Acabamos de asistir a las exequias del 265 sucesor de Pedro, Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, 17 de diciembre de 1936 – Ciudad del Vaticano, 21 de abril de 2025). Si bien la noticia de su fallecimiento no era esperada, no por ello ha cogido por sorpresa, pues su delicado estado de salud hacía presagiar lo que finalmente ha ocurrido, quien escribe estas líneas dudaba de que sobreviviera a su estancia en el Gemelli de Roma, aunque su decidida entrega y vocación de sacrificio, le llevó a la plaza de San Pedro para regalar a la urbe de Roma y a todo el orbe cristiano, o no, su última bendición. Como reza en el título de esta columna, Francisco ha caído con las botas, esos zapatos desgastados, puestas.
Reconozco que este Papa ha tenido la gran virtualidad de no dejar indiferente a nadie; admito que no fue santo de mi devoción, aunque sinceramente, pienso, que esa fue su gran virtud, el no haber satisfecho a nadie. Los más conservadores lo tachan de anticristo, de enviado del demonio, de antipapa, de comunista, montonero y no sé cuántas cosas más y ninguna buena, habiendo quien, en un gesto de “amor cristiano”, ha celebrado su muerte con algún espumoso. Por su parte, los autodenominados progresistas, la izquierda reaccionaria de toda la vida, quienes reparten carnet de buenos y malos, si bien miran con buenos ojos su papado, ahí está el ejemplo de Pablo Iglesias defendiéndolo –me tiento la ropa-, consideran que, si bien ha dado pasos en lo que, para ellos, es la “buena dirección”, se ha quedado corto. Hay para todos los gustos.

A lo largo de estos doce años gobernando la barca del pescador, Francisco se ha caracterizado por su defensa de los últimos de los últimos, de lo que él denominaba la “periferia” de la sociedad, los más oprimidos por la pobreza. Defendió valores de justicia social sobre los intereses políticos o económicos que marcan el rumbo de la sociedad de la globalización. Ahí están sus actuaciones en defensa de los emigrantes, rechazando las consignas hostiles contra ellos, llegando a criticar abiertamente las políticas antiinmigración del presidente Trump; recordemos que él mismo era hijo de inmigrantes italianos a la, entonces, próspera Argentina. Por eso no es de extrañar que el primer viaje de su pontificado fuera para visitar la isla italiana de Lampedusa, cuando en ella se vivía una situación de auténtica catástrofe humanitaria.
Francisco apoyó una mayor inclusión de mujeres en la Iglesia Católica, fue el primero en nombrar a una mujer, Simona Brambilla, misionera de la consolata, para ocupar el puesto de prefecto del Dicasterio de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica y no sería esta su única medida adoptada al respecto.
Tuvo un trato acogedor con las personas LGBT, “La homosexualidad no es un delito”, afirmó, “si una persona es gay, ¿quién soy yo para juzgarla?”, dijo poco después de ser elegido sucesor del Pedro. Ello no le impidió declarar, aunque luego se disculpó, aquello de que “ya hay mucha mariconería dentro” de los seminarios, cuando se pronunció para justificar su ‘no’ al acceso de homosexuales a la formación sacerdotal.

También se ha caracterizado por su defensa del medio ambiente, «Laudato si’, mi’ Signore» – «Alabado seas, mi Señor», cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba». Con estas palabras comienza su encíclica “Laudato si”, donde Francisco asume la evidencia científica del cambio climático.
Su último gesto no deja insensible a nadie: una vez más, la última, acudió a la cárcel romana de Regina Coeli, para celebrar con ellos los oficios Jueves Santo, una tradición que cumplió desde el inicio de su pontificado. En medio, quedan tantos y tantos y tantos detalles, momentos y situaciones. Ahí queda lo sucedido con Sor Geneviève, la monja amiga del Papa que le acercó a los feriantes y homosexuales, que se ha colado en el velatorio y ha permanecido rezando junto al féretro durante siete minutos. O el padre Gabriel Romanelli, párroco de la única parroquia de Gaza, al que el Santo Padre llamaba, prácticamente, a diario para preguntarle sobre la situación del día a día de su feligresía, ¿habéis comido hoy? –era una de sus preguntas- durante la dura respuesta judía tras el criminal ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. O el caso de Emanuele, el niño de diez años que, en 2018, rompió a llorar ante Francisco cuando le dijo que su padre, recientemente fallecido, era ateo y quería saber si podía entrar en el Paraíso. La sensibilidad y el respeto mostrado por su Santidad, ralla lo sublime cuando le respondió: “Dios seguramente estaba orgulloso de tu padre, porque es más fácil, siendo creyente, bautizar a tus hijos que hacerlo cuando no se cree. Seguramente eso le agradó mucho a Dios”.
Por último, como cofrade, quiero referirme al jubileo de la Esperanza y a la presencia del Cachorro y la Esperanza de Málaga en la magna procesión prevista para el 17 de mayo próximo. Desde esta columna he puesto de manifiesto mi rotunda oposición a la abundancia de procesiones magnas que, a lo largo de toda la geografía hispana, especialmente en nuestra tierra, estamos padeciendo en los últimos tiempos. Sin embargo, la decisión de Francisco, de convocar, en el centro de la geografía católica, a dos de las advocaciones más arraigadas en nuestra tierra debe hacernos pensar. Desde luego podemos sentirnos orgullosos, porque algo estamos haciendo bien, lo cual no significa que haya que programar magnas como si no hubiera un mañana, se trata de repartir Esperanza a los cuatro vientos. Se trata de tener a los más necesitados como principal objetivo de nuestra acción cristiana. Se trata de que todos somos hijos de Dios y que todos tenemos, tienen, cabida.
Desde esta columna ruego a Dios para que acoja en su seno misericordioso a este hombre humilde, sencillo, párroco a pesar del oropel, cercano y humano, que se dejó la piel a girones en su pontificado, que no dudó en dejar corretear a los niños a su alrededor o que jugó con un perro en una audiencia general. Un hombre bueno en el sentido machadiano de la expresión. Un hombre de Dios en sentido evangélico. ¡Descanse en Paz! ¡Ruega por todos nosotros para que mantengamos la alegría!
Foto portada: Grafiti realizado por el Banksy de Roma en el que aparece el Papa Francisco como el Superman de los valores. Fuente: Consejo Pontificio de la Comunicación Social.





