Alguien, durante estos días de duro temporal, hacía un apunte que me interesó. Señalaba que, cuando se produce cualquier tragedia en seguida acuden al lugar del evento psicólogos y el contubernio de expertos en dar apoyo moral.
En cambio, con lo sucedido en una parte importante de Andalucía, lo que se ha visto es apersonas achicando agua, luchando por su vida, que no es solo la propia, sino la material, la que los amarra espiritualmente a un sitio.
Desde quienes achicaban agua a la desesperada hasta el que levantaba un pequeño muro en el quicio de la puerta. Nadie se vino abajo, sino todo lo contrario.
Y eso me hizo pensar en que, tal vez, más allá de cómo nos ven, una de nuestras señas identitarias es esa, la lucha continua, el empuje decidido ante cualquier contrariedad.
Todos y cada uno de ellos han sido un ejemplo de eso que ahora llaman resiliencia y no es más que el instinto de luchar por lo tuyo hasta el final, hasta que te sacan de tu pueblo porque ya la situación es insostenible, te acogen en otro y ahí aparecen las cofradías.
En estos tiempos es difícil sentirse orgulloso de casi nada de lo que hacen las hermandades, hasta que de pronto irrumpen, en silencio, para cumplir con su misión. Así lo han hecho en Ronda ayudando a la gente de Grazalema. Y así lo hacen siempre que se las necesita, sin que haga falta llamarlas.
A veces lo bueno es sutil, casi anónimo, y eso lo hace mejor. Eso son las cofradías y lo que nos hace enorgullecernos de ellas.





