Vivimos en estos días la celebración de las festividades litúrgicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos. El 1 de noviembre los cristianos miramos hacia el cielo. Es el día en el que se homenajea a todos los santos, conocidos y desconocidos. «A los que están en los altares y a tantos y tantos cristianos que después de una vida según el evangelio participan de la felicidad eterna del cielo…», podemos leer en la página oficial de la Conferencia Episcopal Española. Son nuestros intercesores y nuestros modelos de vida cristiana. Originariamente, la Iglesia primitiva acostumbraba a celebrar el aniversario de la muerte de uno o varios mártires en el lugar donde derramaron su sangre por Cristo, sin embargo, con la persecución de Diocleciano iniciada en 303, el número de mártires llegó a ser tan grande, que la Iglesia, creyendo que cada mártir debía ser venerado, señaló un día en común para todos, siendo este el origen de la celebración. Por su parte, el 2 de noviembre, la Iglesia recuerda a los Fieles Difuntos, con la finalidad de orar por las almas de quienes, habiendo acabado su vida terrenal, se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio, como paso previo a disfrutar eternamente de la presencia misericordiosa de Dios.

Es verdad que las floristerías, que hacen su particular agosto en estas fechas, lucen plenas de esplendor, de colorido y aromas preparando la gran venta que se realizará en estos días, cuando los cementerios ‘viven’ su propia ‘primavera’, cubriéndose las lápidas de nichos y tumbas con ramos y coronas multicolores, ofrenda a los que ya se fueron y premonición de la futura resurrección. Sin embargo, en nuestras calles, lo único que nos habla del tiempo que vivimos es la proliferación de esas extravagantes calabazas, convertidas en farolillos de aspecto macabro, la instalación de falsas telarañas en escaparates e interiores de establecimientos, la colocación de repulsivos muñecos y falsas calaveras, así como la promoción de numerosos adminículos que tienen como finalidad, ¡asustar! ‘¡Truco o trato!’ ¡Menuda estupidez! La festividad tradicional con sus misas de difuntos y visita a los cementerios, adobadas con las típicas gachas, huesos de santo y castañas asadas, ha sido sustituida por un sucedáneo diabólico y satánico, especialmente dirigido a los más pequeños, que no exalta la vida, el recuerdo de los que se fueron y la esperanza en la resurrección, sino que pone de relieve lo que la ignorancia y simpleza dominantes promueven: el culto a la muerte, comenzando por el mal llamado ‘derecho al aborto’, esto es, el asesinato, sin más, del inocente indefenso; continuando con el ‘derecho a una muerte digna’, forma eufemística de llamar a la eliminación de quienes ya estorban; hasta llegar a la exposición y promoción de los aspectos más macabros y sombríos de la muerte, propios del cine gore o splatter y que, por mucho que quieran parecerse, nada tienen que ver con los altares de muertos propios de la cultura mexicana, en los que se trata de recordar en familia, detalle fundamental de la celebración, la vida de los ascendientes que ya han abandonado este mundo. El altar de muertos u ofrenda a los difuntos, es el corazón físico de la celebración. Es una muestra de amor y respeto hacia los fallecidos, que, lejos de ser un evento sombrío, es una celebración llena de color, misticismo y alegría, que hunde sus raíces en los altares dedicados a las deidades prehispánicas y que, con la llegada de los españoles, acabó fusionado con el cristianismo, convirtiéndose en un puente espiritual para guiar a las almas de regreso a sus hogares. Cada elemento del altar tiene un significado profundo y una función específica para el alma que retorna, así el mantel blanco simboliza la pureza del alma y la alegría para recibir a los difuntos. Las fotografías de los fallecidos no necesitan explicación. El incienso o el copal en todas las culturas tiene una finalidad purificadora y sirve como guía olfativa para las almas. El papel picado formando guirnaldas multicolores representa el aire y la fragilidad de la vida. La presencia de vasos de agua, además de hablar de pureza, son una ofrenda para calmar la sed de las almas tras su largo viaje desde el más allá. Un camino de velas, conocido como veladoras, representa el fuego y la luz que actúan como guías para las almas que regresan. Siempre se incluyen las comidas y bebidas favoritas de los difuntos como muestra de respeto y cariño. Nunca falta la flor de cempasúchil, conocida como «flor de veinte pétalos», de intenso color naranja, con la que se crean caminos desde la entrada de la casa hasta el altar. El llamado pan de muertos, dulces con formas de huesos, representación del esqueleto de los difuntos, constituye un elemento fundamental. Y, por último y no menos importante, las calaveritas de azúcar, antiguamente eran cráneos reales, que representan al difunto, así como la aceptación de la muerte como elemento fundamental en el ciclo de la vida. En consecuencia, es una festividad donde las familias se reúnen para honrar y recordar a sus seres queridos que han partido. Como podemos comprobar, nada que ver el modo de entender y celebrar estos días con la bazofia intelectual y emocional que nos vende la sociedad del consumo globalizado, donde lo importante es el negocio. Curiosamente, este año estamos asistiendo en la cuna de toda esta cultura vacía, inane, líquida e inconsistente, en los Estados Unidos del Sr. Trump y antecesores, al hecho de que los turrones se han sobrepuesto a las castañas o, dicho de otro modo, ante el miedo al desabastecimiento que puede provocar la alocada política arancelaria trumpista, se están adelantando las compras navideñas, por lo que las calabazas, los esqueletos, monstruos y ectoplasmas conviven en estas fechas con abetos, muñecos de nieve, renos, elfos y el inefable Papa Noel vestido de rojo, originariamente era de verde, impuesto por la Coca Cola, marca símbolo, como pocos, del capitalismo global.

Frente a este dislate, que parece dirigido a revirados, inadaptados sociales o a niños sicópatas, desde 2002, la Iglesia francesa propuso la celebración en los colegios de Hollywins (la santidad gana), buscando devolver la esencia religiosa a esta festividad. Del país galo pasó a España y desde aquí a la América hispana y consiste en invitar a los niños y adolescentes católicos a disfrazarse, pero en lugar de lucir como fantasmas, brujas o vampiros, pueden elegir entre su santo favorito o personaje religioso que más les guste, además de participar en otras actividades, como juegos o charlas de índole religiosa.

Foto portada: La Hermandad del Remedio de Ánimas recuerda de forma magistral a los fieles difuntos, con una presentación impecable, plena de imágenes catequéticas, tanto en el modo de entronizar a sus sagrados Titulares en sus respectivos pasos, como en los altares alegóricos donde les rinden culto. Foto: Paco Román
Entrevista | Lázaro Mata: «Respetar a los grandes maestros no significa hacer imágenes que parezcan antiguas»
Galería | La Virgen de la Merced bajo palio
El Cristo de la Buena Muerte de Jaén saldrá en procesión extraordinaria por el centenario de la Hermandad
La Cena de Huelva aprueba por unanimidad el proyecto de su futuro manto procesional para la Virgen del Rosario
La Hermandad de la Defensión formaliza la cesión de su nueva Casa de Hermandad por un periodo de 30 años
Enrique Barrero Rodríguez, pregonero de la Semana Santa de Sevilla 2027
Córdoba, presente en el Congreso Internacional Carmelitano de Gibraleón
La Divina Pastora regresará a las calles de Carmona el próximo 10 de octubre
Santa María del Buen Aire recorrerá este sábado las calles de su feligresía
La Columna de Alcalá de los Gazules incorpora la marcha «Lágrimas de Alcalá» a su patrimonio musical
La Aurora del Albayzín presentará las nuevas bambalinas de su paso de palio, diseñadas por Francisco Javier Sánchez de los Reyes
Leopoldina Valdemoro y Chiqui Muñoz anunciarán con pintura y palabra la Semana Santa de Vélez-Málaga de 2027
El Consejo de Hermandades participa en el solemne izado de la Bandera Nacional en Capitanía General
Este es el itinerario de la salida extraordinaria de San Francisco por las calles de Córdoba por el VIII Centenario de su Tránsito 




