A contracorriente | El doble fracaso con el Miércoles Santo

Cuando se comete un fallo hay que asumirlo, pasar el luto, vivir la montaña rusa de emociones, superar la frustración y tomar decisiones. Otra cosa es por la solución que se opte.

Ese es, a grandes rasgos el guión, pero casi nunca se cumple. Se suele buscar a un culpable y, si no se puede defender o con sus actitudes sirve de coartada, es pan comido vender el relato.

Y en el Miércoles Santo van ganando 2-0 quienes, lejos de ofrecer soluciones, se muestran como actores secundarios que solo salen a la sala de prensa cuando hay triunfo. Cuando se pierde no suelen pasar por la zona mixta y, si lo hacen, es para culpar al árbitro.

Esto debe ser casi tan antiguo como el hombre (imagino al hombre del paleolítico, con la mano manchada de algo parecido a pintura, culpando -con argumentos rupestres- al de al lado de que lo incitó a pintar el bisonte o que, al detenerlo, se manchó él su propia mano).

Y como añejo que es no pasa de moda, como los buenos vinos. Y en el Miércoles Santo cordobés tenemos dos ejemplos de ello: el año pasado con Cañero y este con Palmeras.

La primera cofradía no entró y, aunque su parte de responsabilidad tuviera, no es menos cierto que lo de ser la última se llegó a decir, no se contemplaba ni por el bien de la cofradía ni por el de la propia Semana Santa de Córdoba. Se ve que, el dejar última a Palmeras, llegando a su barrio a las cuatro de la madrugada, hace mucho bien a Córdoba, a los cordobeses, a los vecinos de las Palmeras y al cuerpo de nazarenos.

Se ha fracasado dos veces y, aunque las hermandades sean las principales protagonistas, no es menos cierto que los tantos (el trabajo materializado en resultados) de la Vocalía de estación de Penitencia de la Agrupación no se ven por ningún lado. Puede que, si contamos el caos organizativo de la Magna, vayan perdiendo 5-0.