Reflexiones heterodoxas | El patio cordobés: patios conventuales

Con la llegada de la primavera, la ciudad de Córdoba experimenta una eclosión de olores y colores que comienza con la Semana Santa y continua con su inigualable Mayo festivo, conjunto de celebraciones entre las que reluce con luz propia el Festival de los Patios Cordobeses, patrimonio inmaterial de la Humanidad desde 2012. 

Para poder entender este fenómeno cultural, primero hemos de preguntarnos ¿qué es un patio? Originariamente, un patio fue un simple agujero abierto en el centro de la edificación, a través del cual la casa recibía luz y ventilación en sus estancias, a la vez que creaba un microclima que protegía a los habitantes de los rigores del exterior. La ventaja de los patios es que permiten hacer uso de un espacio abierto en cuanto a su diseño, pero privado en cuanto al acceso. A este respecto, cabe señalar que la casa de patio es un hecho típico de los pueblos que habitan la cuenca mediterránea. En 1933 se celebra el primer concurso de patios cordobeses, promovido desde el Ayuntamiento de la ciudad.

¿Cuál es el origen del patio cordobés? Hay autores que trasladan sus orígenes a las civilizaciones orientales de Persia o Arabia, donde indudablemente se dan este tipo de construcciones, si bien en el caso de nuestros patios hemos de buscar sus raíces más lejanas en la antigua Grecia. Los griegos construían sus casas normalmente de adobe con una distribución organizada en torno a un patio central interior, que destacaba por su sobriedad y ausencia total de elementos ornamentales. Este tipo que podríamos calificar como básico, pasa al mundo romano. En la antigua Roma, las familias ricas vivían en domus, casas amplias y confortables organizadas en torno a un patio central denominado atrium. A la domus se accedía a través del vestíbulum que conducía al atrium con una abertura central llamada compluvium y un pequeño estanque, denominado impluvium, donde se recogía el agua de lluvia que se guardaba en una cisterna subterránea. A diferencia de sus precedentes griegos, el atrium constituía el escaparate donde la familia propietaria hacía alarde de su nobleza.  

Patio del convento de Santa Cruz, popularmente conocido por Santa Gema. Foto: PacoRomán

Cuando la península Ibérica es conquistada por las huestes musulmanas en el 711, se encuentran con la herencia dejada por romanos y visigodos, transformándola para adaptarla a su cultura y religión, creando un mundo interior que gira en torno al patio. Vista por fuera, la casa musulmana carece de elementos que puedan indicar lo que se encuentra en su interior, si acaso, la única pieza alusiva al nivel social era la puerta, pues en ella aparecía grabada la fecha en que había peregrinado a la Meca y se cuidaban con esmero tanto la talla como la decoración de la misma. En consecuencia, para el mundo musulmán la casa se entiende como el núcleo doméstico «el harén», territorio inviolable de la mujer, en torno al cual se desarrollan las demás funciones de la misma. No hay huecos en la parte baja mientras en la planta alta suelen tomar mayores dimensiones, pero, en cualquier caso, incluso los que se abrían al patio, se cerraban por celosías y cuerpos saledizos, o ajimeces, de manera que la mujer pudiera conocer lo que ocurría en su casa y participar de la vida social y doméstica, sin ser descubierta. 

La conquista castellana en 1236 se va a mantener intacta la trama viaria de calles estrechas e irregulares, destacando las grandes parcelas ocupadas por conventos, casas palaciegas o edificios públicos, correspondiendo las de menor tamaño a las viviendas cuya tipología responde a la heredada casa-patio. Esta estructura va a mantenerse, prácticamente inalterable hasta mediados del siglo XIX cuando, la necesidad de ofrecer albergue a la creciente población inmigrante, procedente de las zonas agrícolas, hace que muchas de las antiguas casas nobiliarias pasen a convertirse en el precedente más inmediato de las modernas casas de vecinos, habitadas por gentes humildes obligadas a malvivir hacinadas en cuchitriles compartiendo con la vecindad cocina, lavaderos, pozo y letrinas. Poco a poco, estas gentes humildes transformarán el patio en una sinfonía de colores, aromas y olores. Primero será el encalado de las paredes, luego llegarán las plantas y las flores: macetas con geranios, jazmines, rosas, gitanillas, claveles, damas de noche, aspidistras, helechos y un largo etcétera que transporta a tiempos pasados plenos de misterio y exotismo.

En la presente edición del festival y concurso de patios cordobeses aparece una nueva categoría, se trata de los denominados “patios conventuales”, pertenecientes a entidades o congregaciones religiosas, que aportan señas de identidad de la arquitectura religiosa de su época, son extraordinarios por su monumentalidad, por su forma o por su uso, o aportan una propuesta en el marco de la Fiesta de los Patios, que se valora interesante para el citado programa. Si echamos la vista atrás, según las respuestas generales del Catastro de Ensenada, hacia 1759 había en Córdoba 2.183 clérigos, distribuidos en 450 seculares y 1.733 regulares, 1.040 frailes y 693 monjas. El grupo de regulares estaba repartido en 18 conventos masculinos y 21 femeninos. En la presente edición se presentan a concurso cinco patios, cuatro pertenecen a órdenes religiosas: Estos recintos se caracterizan por su sobriedad, salvo el del convento de Santa Marta. El patio que entra en concurso es el que da acceso al convento, que cuenta con cinco interiores y data del siglo XVI. Destaca la magnífica portada de la iglesia realizada por Hernán Ruiz I y terminada en el año 1511, perteneciente al gótico tardío. En la actualidad, lo habitan sólo dos monjas profesas que lo habitan son ayudadas por la Hermandad de la Misericordia en el mantenimiento del patio, que realiza una labor encomiable. 

El monasterio de Santa Ana y San José data del 28 de junio de 1589, entonces ocupaba la sede cordobesa el Excmo. Sr. Obispo Francisco Pacheco y Córdoba, quien dio a las Carmelitas Descalzas, la Ermita de Santa Ana. El patio es un patio típico conventual, ampliamente espacioso, conservado y restaurado a lo largo de los siglos.

El patio convento de Santa Cruz El Convento de Santa Cruz proviene de la fundación realizada, en el siglo XV, por el caballero Pedro Gutiérrez de los Ríos y su mujer Teresa Zurita, sobre sus casas de la colación de San Pedro. Presenta la forma típica de los compases conventuales, distribuyéndose a su alrededor, además del templo, diversas estancias donde destaca el torno, por el que las ocho hermanas que lo habitan se comunican con el exterior. 

Patio de la iglesia del Juramento. Foto: PacoRomán

El colegio Nuestra Señora de la Piedad es el primer centro educativo de Córdoba dedicado a la enseñanza de la mujer, fundado en 1607 por el padre Cosme Muñoz. Tiene planta cuadrada, con dos alturas, la inferior abierta perimetralmente mediante galería corrida de arcos de medio punto y la superior con huecos rectangulares, enmarcados por pinturas murales de reciente restauración que subrayan su estética barroca. En el centro hay una pequeña fuente de mármol blanco y en cada uno de los extremos árboles frutales.

Por último, merece la pena destacar el patio de la iglesia del Juramento, construido en su factura actual entre 1796 y 1806, donde se conservan numerosas piezas antiguas, entre las que destaca una imagen de San Rafael cedida por el Marqués de la Vega Armijo, procedente del llamado Cortijo de los Frailes, que fue propiedad del Monasterio de San Jerónimo de Valparaíso.

Desde esta columna animamos a conocer estos auténticos remansos de paz, que invitan a la meditación sosegada, a la oración serena y el espíritu se eleva buscando a Dios.


Foto portada: Patio del convento de Santa Marta. Foto: PacoRomán