Todo el que fue a igualar en los 70, 80 u 90 lo sabe y aprecia la diferencia, entre el asombro, la alegría y el espanto. Tres sensaciones que se pueden producir a partes iguales al contemplar una igualá.
Y digo contemplar, porque en el mundo en que nos ha tocado vivir, como en pleno fragor de un partido de fútbol, lo mejor es observar hasta que, entre la prisa y la presión alta, alguien pone la pausa y hace la jugada adecuada.
Ese arte lo dominaron muchos jugadores -y algún que otro capataz- que ejercían de faro de sus respectivos equipos -y de sus cuadrillas-. Era como una ruptura en el espacio-tiempo, que ya apenas se observa y no se puede disfrutar. De hecho, cuando sucede, hay que poner en alerta a la memoria para que no se deje atrás ni un solo detalle.
Y que no pasa lo constatamos hace tan solo unos días con la igualá de La Macarena. Con sus siete centenas de costaleros inscritos, setecientos, 700 Antonio Santiago se convirtió -por lo corto- en siete capataces en uno.
Todo un hito en un tiempo en el que la cifra, el exceso se aplauden o se admiran o ambas cosas. Esto mientras un buen número de costaleros perdía supuestamente el sitio, para que se cumpliera aquello de a grandes males, grandes remedios.
Puede que, como señalan algunas voces, haya que aguardar a la crítica -si es que se merece- a cuando pase la Madrugada y se vean los resultados. Pero la conclusión es ya y la hipérbole ya está en marcha.





