Desde el 1 de abril de 1939 España vive en el día de la marmota. Cada día al despertarnos, revivimos lo mismo, los bandos, que si vencedores, que si vencidos, que si fachas, que si rojos… Llegando la constitución y el pacto de 1978 se supone que se reconciliaron los bandos dotando al país de una democracia real, en el que a partir de ese momento se olvidaron bandos, y aquellos que se enfrentaron en trincheras, se perdonaron acudiendo a las urnas.
Pero parece que no basta aquella reconciliación, que los nietos son los que tienen esa sed de venganza. Aquellos populistas que se acordaron de la momia del dictador y ensalzaron su figura dotándola de una importancia que las nuevas generaciones sólo le daban cuando aparecía en los exámenes de historia.
Vuelven los bandos en los discursos de aquellos que quieren los votos, que dotan de importancia a aquellos muertos que les siguen dando miedo, y entre medias, generan odio entre todos y lanzan soflamas anticlericales y contra la Semana Santa que recuerdan a años en los que aquellos que defienden a sus abuelos, esos abuelos fueron los que prendieron las llamas en las Iglesias donde la población depositaba su fe.
Soy bisnieto de minero, sindicalista y político que calló en el frente. Soy el primero que defiende su memoria, que he buscado sus restos, pero al conocer el punto exacto donde su cuerpo expiró tras caer abatido, la persona más interesada en encontrarlo me hizo parar. Mi abuela lo perdió con cinco años, junto dos hermanos menores – de los cuales una murió por difteria – y una madre, solos, en una ciudad que cada vez que les miraba era para llamarles rojos. Esa misma abuela, que se rompió las rodillas de limpiar en casas de franquistas, cuando emocionado le dije: «Abuela, se donde puede estar» y le indiqué como podía iniciar los trámites para sacarlo gracias a la Ley de Memoria Histórica, ella solo me contestó «deja a los muertos descansar en paz». Porque ella me obligó a entender que aquello ya había pasado hace 80 años, pero pude decirle, después de esos años y antes de que falleciera, que supiera el punto exacto donde perdió a su padre.
Sé que como mi abuela hay miles de españoles que han perdonado, de hecho, mi abuela era creyente, y perdonó a aquellos que mataron a su padre porque fue una guerra entre hermanos. Nunca quiso remover los cuerpos de los muertos de las iglesias, porque es sólo remover una época que, supuestamente, se había zanjado.
Si ella estuviera aquí, ella llamaría «payasos» a aquellos que se manifiestan contra la Iglesia, o que quieren lanzar cuerpos a cunetas y que ardan las iglesias. Para mí, la sabiduría de gente como mi abuela, es necesaria, pero los políticos han esperado a que los que pueden hablar de esa época en primera persona, ya no estén para inventar ciertos aspectos de la misma.
No estoy en contra de la exhumación del dictador, solo estoy en contra del oportunismo, del generar odio, del hacerlo porque si, cuando al Valle de los Caídos sólo iban nostálgicos, ahora lo han convertido en un parque de atracciones, y, sin pensar, que allí yacen caídos de los dos bandos, incluyendo la posibilidad de que también esté allí mi bisabuelo.
Ojalá ahora que han movido la momia del dictador, sepan olvidar otros regímenes y otras banderas que también exalzan, y dejemos atrás por fin esta sensación de vivir en el día de la marmota.
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