Hemos despertado de la terrible pesadilla y tocado el cielo, ya sea gris o azul, hemos accedido al reino celestial y suenan trompetas, trombones y cornetas. A eso suena el cielo. Un paraíso que anhelábamos y que ha regresado esperemos que por muchos años.
En el orbe cofrade nos hemos acostumbrado a quejarnos por vicio. Quizás sea una realidad inherente al ser humano, pero entramos en la vorágine de la creación de problemas y problemas hubo y muchos el pasado Lunes Santo en la capital hispalense y en otras ciudades y pueblos de nuestra comunidad.
La vieja Híspalis sufrió uno de esos cambios meteorológicos dignos de la primavera que muchos no recuerdan ni por asomo, pero que ya existían en tiempos pretéritos a la pandemia y que han sido predecesores de altercados en muchas ciudades andaluzas. Aguaceros, lluvias intermitentes y fuertes vientos han sido el pan nuestro de cada día durante años aciagos que damnificaron el transitar de muchas Cofradías en las calles.
Parafraseando al recién retirado y querido Selu, cantante del grupo musical de «El Barrio» que tanto nos hizo disfrutar, la lluvia siempre se ha configurado como nuestro más vieja enemiga, aún más querida después de haber soportado la desolación de un mal aún mayor. Pero lo ocurrido durante estas dos últimas jornadas en la mayoría de localidades y municipios escapa a la comprensión de muchas personas. No quiero entrar a valorar, por parte de las Hermandades, si la decisión de salir o no está bien tomada. Cada uno es responsable de sus actos. Lo que sí es verídico es que se nos ha olvidado como afrontar la lluvia en las calles.
Es una realidad que en muchas Corporaciones ha cundido el delirio y en muchos casos la sinrazón cuando el lloro inquebrantable del cielo ha tocado la tierra en forma de gotas de lluvia. El caos se ha apoderado de nuestras mentes sin saber como afrontar una situación que, a priori, habíamos vivido en innumerables ocasiones.
La claudicación ante esa tesitura ha condenado a muchas Hermandades, por el simple hecho de lucirse bajo la lluvia, otras por hacerlo antes del encierro después de haber recorrido anteriores calles a paso de mudá.
Lo que está claro es que, como era de esperar, la pandemia ha ralentizado los reflejos ante situaciones de esta índole, algo que se ha notado en la jornada del Martes Santo en muchas de las Hermandades que procesionaban ese día, en el momento justo que suspendieron sin moratoria sus Estaciones de Penitencia.
El miedo a la crítica y al desvarío se había apoderado de ellas. Nadie quiso arriesgar. Nadie quiso esperar. Quizás el año que viene sea mejor. Quizás nuestra vieja enemiga nos vuelva a enseñar a controlar los nervios en las calles.





