En una columna publicada en esta misma sección, al referirnos al nomenclátor de nuestra ciudad, aunque es válido para cualquier otra población, por muy pequeña que sea, afirmábamos que las calles o, para ser más exactos, sus nombres, constituyen una fuente de información que permite potenciar el conocimiento del rico patrimonio histórico y cultural que la ciudad de Córdoba atesora, lo que hace que el nomenclátor de nuestra ciudad se convierta en una especie de libro virtual y es por ello que en esta ocasión queremos recordar a tres insignes cordobeses, bien de nacimiento, bien por adopción, que dejaron profunda huella de su paso por este mundo.
El Magistral
Don Manuel González Francés (Cuenca 1844 – Córdoba 1901) A los ocho años ingresó en el Seminario Conciliar de San Julián de su ciudad natal. Debido a su precocidad, siendo colegial todavía desempeña la cátedra de diferentes materias. Es ordenado sacerdote en Cuenca, el 28 de septiembre de 1864. En febrero de 1869 accede, mediante oposición, a la canonjía de Magistral de la Catedral de Córdoba cuando contaba 27 años. En su época fue conocido como «El Magistral» a secas, lo que nos da idea de su talla intelectual, por lo que no es de extrañar que fuera considerado el mejor orador de Córdoba del siglo XIX. Doctor en Teología y Licenciado en Derecho Canónico, ocupó un cargo de Catedrático en el Seminario de San Pelagio. En 1886 fue nombrado Académico de la Real Academia de Córdoba. Fue además el primer director de la revista católica La Tradición. Fundó las escuelas Asilo de Infancia, entre las que se incluye el Colegio de la Milagrosa, cuya fundación como «Escuela de la Infancia» data de 1899. Es autor de sendas publicaciones dedicadas a la figura de Luis de Góngora y de otra titulada «La Virgen de la Fuensanta: Datos históricos acerca de la Milagrosa Imagen, su Santuario y culto, recogidos y ordenados», publicado por la Imprenta y Librería del «Diario» en 1898. Falleció el 31 de enero de 1901 y está enterrado en el panteón de capitulares catedralicios del Cementerio de Nuestra Señora de la Salud. A su muerte el consistorio decidió dedicarle una calle cordobesa en el barrio de la Catedral, eligiendo para ello la que, hasta la fecha, era conocida como calle de la Grada redonda, en alusión al andén que rodea el perímetro del templo catedralicio.

Agustín Moreno
Agustín Moreno y Ramírez, nace en Córdoba el 20 de mayo de 1810 y muere el 28 de junio de 1883. Se inicia en la vida religiosa profesando en el convento de San Agustín, de la mano de su tío, fray Antonio López, que había sido prior del cenobio. El 25 de julio de 1835 el gobierno del conde de Toreno aprobó la Real Orden de Exclaustración Eclesiástica, por la que se suprimían todos los conventos en los que no hubiera al menos doce religiosos profesos, como consecuencia de esta disposición, abandona los agustinos para ingresar en el clero secular. Tras pasar por Montemayor y Gibraltar, vuelve a nuestra ciudad, donde centra su labor pastoral en dos actividades bien distintas: la creación y dirección del Asilo de Mendicidad, inaugurado el 14 de mayo de 1864 por el alcalde Don José Ramón de Hoces; sin retribución alguna y dando continuos ejemplos de caridad y de un celo digno de imitar. Un año antes, en 1863, es elegido hermano mayor de la hermandad de Nuestra Señora de las Angustias, cargo en el que permanecerá durante veinte años, logrando sanear su maltrecha economía.
Fue una de las figuras cordobesas más notables del siglo XIX y fue también un apreciable escritor, siendo autor, entre otras, de la “Breve historia de la hermandad de las Angustias de la Sacratísima Virgen María”, publicada en 1866. En su reconocimiento se rotuló con su nombre la antigua calle del Sol, conocida popularmente como «Santiago» por encontrarse en ella la parroquia fernandina de tal advocación.

Alonso Gómez de Sandoval
Alonso Gómez de Sandoval está considerado como la gran figura del barroco cordobés del ochocientos. Nació en Córdoba, el año 1713 e ingresó como novicio en el convento de los Padre de Gracia. Solía pasar gran parte de su tiempo haciendo dibujos en las paredes del convento hasta que un día, el obispo, informado de su atracción por el arte, lo mandó a llamar para que estudiara y se convirtiera en un buen escultor. Al propio tiempo, dándose cuenta de su falta de vocación sacerdotal, le hizo que abandonara el convento. Gómez de Sandoval dejó en Córdoba la mayor parte de sus obras: los cuatro Evangelistas de la parroquia de los Padres de Gracia, la Virgen de la Luz de Santa Marina, y la Virgen de la Aurora que pertenecía a la ermita del mismo nombre, hoy custodiada en el templo de San Francisco. También trabajó en Fernán Núñez, aunque su obra más famosa es el San Rafael de la Iglesia del Juramento, realizado en 1735 y retocado por el propio artista en 1795, renovándolo casi en su totalidad. Otra gran obra de Gómez de Sandoval fue la decoración del antiguo convento de la Merced, donde realizó el retablo mayor y los laterales. En 1772 reformó la capilla e hizo el ático del retablo de la V.O.T. de San Francisco. Gómez de Sandoval esculpió gran parte de sus obras sometido a la estética rococó, pero al final de su producción lo vemos siendo soporte de ideas clasicistas y académicas. En los últimos años de su vida recibió la ayuda de su hijo Manuel, también escultor, de quien se piensa que puede ser el autor del San Rafael del templo franciscano de Córdoba, imagen que realizó en 1795. Murió en 1801. El Ayuntamiento de la ciudad instaló una placa en la calle Céspedes, en la fachada de la casa donde falleció y, en la que, según reza en la inscripción, llevó a cabo la restauración de San Rafael en el citado año de 1795.






