Ha vuelto a suceder, como ocurre cada 5 de enero, la víspera de la noche más hermosa. En las horas previas en las que el anhelo profundamente dormido de niños y mayores, descansa con la ilusión depositada en el alba, Sus Majestades los Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, recorrieron triunfantes las calles de la ciudad de Córdoba entre la algarabía y las miradas ilusionadas de miles de niños que se agolparon a su paso, superando la incertidumbre y el desasosiego que se había instalado en el corazón de muchos cordobeses que temieron quedarse sin cabalgata como ocurriese hace un par de años. La magia de los Reyes se ha erigido en triunfadora absoluta de la tarde, venciendo a la Aemet que ha vuelto a demostrar, una vez más, su absoluta incompetencia a la hora de pronosticar absolutamente nada.

Con un cortejo sensiblemente más reducido que en años anteriores – 14 carrozas es un número manifiestamente mejorable para una ciudad que se encuentra entre las doce más pobladas de España – , con carrozas dignas, y pare usted de contar, y con una presentación indiscutiblemente escasa de caramelos y similares, al menos en determinadas partes del recorrido, lo que provocó las quejas del respetable, los participantes en la Cabalgata, que nada de culpa tienen en la escasez mencionada, se esforzaron por trasmitir la alegría que desbordaba su presencia entre el numeroso público asistente que no quiso faltar a su cita con los Magos de Oriente, a pesar de que la tarde no se presentaba tan confortable como cuando el sol brilla con las misma intensidad que brillan los ojos de los más pequeños. Fueron ellos, los niños y los participantes en el cortejo, lo mejor de una tarde que a priori y, a resultas de la inestabilidad climatológica, había presentado pocas expectativas.
El cortejo, como siempre, se puso en marcha en la Plaza de Santa Teresa, a eso de las cuatro y media de la tarde, precedido por una representación a caballo de la Policía Municipal, para avanzar a ritmo más intenso de lo habitual camino del centro de la ciudad, donde se desbordó el entusiasmo, particularmente, como es habitual, al paso por Ronda de los Tejares, donde hicieron su aparición los fuegos artificiales al paso de cada una de sus Majestades.
El sonido de las bandas, la Agrupación Musical Cristo del Amor y la Banda de Cornetas y Tambores Coronación de Espinas, que participaron en el evento y amenizaron todo el itinerario con multitud de piezas cargadas de sabor infantil y navideño que se convirtieron en corriente de transmisión de la inabarcable felicidad que latía a su alrededor, se entremezclaba con el griterío y en ocasiones el canturreo de los espectadores que repetían una y otra que venían los Reyes Magos para mutar en ilusión colectiva la insatisfacción previa de quienes constatan, año tras año, cómo la Cabalgata de Córdoba sigue sin remontar el vuelo. Una desazón que se multiplica cuando se realiza un ejercicio comparativo con ciudades de nuestro entorno. No obstante, es de justicia alabar la gestión de los tiempos que ha realizado, en esta ocasión el ayuntamiento de Córdoba, ya veremos si es un precedente para otras. La lluvia no ha aparecido hasta que el cortejo se adentraba en Agrupación Córdoba por lo que, en este sentido, el consistorio ha acertado.
Aún así, a grandes rasgos, la Cabalgata de 2018, como ocurriese en 2017, obtuvo un aprobado raspado, siendo muy generosos, sin más cohetes que los que se lanzaron en Ronda de los Tejares. Un aprobado raspado porque somos muchos los que pensamos que Córdoba merece más, muchísimo más. Tal vez sea porque pensamos que tenemos mucha más categoría como ciudad que la que algunos nos pretenden otorgar o la que nos empeñamos en demostrar, o tal sea al contrario, que algunos de los que nos mandan crean que valemos menos de lo que valemos. Sea como fuere, los Reyes llegaron, triunfaron, llenaron los rincones de ilusión, esperanza y regalos y volvieron a descansar antes de comenzar su ingente tarea y más tarde regresar a su hogar, probablemente para comenzar a observar a Córdoba desde la distancia y evaluar si el año que viene nos merecemos un poquito más de lo recibido, o quizá un buen puñado de carbón.





