La revirá | Desinformación

Lo que ya se venía advirtiendo desde hace tiempo ha terminado por suceder con una previsibilidad casi quirúrgica. La campaña en los medios comprados a base de dinero institucional ha comenzado a bullir, desplegando un relato dirigido que pretende presentar como virtud lo que no es sino un texto plagado de carencias y contradicciones. No se trata de una sospecha infundada: consta que se ha activado una operación de captación de adeptos, orientada a que determinados interlocutores difundan en sus entornos más próximos las supuestas bondades del Reglamento, en un intento evidente de contrarrestar la evidencia. Porque, en el fondo, esta campaña de desinformación deja al descubierto dos realidades incontestables: por un lado, que están dispuestos a hacer lo que haga falta con tal de ganar esta guerra; por otro, que no las tienen todas consigo, y que la respuesta que se está articulando en distintos ámbitos frente a este marco normativo intervencionista y dictatorial está causando efecto. De ahí la necesidad de activar todos los resortes posibles para neutralizar una contestación creciente que ya no puede ser ignorada.

En paralelo, la estrategia se completa con la presencia en determinados espacios de bufones y estómagos agradecidos, viejos conocidos del panorama, perros falderos que llevan años ladrando al ritmo que marca el amo y que ahora asumen la tarea de atacar a la Agrupación para justificar lo injustificable. Que los compre quien no los conozca. Su papel es tan evidente como reiterativo: actuar como altavoces de conveniencia, revestidos de una supuesta autoridad que no resiste el más mínimo análisis. Y, sin embargo, en medio de este ruido perfectamente orquestado, hay un silencio que resulta aún más revelador: ya nadie habla de las salidas extraordinarias. Aquello que se esgrimía como argumento central ha desaparecido del discurso con la misma rapidez con la que fue introducido, porque ha quedado claro que no era más que una excusa barata, un pretexto para enmascarar el verdadero objetivo de todo este proceso: el control efectivo de las hermandades. La realidad se ha impuesto con crudeza, dejando en evidencia que el pueblo cofrade no es ingenuo y que no era tan sencillo engañar a quienes llevan toda una vida sosteniendo este mundo.

Mientras tanto, los cofrades honestos, los que siguen trabajando en silencio por sus hermandades sin obtener más beneficio que el del bien común, contemplan con una mezcla de estupor y hastío este escenario en el que la propaganda sustituye al argumento. Frente a ellos, se alza una narrativa construida a base de palabras bonitas y sonrisas falsas, diseñada para hacer creer que todo responde a un supuesto interés superior, cuando en realidad se trata de rellenar huecos normativos con futuras decisiones emanadas de un gobierno paralelo que nadie ha elegido. La operación no es nueva, pero sí lo es la intensidad con la que se está ejecutando, como si se diera por hecho que el conjunto del mundo cofrade es una masa dócil, incapaz de discernir entre el discurso y la realidad.

Llegados a este punto, la cuestión deja de ser un debate técnico para convertirse en un dilema de fondo. Se ha instalado la idea de que los cofrades somos poco menos que borreguitos sumisos, dispuestos a aceptar cualquier imposición siempre que venga envuelta en un lenguaje amable. Pero la historia demuestra exactamente lo contrario. Ante este escenario, no caben posiciones intermedias: o se opta por levantarse y defender la libertad que siempre ha definido a las hermandades, o se asume la claudicación definitiva ante un modelo que aspira a vaciarlas de contenido. Porque, en última instancia, la palabra sigue siendo nuestra, y solo de nosotros depende que continúe siéndolo.