Una afirmación muy similar a la del titular saltaba en la red social X, con motivo de la procesión triunfal de la Virgen del Rocío tras su coronación. La misma discurrió en una noche mágica de verano, para regocijo de la multitud que no quiso perderse un evento único.
Y lo fue por muchas razones y, una de ellas, radicó en la ausencia de controles de aforo, del control social moderno que se aplica a las cofradías, por verbigracia del Cecop y que priva no solo de momentos para el recuerdo, sino de lo fundamental: la libertad.
Lo que ocurrió en la noche sevillana con la Virgen del Rocío, quizá solo sea una excepción a la regla estricta impuesta por los amos de la seguridad. Los mismos que encorsetan al ciudadano, al cofrade, en su estrecho reglamento de normas y regulaciones que conducen al extremo de la desnaturalización del acto público de fe, pues el público deja de ser una parte más para convertirse en un accesorio incómodo.
Sin embargo, en la madrugada del sábado al domingo, hubo grandes cantidades de personas y todo discurrió con naturalidad, para contradecir de plano a los apóstoles del miedo, a los voceros de la tragedia. La desgracia siempre está a la vuelta de la esquina, con su navaja afilada de sobresaltos, pero si llega lo hará con o sin vallas.
De hecho, probablemente las vallas sean un obstáculo en medio del hipotético suceso. Por eso, aunque solo sea una noche de libertad recuperada, valió la pena por aspirarla hasta el fondo del pulmón y, de paso, enmendarle la plana a los voceros del miedo.





