A contracorriente | El costalero también tiene su importancia

Cuando Aragón y Ares sellaron, con dos cuplés, el final del último episodio de las comparsas, uno ya intuía que debía disfrutar de ese canto del cisne que no había de volver, porque la muerte del primero lo iba a impedir.

En aquel último año, en ese cenit brillante de una rivalidad apasionante y apasionada, Juan Carlos le dedicó un cuplé a Antonio (que luego fue devuelto) en el que señalaba que el camello también tiene su importancia. Él lo centraba en la fase creativa del comparsista con una ironía solo al alcance de los elegidos, pero perfectamente aplicable a otros ámbitos.

Y es que si el camello tiene su importancia, el costalero no la posee en menor medida para alimentar capataces y a quienes nos gusta ese mundo más que comer con los dedos (o que fumar y o tomar todo lo que el Nutri-Score marca con la E de emergencia para tu salud por un mero acto de rebeldía), hasta el punto de que sin apercibirnos resbalamos en lo más llano.

Perder el sentido de la realidad es muy sencillo (y lo escribe alguien que ha pasado la mayor parte de su vida en un universo paralelo, y protector) y con los costaleros y los capataces se nos diluye como un azucarillo al contactar con la sustancia en estado sólido.

En la mente del cofrade del mundo de abajo, la arpillera es como ese azucarillo que, al entrar en contacto con el cuero cabelludo, inhibe la materia gris. De modo que todo nos llega a parecer normal, incluso las macroencuestas a costaleros, como un barómetro local (o regional, en el mejor de los casos) del CIS.

Así, un reciente estudio pone el acento en la necesidad, para un porcentaje importante de más de mil costaleros cordobeses, de una reforma profunda de la carrera oficial, como si ellos fuesen -por plebiscito barométrico- quienes tuvieran la potestad de decidir. 

También lo pone en la necesidad de que las cuadrillas tengan más formación religiosa. Si bien, sin sondeo pero por mera constatación empírica, esa oportunidad pastoral habría que trasladarla antes a más de una, de dos y de tres juntas de gobierno, que solo poseen el relato de lo eclesialmente correcto y, a veces, ni eso. O a más de un predicador cuya base teológica es la del buscador de Google para preparar la homilía dominical, cuando no diaria.

El nivel es el que es, hasta el punto de que damos carta de naturaleza a encuestas a costaleros, porque parafraseando al Aragón, el costalero también tiene su importancia.