Todo a una carta

El nazareno comienza a recorrer nuevas calles. Calles que se presumían nuevas pero que no dejan de ser muy parecidas a las ya transitadas… y a las que quedan por transitar. Todo sigue igual: el andar sigue siendo pausado, con paradas a cada poco tiempo; las calles sigue con sus mismos claros y sombras; y la gente… ay la gente. La gente de estas nuevas calles parecía más ilusionada con la llegada de la procesión, pero el nazareno comprueba que tienen las mismas ganas, ilusiones y decepciones que las gentes de las calles anteriores. ¿Por qué pensábamos que, por el simple hecho de cambiar de calles, todo iba a ser distinto? O dicho de otra manera, ¿por qué estábamos convencidos de que, por el simple hecho de cambiarle el número al calendario, todo iba a ser distinto? Así, de una calle a otra, de un día para otro.

La realidad es que, al igual que las calles limítrofes de un barrio se entremezclan con las del barrio contiguo, los días últimos del pasado año son exactamente iguales a los primeros días de este esperado nuevo año, al que he llamado en alguna ocasión 2020 segunda parte.

Y estos primeros días de enero ya nos han traído las distintas confirmaciones de lo que se atisbaba, y que no queríamos creer, en los días postreros del año que se marchó.

Y, por desgracia, la Cuaresma y la Semana Santa no pueden moverse en el calendario ni pueden pedirse dispensas especiales pontificias (léase prolongaciones de años jubilares o de Años Santos Jacobeos). A falta exactamente de un mes para el Miércoles de Ceniza, el reloj corre en contra de los anhelos cofrades más externos y populares. Y cuando ya se ven llegar tiempos de Quinarios y Triduos, Besapiés y Besamanos, Cultos y Vía Crucis, sentimos que no da tiempo a soluciones soñadas; soluciones que nos devolviesen a tiempos pasados, cada día más lejanos, y no por ello no deseados.

En estos días hemos ido viendo cómo las Diócesis de algunas capitales andaluzas han ido emitiendo anuncios y decretos de suspensión de cualquier acto de culto externo para la próxima Semana Santa. Anuncios que han tenido su origen en el correspondiente Palacio Diocesano, único lugar del que deben salir estas nuevas.

Y también hemos podido ir descubriendo propuestas más o menos acertadas, peregrinas o voluntariosas de opciones sustitutivas a la salida procesional con celebraciones litúrgicas u otro tipo de actos para el día correspondiente.

Para todo aquel cofrade que ha ido paseando en sus redes sociales la manida frase «la Esperanza es lo último que se pierde», acompañada de fotografías de las Esperanzas de las Hermandades de Sevilla (no he visto muchas imágenes de la Dolorosa de San Andrés) ha tenido que suponer un jarro de agua fría tras otro el asomarse a este noticiario cofrade digital y ver cómo primero Sevilla, después Cádiz y Ceuta, y como las fichas de un dominó, el resto de ciudades han ido anunciando la suspensión de procesiones (con la excepción de Lucena, población que contempla el poder ver una procesión en este año…)

Hace unas semanas planteaba y daba voz al pensamiento que recorre la mente de muchos cofrades: qué pasará cuando esto termine. Boom o espantada.

Hay quien está convencido de que el año que podamos volver a salir habrá una explosión de entusiasmo, y sueña con filas de nazarenos como nunca han visto en su cofradía; y con igualás como en Sevilla, con capataces teniendo que descartar a candidatos a trabajar en sus pasos. Lo malo de esta posibilidad es que se tratará de una flor de un día. Ya lo pude vivir el año que la Misericordia regresó a San Pedro tras la larga temporada de cierre del templo y del destierro a la Catedral. Ese año fue algo increíble, tanto en el número de túnicas como de costales, con regresos de quienes habían colgado hábitos y ropas pero que no podían dejar pasar la oportunidad de ser protagonistas de ese momento histórico (¿¿??) Pero al año siguiente… vuelta a la realidad.

Y por otro lado hay quien teme que haya una huida de tanto cofrade superficial que se ha acercado a las cofradías por moda, por estar con amigos, etc. Puede haber muchos padres que dejen de pagar cuotas a niños que no van a salir de nazarenos, quedando sin motivo alguno para mantenerlo en la Hermandad. Y también puede haber costaleros que pensaban retirarse en 2020 por cuestiones de edad o salud; y que tuvieron que despedirse a la francesa, sin decir adiós. Costaleros que tendrán un par de años más cuando se vuelva.

Como digo, es un miedo que vuela sobre las cabezas de las Hermandades. Pero es un miedo al que parece que no le hacemos nada para perderle el temor. Estamos dejando en manos de esos posibles cofrades huidizos y en su decisión el abandonar las nóminas de las corporaciones. Y la realidad es que, como ya dije, los responsables de esta desbandada no serán sino las propias hermandades, acostumbradas a sus velocidades de crucero, a sus «esto siempre se ha hecho así», a sus inercias y a sus pedir las cosas «porque yo lo valgo».

Queridos hermanos y cofrades, es tiempo de reinventarse o morir. Ya no valen las fórmulas de siempre porque los tiempos han sido modificados. No podemos dejar todo a un día, a buscar soluciones a tu Lunes, Martes o Miércoles Santo (que luego puede llover).

Es el momento de que quienes han querido ponerse al frente de sus Hermandades con proyectos, en ocasiones, muy vacíos y con el único aval personal de lo buena gente que es, cojan este toro por los cuernos y evolucionen sus respectivas corporaciones con todo lo necesario para mantener la llama viva del cofrade.

Luego no querremos llantos. Es tiempo de pensar, idear, ilusionar y mantener a la gente en vilo con la vida de su Hermandad. Queridos, que pez que se duerme se lo lleva la corriente, y esta corriente es fuerte y promete ser larga.

Y si te lo juegas todo a una carta es que has jugado mal el resto de la baraja.