Cada primavera, nuestras calles se llenan de música, aromas y emociones. La Semana Santa no es solo tradición, es un espacio donde conviven múltiples fuerzas: la Iglesia, los consejos de hermandades, las propias hermandades, los capataces, los costaleros y, sobre todo, los hermanos. Pero, ¿quién tiene realmente el poder en este fenómeno que nos apasiona a todos?
Muchos dirían que el poder está en la Iglesia, como garante de la fe y la liturgia, o en los consejos de hermandades, que coordinan y supervisan la organización de todas las cofradías. Otros podrían apuntar a los presidentes de las hermandades, que deciden fechas, recorridos y estilos de procesión. Incluso los capataces y los costaleros, con su control sobre el paso y su fuerza física y simbólica, parecen tener un protagonismo indiscutible.
Sin embargo, el verdadero poder reside en un lugar más sencillo y a la vez más profundo: en los hermanos. Ellos son los que mantienen viva la tradición, quienes, con su compromiso y pasión, dan sentido a cada procesión, a cada capataz que dirige, a cada costalero que avanza paso a paso. Sin ellos, no habría Semana Santa. Son ellos quienes deciden participar o no, quienes transmiten la devoción a nuevas generaciones y quienes sostienen la comunidad que hace que esta celebración sea mucho más que un desfile: es un acto de identidad, de memoria y de fe compartida.
Por eso, al pensar en la Semana Santa, es fácil caer en la trampa de ver el poder como algo jerárquico. Pero la realidad nos enseña que el verdadero poder es colectivo. Surge de la unión de todos: la coordinación de las hermandades, la guía de los capataces, la fuerza de los costaleros y la entrega de los hermanos. Cada uno tiene su papel, y solo juntos logran que lo que llamamos “tradición” se transforme en experiencia viva.
En última instancia, el poder no está en quien manda ni en quien organiza; está en la comunidad que ama y sostiene, en quienes participan y respetan, en quienes creen que la Semana Santa no es solo una fiesta, sino un acto de paz, de cultura y de encuentro con los demás. Ese poder compartido, humilde y profundo, surge de la colaboración de todos: capataces, costaleros, hermanos, hermandades y consejos… Pero entonces, si todos tienen un poco y nadie tiene todo, ¿quién tiene realmente el verdadero poder en la Semana Santa?





