Rocío del cielo

Ya están las marismas de fiesta y revueltas las arenas ante su Blanca Paloma. El Rocío ha despertado con esa fuerza que solo Almonte disfruta con honroso privilegio. Sus hijos, unidos y dispersos por el mapa, se reúnen una vez más para celebrar la fe y acrecentar su vida con la vida misma. Y todo bajo el marco de Pentecostés, aquel día hace dos mil años en que el Espíritu Santo se posó sobre los apóstoles y la Virgen María.

La devoción andaluza tiene una energía especial que muchas veces es difícil de entender, pues en ella se entremezcla tanto lo sagrado como lo profano. Pero en verdad la apreciación anterior se fundamenta en un grave error de base. En efecto, nuestras devociones, si bien cogen elementos de diversos orígenes, terminan sacralizándolos y dándoles un valor muy superior al de su origen. En el Rocío se percibe esto bastante bien, ya que cualquier acción, por nimia que parezca, no deja de ser un acto de amor dirigido a la Virgen.

Además, dichos actos que en principio tienen como destinataria a María, acaban reposando a los pies del Señor; lo cual entendemos perfectamente al contemplar con atención la propia efigie de la Virgen del Rocío. Nuestra Señora, ya revestida de sol, ya ataviada de pastora, mantiene siempre un mismo «elemento» inalterable: la imagen del Niño Jesús, muy pequeño, que se antepone a la propia Madre por su propia voluntad insoslayable. En la Virgen del Rocío vemos representado aquel sí que dio María y comprendemos cuál tiene que ser el centro de nuestra vida: Jesús, que es sacramento de Dios para Salvación de los hombres y gozo de nuestras almas.

Como he dicho anteriormente, nuestras devociones tienen esa potestad genuina de transformar lo profano en sagrado, otorgándoles así un nuevo sentido que sea acorde con el Evangelio. Y este hecho se constituye en un deber inexcusable de todos los cristianos, puesto que de lo contrario nuestra devoción solo sería un catálogo de supersticiones, costumbrismos, vacuidades y vanidades. Por tanto, todo tiene que ser Cristo en nuestra realidad, colectiva por compartirla con los demás e individual por imbricarse en la conversión de cada uno..

Y todo, ¡cómo no!, según el maravilloso ejemplo de María, nuestro Rocío del cielo que nos enseña a orar con confianza y a perseverar, del mismo modo que ella lo hizo y que ahora hace en el cielo. María nos invita a sostener a Jesús como ella, recordándonos también que ella fue sostenida por Dios cuando la eligió. Puede parecer paradójico que quien lleva al Niño sea a su vez llevada por él, pero en verdad tiene muchísimo sentido. Ocurre lo mismo cuando los rocieros portan a la Madre entre el gentío. En este caso, ¿quién lleva a quién: los hijos a la Madre o la Madre a los hijos? Sin duda, ambas formas son válidas por una razón: las dos se fundamentan en la fe incondicional ante la fidelidad de Dios.