Si la religiosidad popular —y de manera muy especial las hermandades y cofradías— es proclamada desde ámbitos eclesiales como un auténtico dique de contención frente al relativismo y la secularización, resulta inevitable que aflore una perplejidad profunda cuando las decisiones simbólicas de mayor calado parecen avanzar en sentido contrario. La elección del Papa León de acudir a Madrid, Barcelona y Canarias sin incluir a Andalucía, territorio donde esa religiosidad se expresa con mayor intensidad, no puede leerse solo como un asunto de agenda: es, ante todo, un mensaje, y en la Iglesia los mensajes pesan tanto como los documentos. Tiempo hay para rectificar e incluir a Andalucía en este viaje. Ojalá alguien logré hacer entender al Sumo Pontífice que también necesitamos al Papa en la Tierra de María Santísima.
Andalucía no es un apéndice folclórico de la fe, sino uno de sus grandes pulmones vivos, un espacio donde la doctrina se hace carne en la calle, donde la catequesis se transmite en forma de paso procesional, de rosario al alba, de romería interminable o de promesa cumplida. Las hermandades de Semana Santa, las corporaciones de gloria, las asociaciones sacramentales y penitenciales, y manifestaciones tan complejas y profundas como el Rocío, no son expresiones marginales, sino estructuras comunitarias que sostienen la fe cuando el discurso abstracto ya no interpela y los templos se vacían.
Por eso duele la reiterada sensación de ser relegados, como ocurrió cuando imágenes de un peso simbólico incuestionable, como el Cachorro de Triana o la Esperanza de Málaga, estuvieron presentes en el Vaticano sin que mediara un gesto proporcional a lo que representan para millones de fieles, sin que el Papa se dignase a acercarse a rezar ante Ellos, teniéndolos en su misma casa. ¿Realmente no tuvo ni un instante para concederle a la religiosidad popular la importancia que merece y que sí se oyroga a muchos otros sectores? Aquella, lo nieguen o lo reconozcan, no fue solo una ausencia protocolaria; fue una ausencia de reconocimiento, una forma sutil pero elocuente de mirar hacia otro lado.
A esta herida simbólica se suma una sospecha cada vez más extendida: que las hermandades solo interesan a la alta jerarquía cuando su importancia y su dimensión se traducen en términos pecuniarios, cuando su fuerza social se convierte en aportaciones económicas a fondos diocesanos comunes y en sostén material de estructuras que no siempre devuelven ese respaldo en forma de cercanía pastoral o relevancia simbólica. Mientras la fe cotiza, parece contar; cuando pide atención, se diluye.
Cabe entonces preguntarse, sin rodeos, si las hermandades interesan realmente a la jerarquía eclesiástica más allá de su utilidad económica o estadística. Porque cuando llega el momento de los grandes gestos, de las visitas que construyen relato y fijan prioridades, esa religiosidad que moviliza multitudes queda fuera del foco, como si resultara incómoda o, sencillamente, prescindible.
Tal vez la Iglesia entendida como alta jerarquía, que emana del Vaticano, esté hoy absorbida por otras cuestiones de indudable relevancia: las migraciones, la política internacional, la sinodalidad, los equilibrios diplomáticos. Todo ello es importante, nadie lo niega. Pero la pregunta persiste con una obstinación incómoda: ¿realmente no hay tiempo ni mirada para comprender y valorar una manera de vivir la fe que mueve a millones de personas? ¿O es que esa fe popular no encaja en los parámetros culturales y pastorales de quienes deciden?
Juan Pablo II sí supo leer esa clave, y su visita a la aldea almonteña no fue un gesto folclórico, sino un reconocimiento explícito a un pueblo que evangeliza caminando, cantando y peregrinando. Aquel acto selló una alianza simbólica entre Roma y una fe vivida desde abajo, desde la tierra y desde la comunidad. Hoy, en cambio, muchos sienten que no hay hostilidad abierta, pero sí una indiferencia persistente, y la indiferencia, cuando se prolonga, termina convirtiéndose en desprecio.
Decimos a menudo que el enemigo está en casa, pero quizá el drama sea más hondo: que ni siquiera somos considerados «enemigos«, sino una realidad incómoda que se tolera mientras resulta útil y se ignora cuando reclama atención. Las hermandades no piden privilegios ni centralidad política; solo coherencia entre el discurso que las ensalza y las decisiones que las invisibilizan. Porque una fe que llena calles, marismas y caminos no puede seguir siendo periférica en los despachos donde se decide el rumbo espiritual de la Iglesia.





