La Cuaresma es época de trabajo. Sí, en las Hermandades también se trabaja, aunque muchos piensen lo contrario. Un curro sin remuneración económica, fatigoso y en algunos casos desesperante. Y es que montar un paso, limpiar enseres, atender Hermanos o construir altares no es siempre plato de buen gusto para el cofrade semanasantero. Sí, aquel que solo es cofrade cuando su alma se transforma con el repicar de las campanas que anuncian el Domingo de Ramos.
Es por ello que el «personal» permanente de las Hermandades siempre es el mismo durante el tiempo de preparación de la salida procesional. Constantemente observamos el mismo flujo de personas limpiando enseres o trabajando en el taller de costura de la Hermandad, una coyuntura que muchas veces degenera en una frustración intermitente que acaba por fatigar asiduamente a ese hermano que labora por y para su Hermandad. En gran cantidad de ocasiones se encomienda a una labor arruinada por el poco compromiso de la ciudad o pueblo de cara a participar en una Semana Santa aletargada, ya de por sí, por la vorágine problemática del planeta en estos dos años y que parece no tener fin.
En el mundo de la confortabilidad, el «cofrade» prefiere «participar» como espectador desde la calle con el objeto de poder tomarse un piscolabis una vez visionado del cortejo procesional. Algo totalmente lícito, como también lo es pensar que el «cuento» puede acabarse algún día si no aparece ese relevo generacional del que muchos hablan y pocos quieren afrontar.
Y es que me veo en la tesitura de reconocer la inmensa labor de aquellos que se manchan y se mancharon las manos para que la cerveza de aquel que se consideraba cofrade y ahora opta por el cerveceo le sentara mejor que nunca, a aquellos que se dejaron el alma en proyectos cuya única remuneración es la sentimental y que contribuyeron al enriquecimiento económico de las personas que viven de la Semana Santa, aquellos que pusieron toda la carne en el asador para devolver la dignidad a las Cofradías en la calle. ¡Va por ustedes!





