Lo sagrado, es algo imprescindible, para la existencia de la religión. Sin la distinción, entre lo profano y lo sagrado, estaríamos siempre, ante una misma realidad totalmente plana y estéril. Los católicos, sabemos, reconocer la realidad de lo sagrado, y, poseemos la concepción de la divinidad más precisa y clara, que ninguna otra religión, ya que, la segunda persona de nuestra deidad, se hizo, en un momento concreto de la historia, como usted y como yo, es decir, se encarnó.
Dentro del reconocimiento de lo sagrado, que hay en Nuestra Santa Religión en: objetos, lugares, pinturas, templos, ritos, espacios, libros, tallas, y demás…, la pregunta, que surge es la siguiente: dentro de la gran riqueza, existente que disfrutamos en nuestra Santa Religión ¿Qué es lo más sagrado de todo ello?
Ante esta pregunta, caben multitud de respuestas: abundantes cristianos dirán que las imágenes, ya que representan a lo sagrado; otros, sin duda, el templo, pues es la casa de Dios; habrá quién también afirme, que los objetos, ya que ellos custodian cosas muy sagradas como puede ser reliquias, los aceites sagrados o el mismísimo Cuerpo de Nuestro Señor; los más ritualistas, se decantarán hacia los sacramentos con su correspondiente rito sagrado, que nos proporciona una comunicación con Dios; también habrá, quién diga, que en las Sagradas Escrituras, se encuentra las palabras mismas palabras pronunciadas por nuestro Dios, y por consiguiente, y lo más fundamental de todo ello. Todas las respuestas muy válidas y acertadas.
En cambio, si mi persona, fuera interrogada por esta cuestión, respondería, sin lugar a dudas, que lo más sagrado es el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor, llevándose a cabo, la transubstanciación, del vino y el pan, en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor, en cada Misa, y reservándose en el Sagrario. Una respuesta, posiblemente, muy adecuada y apropiada, como todas las demás.
Sin embargo, una frase, del Rito Hispano-Mozárabe, que dice: “Lo Santo, para los Santos”, me resquebraja por completo, mi respuesta, y me hace, volver a plantearme ¿Qué es lo más sagrado?
El Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor, es consagrado cada Misa por y para ser entregado a los santos, es decir, mi respuesta de lo más sagrado es para que sea dado a los católicos, que se encuentren en disposición de recibirlo. Si nos detenemos, en los otros seis sacramentos, también, son para que sean conferidos a las personas. Las imágenes, pinturas, rituales, objetos, templos y tallas, son, en definitiva, para que ayuden a las personas, a relacionarse con la Divinidad. Entonces, las personas ¿Son lo más sagrado?
Ante este interrogante, hago referencia a las Sagradas Escrituras “Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó (Génesis 1,27), es decir, los católicos no es que seamos en sí sagrados, sino que Dios mismo, nos ha creado de esa forma y este don nos proviene y viene dado de Dios, y no por nosotros mismos. Es decir, somos participación de lo sagrado, pero no somos lo sagrado en sí. “El hombre es creado a imagen de Dios en el sentido de que es capaz de conocer y de amar, en la libertad, al propio Creador. Es la única criatura, sobre esta tierra, que Dios ha querido por sí misma y que ha llamado a participar, por el conocimiento y el amor, de su vida divina. El, en cuanto creado a imagen de Dios, tiene la dignidad de persona: no es cualquier cosa, sino alguien, capaz de conocerse, de donarse libremente y de entrar en comunión con Dios y con las otras personas” (Compendio del Catecismo, n. 66). Y por consiguiente, esa gran dignidad, de ser criaturas e hijos de Dios, por el bautismo “La dignidad del hombre no es algo que se impone a nuestros ojos, no es mensurable ni se puede cualificar, escapa a los parámetros de la razón científica o técnica; sin embargo nuestra civilización, nuestro humanismo, no han progresado sino en la medida en que esta dignidad ha sido universal y plenamente reconocida siempre más personas” (Cardenar Joseph Ratzinger, Discurso al Consejo Pontificio para la Pastoral de la salud, 28 de noviembre 1996).
Recordando, quienes somos, se nos presenta este gran tiempo de cuaresma, de intensa conversión, para recordarnos que cada vez que pecamos, cometemos un sacrilegio y profanación, hacia esa imagen y semejanza de Dios, ese aspecto sagrado que poseemos, y en consecuencia, atentando a nuestra dignidad de Hijos de Dios.





