Córdoba, El Cirineo, ⚓ Costal, 💙 Opinión

Un soplo de aire fresco

¿Qué quieren que les diga? Para mí es un soplo de aire fresco, incluso si me apuran un alivio, descubrir que no somos una gota de agua en el desierto, que lo que algunos venimos predicando desde hace años no ha caído en saco roto o al menos que hay quienes se atreven, como nosotros venimos haciendo, a decir lo que piensa. Algo que debería ser lo más natural del mundo en democracia y que sin embargo, se convierte en toda una odisea por obra y gracia de los censores de turno, de quienes se enervan con la libertad de expresión, de los defensores del buenísmo enfermizo, de los bienqueda de siempre, de los que viven mendigando de rodillas frente a quien manda o quien paga, los que hacen dejación de las funciones que emanan del cargo de responsabilidad que ocupan, por miedo a enfrentarse al qué dirán.

Por eso, noches como las del pasado sábado, protagonizada por Juan Rodríguez Aguilar, hermano mayor, capataz y por encima de todo cofrade, una persona honesta, íntegra, que tiene mucho que decir y que es capaz de decirlo, resultan extremadamente reconfortantes. Como resulta enormemente gratificante leer las declaraciones de Carlos Lara, otro capataz valiente, que tampoco rehuye la pelea, que no se arruga, como buen costalero, que siempre mira a los ojos, una muestra inequívoca de que no tiene nada que ocultar, que es mucho más de lo que otros pueden decir. En lo que a mí respecta, sólo me queda levantarme y aplaudir. Aplaudir con todo el convencimiento de quien admira profundamente a los tíos que se visten por los pies, a los que tienen la hombría de poner sus reales encima de la mesa y de pregonar a los cuatro vientos las verdades del barquero, caiga quien caiga y pese a quien pese.

No se trata de tener la razón, solo faltaría, y seguramente no coincida en muchas de sus manifestaciones ni con Juan Rodríguez Aguilar ni con Carlos Lara. Pero no es de tener o no razón de lo que les hablo, sino de tener los arrestos de pregonar y defender de pie, delante de cualquiera que quiera escuchar y de quienes se resisten a hacerlo, cuáles son las creencias que se atesoran en las entrañas, cuáles son los argumentos que configuran la esencia de lo que somos. Porque vivimos en un mundo, en una realidad cotidiana, en la que los que mandan no quieren escuchar, solo quieren recibir incienso de aquellos a quienes consideran fieles. A veces los que mandan ocupan cargos en juntas de gobierno, en ocasiones son políticos, otras veces curas o costaleros que también mandan más de lo que deberían hasta el punto de haber puesto o quitado capataces e incluso hermanos mayores que ahora viven vergonzosamente sometidos a sus caprichos en forma de banda, de túnica o sabe Dios qué otras cosas intrascendentes… y los costaleros también.

El pregón de Juan Rodríguez Aguilar y las respuestas de Carlos Lara confirman que algo ha cambiado en la Córdoba Cofrade. Que por fin alguien es capaz de gritar a los cuatro vientos, desde un atril o desde cualquier otra tribuna, que hay cosas con las que no se comulga, que hay posturas y personajillos que le hacen mucho daño a las cofradías con sus actitudes, con su prepotencia, con su chulería, con esa actitud condescendiente de quien cree que todo lo sabe y que nada puede aprender de aquellos que le rodean. De aquellos que conceden más importancia al yo que al nosotros, al quiero que al debo, al tengo que al somos. Individuos dañinos de los que algunos llevamos hablando años, entre sus propios ladridos y sus pataleos infantiles, en ocasiones obligando a terceros a advertir en su nombre, porque su propia cobardía les impide hacerlo cara a cara.

Un soplo de aire fresco que demuestra que no todo el mundo está dispuesto a vivir permanentemente sometido y prefiere ponerse en pie para luchar y para pelear por defender aquello en lo que cree. Unas hermandades limpias, preñadas de cofrades con las manos limpias, en las que el colectivo siempre esté por encima de las individualidades y en las que sea imposible que un pequeño grupo de parásitos destruyan lo que con tanto esfuerzo construyeron tantas generaciones de cofrades.

Puede que aún estemos a tiempo, puede que aún exista un pequeño hálito de esperanza, puede que estas voces ayuden a que otras se sumen en defensa de lo nuestro, en defensa de la libertad, en defensa de lo que creemos, para extirpar definitivamente ese cáncer nocivo que tantas veces algunos hemos denunciado y que se ha extendido peligrosamente, entre el silencio cómplice, condescendiente, cómodo y en ocasiones tembloroso de aquellos que piensan lo mismo que piensa Carlos Lara y Juan Rodríguez y hasta hoy nunca se atrevieron a levantar la voz. ¡Que cunda el ejemplo!.

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