Hoy la calle Feria era el punto central de los cuatro ejes cardinales de Sevilla. Desde primera hora de la tarde los adoquines sentían las pisadas de un gentío que sobre esa hora recordaban a una tarde de Jueves Santo. ¡Bendito día que los sevillanos tanto ansían para saciarse del amor de un cristo que brota sangre, como sus vecinos los naranjos brotan azahar! Eran las cinco y diez de la tarde y el aire de los últimos días de invierno se volvía templado para acariciar tiernamente los cirios que con su llama abría el recuerdo infantil de momentos únicos e irrepetibles.
A las cinco y veinticinco de la tarde salía el Señor de la Oración en el Huerto. La Plaza de los Carros mostraba el aspecto de un Jueves Santo cualquiera, impaciente para todos menos para los clientes de Casa Vizcaíno que no atendían a la gran cantidad de hermanos que salían de la Capilla de la Hermandad de Monte-Sión. Las andas empezaron a recorrer una calle Feria salpicada de romero y pétalos y completamente abarrotada para ver al Señor en enclaves muy deseados para el devoto como la Iglesia de San Juan de la Palma y el Convento del Espíritu Santo.
Seguía el titular de la Hermandad de Monte-Sión un recorrido a la inversa respecto al itinerario del Jueves Santo. La nueva túnica bordada le daba más todavía un aspecto todopoderoso al Señor que no necesitaba un ángel porque las Hermanas de la Cruz hoy estuvieron más cerca de Él para recoger y calmar su sangre con los cantos celestiales que tienen acostumbrados a escuchar los sevillanos.
El Señor de la Oración en el Huerto siguió por la calle Imagen, Plaza de San Pedro, Sales y Férre, Plaza de la Alfalfa, Cuesta del Rosario, Plaza del Salvador, Plaza de San Francisco… Todos estos emplazamientos estaban llenos de gente, aún más si se trataba de una calle estrecha donde se realza la figura del Señor o las grandes plazas que se convierten en el enclave urbanístico ideal para demostrar que sigue faltando sitio si se trata de ver a Dios.
La Cruz de Guía llegó antes de las ocho de la tarde a la Puerta de Palos de la Catedral para confirmar el horario escrupulosos que estaba siguiendo el cortejo en todo momento. Cuando las campanas de la Giralda marcaban las ocho en un intenso repique de campanas entro el Señor de la Oración en el Huerto. Una vez dentro, el ejercicio del Vía Crucis se celebró con gran solemnidad durante una hora. Además se vivió un intenso momento cuando el titular de Monte-Sión recibió una medalla cuando se encontraba frente a frente con la Virgen de los Reyes en la Capilla Real.
Faltaban cinco minutos para las diez de la noche cuando las andas que portaban al Señor ya estaban en la calle. Con varios minutos de retraso siguió el recorrido de vuelta: Plaza Virgen de los Reyes, Placentines, Alemanes, Argote de Molina, Placentines, Francos, Villegas, Plaza del Salvador… se iban acercando las altas horas de la noche y un notable número de devotos seguían agolpándose en torno al Señor de la Oración en el Huerto. El ambiente y el gentío confirmaban que no hacía falta cambiar el día de Vía Crucis para ubicarlo en fin de semana, la influencia de público era abundante. Así siguió siendo por el resto de las calles que formaban el itinerario de vuelta: Cuna, Orfila, Doiz, Plaza de San Andrés, Cervantes. En la Plaza de San Martín a la hora que debía estar en el dintel de la capilla de Monte-Sión en la presidencia saludaba a la representación de la Hermandad de la Lanzada.
Las pocas calles que quedaban: Saavedras, Alberto Lista, Castellar; formaban un tablero perfecto de calles estrechas donde los “jartibles” de las cofradías les gusta disfrutar. Cuando el silencio – difícil de conseguir – conquistaba la calle, se oía el racheo de los zapatos que invitaba al público a mirar como el Señor estaba en un intenso diálogo con la luna. Cinco minutos faltaban para que la noche dejara paso al martes. En ese instante el Señor de la Oración en el Huerto entró a su templo mirando a su Madre, la Virgen del Rosario. Así se completaba un día histórico para esta hermandad de la calle Feria. Sevilla disfrutó con Él y lo seguirá haciendo cuando las tardes pasen 37 veces más.
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