La Semana Santa nos deja momentos sentimentalmente profundos. Tanto, que el resto del año padecemos un estado de vigilia en el que vivimos del recuerdo. Hoy pongo sobre el papel una de las experiencias más dulces que ha podido saborear el sevillano viendo cofradías.
Esto ocurre cuando es alta noche. Quizás, pasadas las una de la madrugada. Por el centro de la ciudad, retumban tambores a los lejos. En sus calles, solas, sucias y resacosas, van muchachos de adolescencia crecida. Es su primera Semana Santa solos a altas horas de la noche. Jubilosos recorren las calles buscando palios de vueltas a sus barrios o a calles céntricas de casas decimonónicas.
Han entrado en una Semana Santa desconocida por ellos. Sólo intuida por sus oídos a través de las historias que contaban sus padres y sus abuelos, leídas en artículos de Burgos y soñadas para que aquel mito se hiciera realidad. Y allí estaban ellos, inmersos en un río de bulla que desembocaría en el mar de alguna plaza que aún quedaba lejos.
Presos de luz y de dulzura. Encandilados por la belleza extrema de una candelería gastada y completamente encendida. Iban recorriendo calles desconocidas hasta entonces, y así, aprendidas para que el callejero de su ciudad quedara eternamente unido por una noche inolvidable. A esas edades, no entendían de lógica, su horizonte era infinito, y la noche, un manantial de irracionalidades que dejaba paso a un baño de magia.
Sin razonar, se emocionaban con el estruendo de la marcha y escuchaban el acelerado ritmo de su corazón cuando los zancos de paso se clavaban en la calle ante un solemne silencio. Años de adolescencia, donde prima la belleza. Todo está bajo un velo romántico que rompen los esquemas.
Se han enamorado de la noche, de la luz, de la luna. De muchachas que suspiran parcialmente iluminadas por la luz de una candelería. Aquellas niñas, no eran niñas porque estrenaban sus primeras horas como mujeres. Bellos cabellos al aire y pieles trigueñas que avivan la emoción de los muchachos cuando notaban un tímido roce en el alboroto de la bulla. Para ellos, auténticas musas, diosas que encantan los sentidos en una noche tan perfecta que sólo es creada por Dios para Dios.
El resto de sus días se acordaban de aquellas formas, palabras y música. Vivían del recuerdo. Pasaban por esas calles encaladas donde disfrutaron perdiéndose en la sombra de un palio y no podían reprimir cerrar los ojos para intentar recordar aquel momento.
Cuando aquella noche, rendida ya en la soledad de sus cuartos, resacosos de asombro, soñaban volverla a repetir. Pero no volverá a pasar Será parecido. Pero no igual, como no hay páginas ni amores iguales. Aquellas mujercitas a que deseaban volver a verlas lo más antes posible, en pandilla una noche de sábado con amigas o en la sorpresa de un día corriente agotados por lecciones preuniversitarias. No volverá. Se quedará siempre en el almibar de sus recuerdos.
Porque no le endentaréis sin la luz y la música de aquel día. Sin el olor a incienso o azahar. Sin la atenta mirada de una Virgen que suspira en vez de echar llanto. Soñaréis con todo aquello. Viviréis por mantener el recuerdo de la noche donde se escribió el mejor endecasílabo, “se me nota en los ojos que estoy enamorado”.
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