Burladero | A tiempo

El psicólogo clínico estadounidense Steven C.Hayes decía que “A menudo hay tanta vida en un momento de dolor, como en un momento de felicidad”.

Han pasado unas sesenta horas desde que el corazón se parara en seco, poco antes de las nueve de la mañana de un miércoles de octubre entre las poblaciones toledanas de Urda y Los Yébenes.

Allí permanece un resquicio de nuestro ser, de nuestra atención y de nuestra esperanza. Allí llora, sufre, reza y pide humanidad una España rota por el “accidente” de dos trenes, Ave e Yrio, que se ha llevado por delante las vidas de sesenta y nueve personas. Sesenta y nueve, que se dice pronto.

Mirando todo esta macabra pesadilla con perspectiva, si es que eso es posible, comprendemos que el dolor de la pérdida de una pareja, unos padres, abuelos, hermanos, primos o amigos no tiene límites, pero el poder del apoyo, del cariño o una simple palabra de aliento ayuda a cicatrizar una herida que permanecerá indeleble pese al tiempo y a la certeza de saber qué narices ocurrió esa mañana de octubre en aquella vía.

Como sociedad, como espectadores de esta película de terror en cuatro dimensiones, tenemos ese poder sanador con las familias de las víctimas, ya sean fallecidos o heridos. Y, barriendo para casa, nuestra iglesia también lo tiene y lo ha demostrado con creces en estos dos días.

A las tres de la tarde el Arzobispado de Sevilla emitía un comunicado expresando “su profundo pesar, y su cercanía a las familias de las personas fallecidas, a los heridos y a cuantos se han visto afectados por este doloroso suceso”.

Y tras él, una hermandad detrás de otra sin solución de continuidad. El Amor, La Paz, la Sagrada Cena, La Exaltación, San Benito, el Gran Poder, la Macarena, Triana, La Estrella, Pasión o El Cachorro, por nombrar algunas, han desplegado un océano de sensibilidad en las redes sociales.

El Santo Entierro, por ejemplo, apelaba al epitafio filosófico de la Canina cada Sábado Santo al repetir “No temáis pues… La Muerte venció a la propia Muerte (MORS MORTEM SUPERAVIT)”.

O San Gonzalo, quien se acogía al abrazo dulcísimo de la Madre con el ruego a su Bendita Titular: “Que Nuestra Señora de la Salud sea amparo y esperanza para cuantos sufren las dolorosas consecuencias de esta tragedia”.

Todas han querido mostrar su respeto y consuelo en el momento preciso y con el mensaje perfecto. Porque sí, esas sesenta y nueve criaturas no llegarán jamás a su destino, que era precisamente nuestra Estación de Santa Justa, pero el calor y apoyo de las cofradías de Sevilla ha llegado justo a tiempo.

Foto: Aion Sur