionando algunas de sus carencias, si bien algunas de ellas quedan pendientes de resolver para aspirar a la perfección, opiniones habrá en un sentido y otro que irán aflorando en las próximas fechas. Sea como sea, una cosa queda meridianamente clara: quedan 378 días para que sea Domingo de Ramos.






























































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































