¿Quién iba a decir que tras una crisis económica y una pandemia viviríamos una guerra en Europa? Parece el final de los tiempos, la llegada del Apocalipsis con sus cuatro jinetes, el preludio del día de la ira. Una vez más y en poco tiempo, la sombra de la muerte se perfila en el horizonte y amenaza con cubrirnos. Quizás se considere esto como un fatalismo exasperado, pero es entendible teniendo en cuenta el desazonador panorama que se nos presenta.
¿Qué se puede hacer ante la catástrofe? Nada, esa es la lamentable respuesta humana. Nuestras frustraciones y enojos se quedan en el interior de nuestros hogares o, como mucho, en la tenue libertad que ofrecen las tertulias callejeras. Solo internet traspasa tales limitaciones y permite el desahogo momentáneo, pero aun así no es suficiente.
Ayer fue el primer día del triduo dedicado a Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas, el cual fue presidio por don Antonio Gil, antiguo párroco de San Lorenzo. En su homilía, retumbaron por las paredes del templo cordobés las palabras «amor», «paz» y «consuelo». Todas ellas son virtudes de la Virgen, muy presentes en las letanías lauretanas que, de muy vez en cuando, tenemos la dicha de rezar. Pocas veces reparamos en la profundidad espiritual que implican estos títulos y en su valor trascendental, salvo cuando estamos de rodillas ante el altar, con Cristo Sacramentado frente a nosotros y la talla enlutada de la Virgen observándonos desde la altura.
Las tristezas de María son fruto de las barbaries acontecidas por los hombres. La muerte del hijo supuso una espada de dolor terrible, pese a los privilegios sapienciales de ella por causa de la salvación. El Evangelio nos recuerda que María guardaba las palabras de Dios en el corazón y que confiaba en su Señor. No obstante, el corazón humano no es ajeno al padecimiento —¿cómo no iba a serlo si hasta Dios se entristece y siente misericordia por nosotros?— y sufre en la injusticia. Pero María sigue allí, orando y pidiendo, asida a la esperanza del que persiste, animada por un espíritu de amor, paz y consuelo, aun cuando la muerte se acerca, la brutalidad humana hace gala de su fuerza y la soberbia se superpone a la humildad de nuestra naturaleza.
Ese es el gran problema del hombre, su soberbia. Se cree un dios capaz de controlar el universo, pero es tan débil que un simple microorganismo es capaz de destruirlo. Entronizado en su egocentrismo y engreimiento, dispone de la vida y de la muerte de otros sin ninguna consideración, estima su existencia en cantidades materiales y en pompas sociales circunstanciales, cimenta su seguridad en el temor de sus iguales y hace justicia según su criterio baldío. A veces habla del amor, de la paz y del consuelo, pero su visión está tan congestionada que no percibe ese amor, esa paz y ese consuelo en otros ámbitos que no sean los suyos.
Esto es lo que Cristo vino a cambiar, lo que María oyó y guardó en su corazón, lo que los apóstoles predicaron y lo que nosotros, los cristianos, debemos defender a toda costa. Si el resumen del Evangelio es que Dios es amor y que el primer mandamiento de todos es amarnos los unos a los otros como Jesús nos amó, ¿qué justifica la muerte, la guerra, el sufrimiento, el dolor, el llanto y la sangre que actualmente vemos en la televisión? ¿Qué persona que se considere cristiana, ya sea católico, protestante u ortodoxo, puede mantener tal nombre cuando avoca a la muerte a los que, en rigor, son sus hermanos? Y aquí no vale excepción, pues toda criatura es hija de Dios.
Ya hace años de la encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, escrita también en tiempos de una guerra tácita. Hoy el papa Francisco nos llama a la oración en favor de esa paz tan débil. De hecho, el próximo Miércoles Santo está prevista la celebración de una jornada por la paz. Por tanto, quizás nos hallamos equivocado con lo dicho al principio y realmente el ser humano puede hacer algo al respeto: pedir por la paz. Aprovechemos el momento para hacerlo, para mostrar nuestro compromiso con el amor y la misericordia, para rechazar cualquier signo de violencia, de soberbia e iniquidad. En resumen: bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.





