A paso mudá | Volver a sentir

Hoy no es un jueves cualquiera. Es el último jueves antes de que todo cambie, antes de que el tiempo deje de medirse en días y empiece a latir al compás de los sentimientos. Hoy es la antesala de esa semana que no se explica, que se vive.

Ha sido un año largo. Un año de idas y venidas, de promesas que a veces se cumplieron y otras que se quedaron a medio camino. Un año de rutinas, de prisas, de responsabilidades que nos han ido alejando poco a poco de lo esencial. Pero también ha sido un año de vivencias, de pequeños momentos que, casi sin darnos cuenta, nos han ido preparando para lo que está a punto de llegar.

Porque al final, todo conduce a hoy.

Hoy se respira algo distinto en el ambiente. No hace falta que suene una marcha ni que se abran las puertas de ningún templo para saber que estamos ahí, en ese filo invisible donde termina la espera y comienza la emoción. Es ese nudo en el estómago, esa mirada cómplice con quien sabe exactamente lo que estás sintiendo sin necesidad de decir una palabra.

Hoy ya no importan las discusiones, ni los problemas, ni siquiera el cansancio acumulado de todo el año. Hoy todo eso queda atrás. Porque cuando se acerca la semana más grande, lo demás pierde peso, se vuelve pequeño, casi insignificante.

Solo importa lo que viene.

Importa el reencuentro con los tuyos, con esa gente que entiende esta forma de vivir sin tener que explicarla. Importa el sonido que está a punto de romper el silencio, la luz que volverá a abrirse paso en la noche, el paso lento del tiempo que, por unos días, dejará de correr para quedarse suspendido en cada instante.

Hoy es día de memoria y de ilusión. De recordar lo vivido durante el año, pero sobre todo de mirar hacia delante, hacia lo que está por venir. Porque si algo tiene este día es que nos recuerda que siempre merece la pena esperar.

Y es que, en el fondo, no hemos estado esperando una semana.

Hemos estado esperando volver a sentir.