Corría el año 1750 y la ciudad de Sevilla volvía a sufrir una nueva sequía que se sumaba a las anteriores ya padecidas. Si en los años treinta de esta centuria las procesiones de rogativas las habían protagonizado Nuestra Señora de la Estrella, la Virgen de los Reyes, la Virgen de la Antigua o el Santo Lignum Crucis, a mediados de siglo aquel año sería recordado por la cantidad de imágenes que sacaron a la calle para pedir por la llegada de las tan ansiadas lluvias y que desde el año anterior apenas habían hecho acto de presencia en el campo sevillano.
La pérdida de las cosechas se había convertido en una tónica dominante entre los jornaleros, que acudían a los templos para pedir a las sagradas imágenes el agua que tanto necesitaban los terrenos cultivados. Pero las ansiadas lluvias no hacían acto de presencia y fue entonces cuando las procesiones se produjeron una tras otras, con apenas unos días de por medio, lo que nos da un indicio de la gravedad del asunto.
Así pues, el día 9 de marzo, el cabildo catedralicio acordó sacar en procesión la imagen de Nuestra Señora de los Reyes, discurriendo por los alrededores de la Lonja de la seo. Sería la primera procesión de un mes cargado de extraordinarias. Tan solo tres días más tarde, el día 12 salía por la colegial del Salvador la Virgen de las Aguas, abandonando durante unas horas su capilla en un cortejo que, según recogen las crónicas, estuvo conformado por la hermandad del Rosario del Salvador, la de Nuestra Señora de Belén de San Juan de Dios, Desamparados, San Crispín, del gremio de los zapateros, San José, de la de los carpinteros, la sacramental del Salvador, el clero, el cabildo, la Virgen de las Aguas y el ejército con banda de música.
Era tan necesaria la llegada de las lluvias que el día 13 la Mortaja salió desde su templo. La antiguamente llamada Piedad de Santa Marina, acompañada por los monjes capuchinos y un sinfín de penitentes que, descalzos, portaban corona de espinas y llevaban el madero sobre sus hombros, recorrió las calles próximas a su sede. Al día siguiente, el epicentro de las procesiones extraordinarias para pedir por las lluvias se concentró en San Bartolomé, con la imagen de la Virgen de la Alegría, también acompañada por religiosos de distintas órdenes así como representación de algunas hermandades.
Pero se iba acercando el final del invierno y las nubes no habían descargado lo suficiente. Fue tal la necesidad que al amanecer del día 16 nos encontramos con que el cabildo de la ciudad acude hasta San Julián para que la Virgen de la Hiniesta intercediera por ellos. Los caballeros Veinticuatro, alguaciles, notarios, escribanos, miembros del ejército, etc. Todo un nutrido cortejo con dirección al templo donde se celebró una misa de rogativas por la lluvia, permaneciendo la imagen en el interior. Este mismo día, ya entrada la noche, fue el Señor de las Tres Caídas de San Isidoro el que recorrió las calles de Sevilla.
Como rescató Fernando de Artacho y Pérez-Blázquez, las crónicas recogen que tal fue el miedo que se extendió “que todos están atemorizados, que parece que se acaba el mundo”. El día 20 fue la desaparecida imagen de la Virgen de las Maravillas, con sede en San Juan de la Palma, la que recorrió las calles de la feligresía y por la tarde lo hizo la Virgen de la Salud, de San Isidoro, que fue trasladada hasta el convento de San Leandro, donde terminó su recorrido. Ya avanzado el mes de abril, el día 6 fue Nuestra Señora de la O la que acudió hasta Santa Ana en procesión de rogativas, recorriendo las calles de Triana. Un día más tarde, el ayuntamiento se dirigió a la parroquia de San Roque, donde se encontraba el Santo Cristo de San Agustín. No salió la imagen, pero fue trasladada a la capilla mayor, quedando en aquel lugar durante nueve días. Precisamente al noveno, día 15 de abril, comenzó a llover pero la lluvia fue escasa.
Así se vivieron unos meses donde las procesiones de rogativas se multiplicaron para pedir por las tan esperadas lluvias, en una época que pone de manifiesto cuáles eran las devociones más importantes de antaño, algunas de ellas desaparecidas y otras recordando su glorioso pasado.
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