A paso mudá | Cuando la música deja de ser un complemento

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En el mundo cofrade asistimos cada vez con más frecuencia a una peligrosa deriva: la de quienes convierten la música procesional en un espectáculo independiente, olvidando que no es fin, sino medio. La música debe ser oración, debe ser aliento que acompaña el paso de Cristo o de su Madre; sin embargo, la prepotencia de algunas formaciones y la actitud de ciertos hooligans que las rodean han terminado por oscurecer la verdadera esencia.

Basta observar lo que se vive en algunas salidas: más que recogimiento, se busca el “golpe de efecto”. Más que un rezo sonoro, se pretende un concierto de lucimiento, donde el fervor se mide en decibelios y no en silencios compartidos. Y no son pocos los que confunden acompañar con protagonizar, hasta el punto de desplazar al centro de la devoción.

Las consecuencias de este desvío son claras. Cuando se concibe la música como espectáculo autónomo, despojado del contexto devocional, pierde sentido y arrastra a quienes la siguen como si de una grada futbolera se tratase. De ahí los gritos, las carreras, los empujones, la exaltación vacía. Una fe convertida en ruido deja de ser fe para convertirse en mero consumo cultural.

Y lo hemos visto recientemente: proyectos que nacen con grandes aspiraciones, pero que, sin el respaldo sincero de un pueblo creyente, terminan naufragando en la indiferencia. No basta con levantar un cartel llamativo ni con reunir un nombre rimbombante; lo que sostiene la tradición es la autenticidad, no la vanidad. Y cuando lo que se ofrece es pura autoafirmación, el eco acaba resonando en salones semivacíos.

Quizá sea el momento de volver a mirar lo esencial: la música como humilde servicio, los músicos como orantes y el público como fieles. Porque si no, corremos el riesgo de que los instrumentos callen, no por respeto, sino porque delante ya no quede nadie dispuesto a escuchar