Una semana después del tercer día, los nervios más calmados tras la convulsión vivida en las jornadas precedentes, Jerusalén se desperezaba lentamente, rumiando todavía los acontecimientos, queriendo digerir el cúmulo de sucesos que habían estremecido hasta los cimientos del templo de Salomón. Por si eso fuera poco el anuncio de la resurrección de Cristo chirriaba, tanto para el nacionalismo autocrático de los judíos, como con el pragmatismo y el racionalismo exacerbado de las autoridades romanas que, incluso, llegaron a publicar un bando amenazando de muerte a quien osara profanar las tumbas, especialmente de los fallecidos recientemente, queriendo tapar de este modo lo que para ellos había sido un fallo imperdonable de los guardias que custodiaban el sepulcro.

Mientras tanto, en el Cenáculo, después de las primeras horas, de los primeros días de pánico e incertidumbre, poco a poco, la vida se iba rehaciendo; la primera visita de Jesús había insuflado ánimos y, sobre todo, habían sido perdonados por su cobardía, aunque seguían guardando toda suerte de precauciones para no despertar las iras de las autoridades religiosas judías y, mucho menos, llamar la atención de las fuerzas de ocupación, siempre dispuestas a sacudir sus gladios contra las poblaciones sojuzgadas y muy especialmente contra la población hebrea, siempre díscola y levantisca. En este ambiente de permanente vigía, cuando los Apóstoles tenían que abandonar la seguridad y el calor de aquel recinto, lo hacían como conejos que se sienten vigilados por la rapaz. Por esta razón, cuando aquella mañana, Juan, el Discípulo Amado, fue interpelado con un bronco y atronador: “¡detente, galileo!”, su mundo se derrumbó en un instante. Un sudor frío, muy similar al que preludia la muerte, se adueñó de todo su cuerpo. Incapaz de reaccionar, de pensar e, incluso, de articular palabra, detuvo sus pasos inseguros y se encontró a punto del desmayo. Se encontraba ante un contubernio de la guardia romana, integrado por ocho hombres que, por su semblante, parecían de origen siríaco, enemigos de los judíos; por su indumentaria, no portaban ni pilum ni scutum, aunque sí sus características loricas segmentas, casco incluido, y sus inseparables gladios, debían de disfrutar de unos días de permiso, pues, además se comportaban de forma displicente, relajada y hasta se les veía un tanto achispados, después de haber trasegado infinidad de jarras de vino peleón, aunque sus miradas seguían siendo hoscas, desafiantes, despreciativas y chulescas, propias de quienes piensan que son el ombligo del mundo. Aquella visión le pareció la muralla que protegía la ciudad. Al frente se encontraba un legionario de más edad, el que lo había interpelado, barba de varios días; su cara aparecía surcada por una gran cicatriz que la recorría en diagonal, provocándole en la boca un rictus a caballo entre la sonrisa, el desprecio y el asco. Aquella apariencia, ya repulsiva de por sí, se veía completada con un gran hueco negro ocupando el lugar donde, en tiempos mejores, lució una espléndida dentadura.

Tras unos segundos titubeantes, la mirada fría y calculadora del romano se clavó en la expresión temerosa y huidiza de Juan, que no se atrevía a mirarlo con fijeza, por temor a una reacción airada del mílite. Sin embargo, un breve destello de humanidad surcó la faz del soldado. Era el exactor mortis, el centurión encargado de llevas a cabo los ajusticiamientos de aquel amargo día. Su lorica scamata, armadura de escamas de metal; sus torquex, pulseras de metal que indicaban su rango, así como las phalerae, discos ornamentales de metal utilizados en las armaduras como condecoración militar al valor. Lo recordaba, ambos se reconocieron. La cara de Juan se había quedado clavada en un corazón de roca, acostumbrado a infringir los más duros castigos sin sentir la más mínima conmiseración, pero sin embargo tenía grabada su cara con toda claridad, porque él había tenido el dudoso honor de llevar a cabo el suplicio del Galileo y lo había visto siguiendo discretamente la comitiva de la muerte y, luego, en el Gólgota, donde tendría lugar la crucifixión. Pue había sido él quien, a grandes risotadas y soltando todo tipo de improperios y blasfemias, se había regodeado del Galileo durante la flagelación, fue él quien lo llevó hasta la extenuación durante el horrible recorrido hasta el monte de la calavera y también fue él quien se encargó de que sus hombres lo clavaran en el madero que, a duras penas, había arrastrado hasta aquel lugar de muerte y odio. Lo recordaba a los pies de la cruz, en aquel terrible trance, sosteniendo a la Madre del ajusticiado del que ni siquiera sabía el nombre. Un escalofrío recorría su cuerpo, cuando rememoraba la furia con que la naturaleza había reaccionado una vez consumada la ejecución. Aquella atronadora y devastadora tormenta, el azote de la lluvia, la fuerza del viento y, sobre todo, aquel estremecedor seísmo que a punto estuvo de acabar con la capital de los judíos, y que había rasgado en dos el velo o parochet, la colosal cortina del templo de Jerusalén. Sin embargo, había algo que lo atormentaba, especialmente en las noches de aquella Galilea ardiente y reseca que impedían conciliar el sueño: el recuerdo de la mirada serena, dulce, compasiva, llena de amor, a pesar del sufrimiento, de aquel desdichado que tan sólo había cometido el “delito” de declarase Hijo de Dios. Por eso y porque había oído rumores acerca de la presunta resurrección de aquel hombre, el encuentro con Juan tuvo efectos balsámicos sobre su mente racionalista y, muy especialmente, en lo más profundo y recóndito de su despiadado e imperturbable corazón. Anhelaba, como si en ello le fuera la vida, que aquello fuera algo más que un rumor de mentes calenturientas y exaltadas. Necesitaba, casi imploraba, noticias ciertas que confirmaran que aquel Nazareno estaba real y verdaderamente vivo, porque, en lo más profundo de sus entrañas, sabía que no merecía aquel atroz suplicio. Sus miradas se entrecruzaron, ahora era él quien, suplicante, tornaba sus ojos, mientras que Juan, interpretando aquella expresión interrogante, lo consolaba con un simple pestañeo que resultó ser una auténtica declaración de amor al prójimo, que lo absorbía. No intercambiaron palabras, no fue necesario. Una inclinación de cabeza y cada cual siguió su camino. Pero algo había cambiado, una extraña e inexplicable sensación de paz se apoderó de su alma. El Espíritu de Jesús Resucitado estaba anidando en el alma de aquel centurión romano, que era conocido por Longinos.
Foto portada: El Apóstol San Juan de la Hermandad de la Cena de Sevilla. Foto: PacoRomán





