El candelabro | Cuando el dolor vuelve a subir al tren

Hay semanas en las que uno se sienta delante de un folio en blanco y no encuentra las palabras. No porque falten motivos para escribir, sino porque sobran razones para sentir rabia, impotencia y tristeza. Esta es una de esas semanas.

España vuelve a vestirse de luto. El accidente ferroviario de Urda, en la provincia de Toledo, ocurrido el 28 de octubre, vuelve a dejarnos imágenes que jamás querríamos contemplar, familias rotas y demasiadas preguntas sin respuesta. Apenas nueve meses después de la tragedia de Adamuz, en nuestra Córdoba, el dolor vuelve a golpear con una violencia difícil de comprender. Dos accidentes ferroviarios de esta magnitud en tan poco tiempo son una realidad que no podemos aceptar como si formara parte de la normalidad. La tragedia de Toledo ha reabierto, además, las heridas de las víctimas de Adamuz.

Y entonces surgen las preguntas. Las mismas que nos hacíamos hace nueve meses. ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué ha fallado? ¿Estamos haciendo todo lo necesario para garantizar que viajar en tren sea seguro? ¿Cuántas explicaciones tendremos que escuchar antes de conocer toda la verdad?

Porque el problema no es solamente la tragedia. Es también la sensación de que, después de cada desastre, nos acostumbramos demasiado pronto al luto, a los minutos de silencio, a las declaraciones institucionales y a las promesas de que se llegará hasta el final. Y no. No podemos acostumbrarnos. No podemos permitir que el paso de los días convierta la indignación de hoy en el olvido de mañana.

Las víctimas merecen mucho más que palabras de condolencia. Merecen verdad, justicia, reparación y garantías de que se hará todo lo humanamente posible para evitar que vuelva a suceder.

Y merecen responsabilidades. Responsabilidades técnicas, administrativas y políticas, las que correspondan cuando se esclarezcan los hechos. Si la investigación acredita negligencias o fallos que comprometan a quienes tenían la obligación de garantizar la seguridad, no bastará con señalar hacia abajo ni con buscar una explicación que permita pasar página. Habrá que actuar con todas las consecuencias, incluidas las dimisiones que procedan.

Gobernar no consiste únicamente en comparecer ante los medios cuando ocurre una desgracia. También consiste en responder por aquello que está bajo la responsabilidad de las instituciones, garantizar los recursos necesarios y proteger la vida de los ciudadanos. La investigación debe ser rigurosa e independiente, pero la exigencia de transparencia no puede esperar. Tampoco puede convertirse la espera en una excusa para la inacción.

No se trata de hacer política con los muertos. Se trata de entender que detrás de cada cifra hay una persona, una historia, una familia y un futuro que alguien había imaginado. Y que la obligación de quienes nos representan es estar a la altura de esa responsabilidad.

Pero hoy, mientras la rabia nos empuja a exigir respuestas, hay otra reflexión que me gustaría compartir.

Porque, en medio de tanto dolor, uno termina pensando en las cosas que de verdad importan. En ese beso que damos deprisa al salir de casa. En ese abrazo que aplazamos porque tenemos otras cosas que hacer. En esa llamada que dejamos para mañana. En esas palabras de cariño que nos cuesta pronunciar, como si tuviéramos garantizado el tiempo para decirlas.

Y no lo tenemos.

No sabemos cuál será el último beso. Ni el último abrazo. Ni la última conversación con alguien a quien queremos. No sabemos cuándo una despedida aparentemente rutinaria se convertirá en un recuerdo al que nos aferraremos durante toda la vida.

Quizá alguien salió de casa aquella mañana de octubre con la intención de regresar por la tarde. Quizá se despidió con un beso rápido, con un «hasta luego», con un mensaje pendiente de responder. Quizá nadie imaginó que aquel trayecto cotidiano terminaría cambiándolo todo.

Y eso es lo que más estremece: que la vida puede cambiar en un instante, mientras nosotros seguimos convencidos de que siempre habrá otra oportunidad.

Por eso, querámonos más. Besémonos más. Abracémonos sin mirar el reloj. Digamos «te quiero» sin vergüenza y pidamos perdón cuando sea necesario. No dejemos que el orgullo nos robe el tiempo, que las discusiones nos alejen de quienes amamos o que las prisas nos hagan olvidar lo esencial.

Y aquí, permitidme llevar esta reflexión a nuestro mundo cofrade.

Vivimos pendientes de demasiadas cosas. De los estrenos, de los horarios, de los itinerarios, de los palios, de las decisiones de las juntas de gobierno, de las polémicas y de las bullas. Nos enfrascamos en discusiones interminables, levantamos barreras y, en ocasiones, convertimos nuestras hermandades en espacios donde cuesta más perdonar que criticar.

Y, sin embargo, ¿de qué sirve cuidar hasta el último detalle de un paso si descuidamos a la persona que camina a nuestro lado? ¿De qué sirve encender cientos de cirios si somos incapaces de ofrecer un poco de luz a quien atraviesa una noche oscura? ¿De qué sirve acompañar a nuestras imágenes por las calles si después no sabemos acompañar el sufrimiento de nuestros hermanos?

Una cofradía también debe ser un lugar donde se abrace, se escuche, se perdone y se cuide. Donde la fe no se quede en la belleza de una estampa, sino que se convierta en una manera de vivir y de tratar a los demás.

Esta semana, mientras tantas familias intentan asimilar una pérdida irreparable, no quiero hablar de la cera que cae por los candeleros ni de la luz que dibujan los cirios sobre un rostro de la Virgen. Quiero hablar de las personas. De las que ya no podrán abrazar a los suyos y de las que todavía tenemos la oportunidad de hacerlo.

Que la Virgen, bajo cualquiera de sus advocaciones, consuele a quienes lloran, acompañe a quienes esperan noticias y sostenga a quienes tendrán que aprender a vivir con una ausencia que jamás eligieron.

Y que quienes tienen la responsabilidad de velar por nuestra seguridad entiendan que no hay cargo, despacho ni institución por encima de la vida humana.

Porque hay pérdidas que dejan un silencio imposible de llenar. Y hay abrazos que, cuando ya no pueden darse, se convierten en el recuerdo más doloroso de todos.

No esperemos a que una tragedia nos recuerde lo que de verdad importa. Abracemos hoy. Besemos hoy. Perdonemos hoy. Digamos que queremos a quienes tenemos cerca, hoy.

Porque mañana no está prometido.

Hasta la próxima. Mientras tanto, seguiremos mirando nuestras Cofradías desde la luz de la Cera.