La feria de los discretos | Vía crucis… otra magna más

Dice un viejo dicho: Cuando se aburre el diablo, mata moscas con el rabo. Y así ha debido de estar alguien, que a pesar de tener más cosas en que pensar y hacer, no se le ha ocurrido, nada más y nada menos, que la celebración de un vía crucis extraordinario, y van, con la excusa peregrina de la llegada del rito pasional a Occidente, de la mano de nuestro Beato Álvaro de Córdoba.

El argumento, tiene fundamento. Es lógico que la cristiandad conmemore una efeméride, a día de hoy, tan arraigada en nuestro rito y en nuestra liturgia. Pero si ya se he previsto conmemorarlo de forma extraordinaria con la Sagrada Imagen del Cristo de San Álvaro ¿a qué viene “inventarse” un acontecimiento con el carácter de extraordinario en pleno mes de octubre?

A nuestra modesta mente, se le escapa. Cuando han visto la luz las invitaciones que se están realizando desde la antigua calle del Lodo, se aprecia cierta improvisación y no saber a ciencia exacta que es lo que se pretende. Se habla de celebrar un vía crucis con las ocho estaciones del que ideara San Álvaro. También el del papa San Juan Pablo II. Se rumorea que se invitará a hermandades con vinculación dominica, “dominicana” se ha llegado a leer en las redes sociales de un perfil neo-kofrade. En fin, mucho ruido, pocas nueces, hasta ahora mucha confusión, y lo que es peor muchas dudas.

Dudas porque no se sabe con seguridad quienes han sido los invitados y llamados al evento. Qué criterio se ha seguido para las invitaciones. Se echan en falta devociones con más peso específico que las que ha trascendido su presencia. Si ha habido, de momento, alguna negativa. Si habrá alguna corporación, hastiada de “magnas”, que decline la invitación, y si así fuere, el plan previsto para sustituirla.

Estamos sacando de madre uno de los fines fundamentales de nuestras cofradías. Este no es otro que la protestación pública de nuestra fe en las calles. Estamos banalizando en exceso una salida procesional, que, a nuestras modestas entendederas, no tienen más fecha que la Semana Santa. Los tiempos cambian. Los fieles, o mejor dicho, las gentes que gustan del movimiento cofrade, no buscan el camino para acrecentar nuestra fe, como tampoco el de catequizar a los que están lejos de ella. Lamentablemente, muy a pesar de lo que fue y debe ser, los nuevos públicos no acuden a presenciar un acto religioso. Tristemente acuden a un espectáculo, a una puesta, con mas o menos acierto, en escena. A un teatro de vanidades donde más, que el llamado Drama del Gólgota, se van a ver coreografías exacerbadas por parte de cuadrillas de costaleros estrellas gobernados por voces de personajes fagocitados por el diablo que dormita en los martillos. A escuchar tal o cual banda, sobre todo a aquellas en las que prima el lucimiento más que el acompañamiento. Todo parece que se queda en la superficie. En el fondo todo es hueco e impostado.

Son nuestros tiempos. El sentir religioso se queda en lo externo, quedado ha escrito, lo esencial brilla por su ausencia. Para estos viajes no hacen falta alforjas ni magnas fuera de contexto. La iglesia mientras tanto se muestra condescendiente. Mientras los “santos” estén en las calles, todo le es favorable, o al menos, eso parece ante esta sociedad que ha expulsado a Dios de su día a día. No hay que olvidar que las cofradías son iglesia, y que como iglesia tienen que llevar su fe a quienes de ella carecen.

Es objetivo fundamental, si no todo quedara hueco y vacío. Unas cofradías que se asemejen a una compañía de teatro en lugar de una institución eclesial, están de más, pero es la iglesia quien tiene que poner cortapisas a toda esta banalización de todo lo relacionado con el culto en las calles. No debemos de coger caminos equivocados. Para ello, mejor recordamos la figura de don Pedro Antonio, de Trevilla, que al menos, en su época, puso pie en pared ante muchos desmanes.