En Córdoba, desde ciertos ámbitos cofrades, que han tenido el apoyo de medios de comunicación, algún foro hoy mortecino, y ambientes eclesiales, cada uno con sus intereses pero ninguno por el bien de la Semana Santa cordobesa en su conjunto, se ha creado la necesidad acuciante de novedades. Había, para estos intereses, que construir una realidad en el que la cantidad primara más que cualquier otro factor. Eso ha traído como consecuencia situaciones muy indeseables, no hay nada más que mirar la mayoría de los cortejos, donde el nazareno está representado por niños y niñas de muy escasa edad; al mismo tiempo esos cofrades que clamaban por más y más novedades, hablando de nuevas hermandades, de nuevos pasos, de nuevas representaciones y nuevas advocaciones, entre ellas algunas notablemente artificiosas y sin ninguna tradición en la capital, son los primeros que han ido a machacar a todo lo que se saliera de su particular canon estilístico; pero lo más importante es la merma que han sufrido cofradías ya instituidas que se han visto envueltas en este ambiente de novedad a ultranza tratando muchas veces de descubrir la piedra filosofal, y cambiando por tanto la coherencia por lo nuevo.
Todo ello se ha visto acrecentado por considerar la Semana Santa, como algo que nunca ha debido ser, una mercancía para el turismo, los bares, y las tiendas; todo parecía subordinarse al interés económico; palcos y sillas empezaron a tener un protagonismo inmerecido, y claro está, en una sociedad de consumo un producto sólo se sigue vendiendo con novedades incesantes; los grupos de interés que sacudían todo esto sacrificaban la esencia de los desfiles procesionales basadas en lo secular, en las tradiciones, y lo religioso, en pos de formas más dúctiles para lo que ya no es el pueblo cristiano a quien evangelizar y dar testimonio de nuestra Fe, sino un ente más etéreo como es el público.
En este ambiente en el que han vivido las hermandades durante los los últimos años en los que el trabajo abnegado, el conocimiento, la autoexigencia, la seriedad y otras cualidades realmente importantes eran dejadas de lado por la imperiosa necesidad de saberse popular, y reconocido en redes sociales y prensa, se han creado una serie de mantras, que por mucho repetirse y publicitarse no dejaban de ser inanes y vacuas, singularmente la llamada madrugá, o la enmienda a la totalidad que reciben cada uno de las configuraciones de los diferentes días, nada es salvable desde el Domingo de Ramos al de Resurrección; todo había que cambiarlo, no se sabe muy bien porqué, ni con qué criterios, y sobre todo para beneficiar a quién… Simplemente hay que hacer algo nuevo.
Vivimos, una mala época, no tengo necesidad de señalar el motivo. Este año no se ha podido vivir nuestra Semana de Pasión con los cortejos procesionales en las calles, mientras nuestra ciudad se engalanaba de azahar y olía a incienso; pero cabríamos esperar que estas semanas hayan sido fructíferas para reflexionar; lejos de los voceríos que demandan una Semana Santa en otro mes o intempestivas magnas, estos ejercicios de reflexión nos deben llevar a salvar lo esencial de la Semana Santa, su misión, y su proyección católica; se avecinan tiempos duros que pueden ser crueles para muchos de nosotros, y ojalá sea una visión equivocada pero la Iglesia Católica como institución sufrirá embates muy fuertes, las mismas cofradías como iglesia que son también, es hora de desvestirnos de lo que pueda haber de accesorio, si además también va acompañado de cierta frivolidad, es hora de apostar por el conjunto, de dejar al margen rencillas personales, y egos particulares; es hora de dejar atrás elucubraciones y proyectos faraónicos y dejar paso a un trabajo que debe valer para salvar lo existente y fortalecerlo. Es hora al fin de abandonar lo nuevo, con todas las rasgos antedichos, para ir en fila de nuestros buques insignias sean cuales fueran. Son momentos en los que se impone la grandeza de espíritu si queremos conservar lo mejor de nuestras hermandades y cofradías
Se que este texto no será popular en determinadas tertulias y atalayas, y que muchos cofrades, de lo nuevo, entenderán poco de lo que he expuesto, que no es otra cosa que la Semana Santa de Córdoba necesita otro rumbo, y que si no se lo damos nosotros, mucho me temo se nos va a venir dado desde fuera con aviesas intenciones. Los cofrades cordobeses tuvieron en los años setenta del siglo pasado líderes que vislumbraron una Semana de Pasión que tenía que ser distinta, hoy necesitamos de esa clase de hombres que nos lleven a un nuevo puerto tirando por la borda los vicios que arrastramos, que son muchos, duraderos, y muy perjudiciales. Esos líderes deben saber que se ha acabado una época, y que son vitales nuevas formas y maneras para un tiempo muy diferente.






