A paso mudá | De queja en queja: una carpa

Una carpa. Esa es la nueva excusa para que algunos saquen el látigo y repartan dogmas de cartón piedra. La han instalado en Roma, en la Piazza Celimontana, como punto de salida para dos devociones inmensas: el Cristo del Cachorro y la Esperanza de Málaga. Una estructura simbólica, funcional y digna, que acogerá un acto único en el corazón de la cristiandad. Pero algunos ya están comparándola con las carpas de ciertas salidas procesionales de asociaciones civiles en Sevilla. Y lo siento, pero no. No es lo mismo. Ni de lejos.

Porque una imagen consagrada no es una figura decorativa. No es un simple objeto procesional, por más que se vista con esmero. Es un símbolo de fe viva, de culto público, de devoción con mayúsculas. El Cachorro y la Esperanza no son una ocurrencia de barrio ni un experimento sentimental. Son titulares con siglos de historia, que han sostenido la fe de miles de personas. Confundir eso con una procesión no oficial es banalizar lo sagrado.

Quien iguala la carpa de Roma con las de esas salidas menores, no solo demuestra ignorancia. Demuestra una falta de sensibilidad profunda hacia lo que significa el culto público. Allí, en Roma, no se está improvisando. Se está llevando la fe más honda de Andalucía al centro del mundo cristiano. ¿Y lo más que se puede decir es que la carpa no gusta? ¿Que afea? ¿Que “no está a la altura”?

La altura no la dan los toldos, ni los mármoles. La da lo que se lleva dentro. Y dentro de esa carpa está la Esperanza. Dentro está el Cachorro. ¿O es que también cuestionamos el portal de Belén por ser un establo?

Si algo representa esa carpa es una puerta: la del Jubileo, la de la acogida, la de lo sencillo. Pero algunos prefieren la exclusión disfrazada de tradición. Hay quien nunca está contento, porque en el fondo lo único que les interesa es custodiar un privilegio estético, no vivir una fe compartida.

No, no es lo mismo una salida de una asociación civil que una procesión internacional de dos imágenes consagradas, aprobada por Roma y bendecida por su pueblo. No es lo mismo. Y quien no lo entienda, quizás es que no ha mirado nunca a los ojos de sus titulares. Porque si lo hubiera hecho, sabría que lo importante no es el techo, sino la fe que lo sostiene.