Debemos entender por nictémero algo semejante a efímero. Y es que muchos de nosotros creemos, de forma errónea, que el costal es garantía de permanencia, como si fuese una escritura de propiedad de nuestro sitio, y más aún si está acreditado con una papeleta de sitio y el pago de la cuota anual de hermano. La verdad es que no hay nada más alejado de la cruda realidad.
Ahí es donde las cosas se enredaron en las hermandades: al querer, quizás erróneamente, que el costalero sea obligatoriamente hermano, olvidando que muchos de ellos repiten en algunas que otras hermandades. Y aunque ese ingreso supone un beneficio económico para la corporación, también puede convertirse en un elemento que se vuelva en contra. No es necesario profundizar demasiado en esto que muchos hemos padecido: hermandades donde la cuadrilla ha volteado un cabildo de elecciones, facilitando la entrada de nefastos elementos, con el consiguiente daño a la entidad, a la nómina de hermanos y a la evolución de la cofradía.
El costalero debe ser efímero. Hay cofradías que nombran al capataz solo para la salida procesional y que, al regresar y nada más pasar el dintel, queda relevado de su obligación, pudiendo o no ser nombrado para la siguiente salida. Creo que, en el caso de los costaleros, debería ocurrir algo parecido. O, mejor aún, que realizaran su trabajo como “oblatos”: oblatos en el sentido benedictino del término, seglares con hábito que asistían a la orden como sirvientes y que, evidentemente, no formaban parte de ella; solo servían.
Así debería entenderse el cargo del capataz, pero también el de los costaleros: ambos como oblatos, con voz y sin voto, al menos mientras ejercen sus cargos y obligaciones en esos puestos concretos.
Ahora las redes arden. Un capataz ha prescindido de buena parte de la cuadrilla, como si fuera la primera vez que vemos algo así. Unas veces por venganza; otras, por imperativo de la junta, que quiere eliminar sectores o personas críticas, no vaya a ser que…; otras, sencillamente, porque no formas parte del clan cortijero que dispone y gobierna lo que creen que es su cortijo. Las causas pueden ser muchas y variadas, pero todas van unidas a lo efímero del puesto.
El costalero y el capataz deben ser efímeros. La historia nos lo ha demostrado con miles de ejemplos: capataces cambiados por los motivos más peregrinos o por causas más que justificadas. Muchos costaleros marcharon con él: los que son de un capataz. Los que son de la hermandad se quedan, pero deben ser conscientes de que quizá el nuevo capataz prescinda de ellos por “cuestiones técnicas”, por “falta de confianza” o porque “el color de tu pelo no hace juego con la estética de la cuadrilla”.
¿Que no hay razón que justifique esta masacre de costaleros? Claro. Como muchas veces tampoco la hay para eliminar al capataz: solo un “capricho” del que manda. Y cuando llega el capataz nuevo, también trae consigo sus propios “caprichos”.
Pero el trabajo del costalero oblato debe estar regido por el mismo lema benedictino: Ora et Labora, y por la obediencia. Quizás así, cuando llegue un capataz de segunda vuelta, no formes parte de una venganza… y quizá sí de la cuadrilla.





