Hace unos días, apresado por el insomnio me dispuse a leer a una de las mejores plumas que han escrito sobre Semana Santa, la de Núñez de Herrera. Cogí su libro ‘Teoría y realidad de la Semana Santa’ y lo abrí para leer la primera página que me encontrara al azahar. En una hora indeterminada de la madrugada marqué la uña en su artículo ‘Estética, dolor y penitencia’ para leerlo por primera vez.
Situaba la historia en la Triana de los años treinta. Un corral de vecinos y el amor entre una madre y un hijo. El chaval era joven. Como un trianero más de su edad, anarquista y afiliado de la FAI. Un día recibió un tiro y la madre pasó su “camino de la amargura” llena de pena. Durante diez días arrastró la viejecita sus lágrimas por los largos corredores del corral. Llorando por la desolación de ver a su único hijo sobre una humilde cama, serio y pálido.
Algunos días iban a visitarle sus amigos. Camaradas que ya estaban acostumbrados a vivir en calles llenas de violencia, donde ya nada valía la vida y sobrevivir era el único motivo para levantarse y defender unos ideales fraguados en los viejos corrales de Triana.
En la cabecera del lecho del muchacho había una estampa de la Virgen de la Estrella. Bajo el colchón, dos pistolas. Decía Núñez de Herrera que el médico iba y venía recatadamente. Éste creía en la libertad absoluta y en la fraternidad universal. Por eso, él ayudaba a los jóvenes heridos que procuraban que ni en las clínicas oficiales ni en el Gobierno civil tuvieran constancia de ello.
Bajo paredes llenas de desconchones, la madre rezaba durante todo el día. Sólo paraba y se iba cuando llegaban sus amigos. Un grupo de muchachos que posteriormente fueron fotografiados corriendo en la calle con la imagen carbonizada del Beato Diego José de Cádiz a modo de trofeo.
Llegó la primavera y la madre salió del corral de vecinos para ir tras el paso de la Virgen de la Estrella. Nos contaba el extremeño que iba con los pies desnudos. El frío de las piedras en la noche clavaba largos cuchillos de dolor a sus piernas vacilantes. Pero un hijo es una cosa seria. Y una promesa también. Descalcita, iba por las calles. El pensamiento bien alto y los ojos en el suelo.
Sentenciaba diciendo “Detrás de este paso, detrás de muchos pasos, van otros penitentes. Una masa oscura y silenciosa. No hay sobre ellos sino el clamor de la ciudad y el aire moreno del Domingo de Ramos. Pero semeja que soportaran un invisible paso. Sobre sus hombros, las trabajaderas de la pena. Van los penitentes lentos, agobiados, unánimes costaleros de su duelo y su promesa”.
Y es esta mujer la que fundamenta la existencia de la Semana Santa. Ya son otras mujeres las que van detrás de Vírgenes trianeras. Vecinas del Cerro del Águila o del Tiro de Línea. Envejecidas en el dolor y la tristeza de ver a sus hijos sufriendo, al igual que la Madre de Dios. Es la Semana Santa eterna, la que nunca cambia aunque pasen los siglos. Porque ahí está la verdad de todo esto. El sufrimiento, el amor y la humanidad. Esto no se ve. Se vive en las casas, en la vida de la familia, en las angustias de los problemas. Es la realidad de la Semana Santa que no entiende de costaleros, bandas ni juntas de gobierno. Entiende de vidas.
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