Lo confieso, si ya antes de conocerla en persona le tenía devoción, tras vivir dos salidas y una venida, solo puedo rendirme a las plantas de la Blanca Paloma. Me considero rociero, un rociero más de esa marea de personas que andando por las arenas acompañaron a los almonteños en el traslado de la Virgen del Rocío.
Todavía hay quienes critican absolutamente todo lo que rodea a la devoción a la Patrona de Almonte, y lo que más me sorprende es que la mayoría de las críticas surjan del mundo cofrade. Ese mundo cofrade que pretenden ser más serios que el muñidor de la sevillana Hermandad de la Sagrada Mortaja, y luego son los que más bailan con un vaso de tubo en la mano semanas después en la Feria de Abril.
He recorrido 900 km, desde la provincia de León hasta la de Huelva, entre otras cosas para disfrutar de algo único, que ha concentrado ni más ni menos que a más de un millón de personas, fuera de la Romería de Pentecostés, sin ver imágenes de cantes que tanto asustan a unos, ni caminos a caballo por la que otros denuncian a través de redes sociales creando alarmas donde ya no las hay.
Que alguien dude ahora de la fe rociera tras ver las imágenes de cientos de miles de personas acompañando a la Virgen cerca de veintiuna horas, tragando polvo, medio ciegos por la arena, sin descanso, durante las tres leguas que separan la Aldea del Pueblo.
En mi retina se quedan las imágenes de los almonteños elevando sillas de ruedas sobre el mar de cabezas para acercar a esas personas que ante las adversidades no han perdido la fe y la pueden ver, frente a frente, vestida de Pastora. De lágrimas en los rostros de aquellas personas que cuentan su vida de siete en siete años y que no pensaban que llegarían a ver otro.
Pétalos caídos del cielo azul que se recogían entre vivas y salves, siendo cada flor una oración, una promesa. Aquellos que hablan del desconocimiento, que vengan el próximo mes de mayo cuando la Virgen vuelva a su Aldea de nuevo como una pastora almonteña, y verán que si esto no es fe, lo suyo simplemente es postureo con un traje y corbata, en vez de rezar bajo una capa de polvo de cabeza a pies.
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