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Miradas bajo el cubrerrostro, 💙 Opinión

Un Nazareno Blanco más en el Cielo

Hoy amanecía el día raro, barruntando algo extraño en el ambiente. El Sol luchaba por salir, pero algunas nubes conseguían impedir que brillasen sus rayos.

Al llegar el mediodía empezaron a encajar las piezas. Desde el pasado martes habitaba en mí una preocupación tras una conversación con sus hijos sobre los últimos hechos que habían pasado. Y hoy se me ha vuelto a helar la sangre, como ya pasó hace unos años con el fallecimiento de Pilar, su mujer; nunca esperas recibir un mensaje que decía: Miguel, mi padre ya está descansando.

Los que hemos conocido a Pedro Doña, quienes hemos crecido junto a él y su familia en la Hermandad, siempre mantendremos un album de imágenes y frases en nuestra memoria que lo hacían irrepetible.

Hermano de la Misericordia de nacimiento, ha sido testigo de prácticamente toda la Historia de nuestra Hermandad. Desde los tiempos de mi abuelo y su padre y su tío, cuando le llamaban Periquín Doña, ha visto pasar a multitud de hermanos, nazarenos, camaristas, costaleros y devotos que se han acercado a rezarle al Cristo de la Misericordia y Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo.

Y él también nos ha visto crecer a nosotros, a toda una generación que le llora y le recuerda. Una generación de hermanos que hemos crecido en la Casa de Hermandad, saltando sobre el tresillo azul, jugando y aprendiendo a ser cofrades, fijándonos en nuestros padres.

Hermano de la Misericordia de los de siempre, de los que llevan en sus venas el malva y blanco, siempre lo recordaremos aconsejándonos, con su genio y su gusto por la discusión. Su dedo índice levantado y gesticulando para enfatizar sus argumentos. Con el poso y el peso que te da la experiencia y lo vivido, su opinión siempre ha sido muy valiosa para quienes hemos aprendido de aquellos hermanos que hicieron la Hermandad que han dejado a estas generaciones.

Cordobés y senequista en su sentir, torero en sus formas, nervioso y pausado a la vez, siempre me trató con el cariño exquisito de quien ha visto crecer a un niño y verlo convertirse en un hombre. Siempre una historia que contarme, siempre un consejo que darme sobre cómo actuar en la Hermandad. Un cariño mutuo y un respeto aprendido a nuestros mayores. Recuerdo nuestras últimas conversaciones: aquella triste noche en el tanatorio acompañándole por la pérdida de Pilar, cuando conversamos de tantas cosas; y nuestra última reunión en su casa, para contarle nuestro proyecto para la Hermandad y para mostrarme todo su apoyo con su firma, con los mejores deseos de éxito en esta etapa que pretendíamos comenzar. Me enseñó todos sus tesoros y compartimos sentimientos y anécdotas.

Entre sus frases nunca olvidaré aquélla de un Miércoles Santo en el que, a punto de abrirse las puertas de San Pedro, llegar tranquilo ante los nervios de todos sentenciando “aquí está el tío”. O aquélla otra en la que decía que el día que se veía más guapo era el Miércoles Santo, vistiendo la túnica blanca.

Hoy se ha marchado a engrosar las filas de Nazarenos Blancos que nos esperan en la Gloria, junto a quienes nos antecedieron, acompañando al Stmo. Cristo de la Misericordia Vivo y a su Bendita Madre. Desde allí, junto a Pilar, cuidará de sus hijos Pedro, Elena, Lourdes y María, y de sus nietos.

Hoy se me ha ido un amigo y un hermano, un consejero, un cofrade. Y se ha marchado como tienen que irse los Hermanos de la Misericordia al Miércoles Santo eterno: vistiendo la túnica blanca y el fajín morado. Y con su medalla al pecho.

Hermano, que la tierra te sea leve.

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