Suspira el querubín con el ábaco en la mano y piensa que si el fuera el responsable de la hermandad a la que no le salen las cuentas después del acto organizado en esta cuaresma las alas no le llegarían al cuello.
Suspiros alados por esa Virgen a la que viste un artista que no gusta a nadie en sus maneras salvo, se entiende, a los de la junta de gobierno que se lo deben consentir todo por abarcar, quizá, tantos palos como si fuera un genio renacentista.
Suspira el ángel porque sabe que el fundador de esa misma hermandad, jamás entendería cómo los que ahora mandan han abandonado el puesto que siempre les correspondió en la nueva carrera oficial y ya no tiene el honor de ser la que cierra el día.





