El mundo cofrade siempre ha convivido con los cambios. Cambian los proyectos, los equipos, las juntas de gobierno… y también las formaciones musicales. Hasta ahí, nada nuevo. Lo preocupante es cuando la sensación que queda es que algunas decisiones responden más a la moda del momento que a una apuesta por la excelencia.
Vivimos una época en la que lo viral parece imponerse a lo consolidado. Lo que genera más reproducciones, más comentarios o más repercusión termina ocupando el lugar de aquello que, durante años, ha demostrado calidad, personalidad y un nivel artístico difícilmente discutible.
No deja de sorprender que una hermandad pueda prescindir de una formación considerada por muchos entre las mejores de la música procesional para dejarse seducir por el fenómeno del momento. Porque una cosa es renovar y otra muy distinta dejarse arrastrar por las tendencias.
Las modas pasan. Siempre lo han hecho. Lo que permanece es el prestigio construido con años de trabajo, de repertorio, de sacrificio y de regularidad. Y ese patrimonio no debería ser un aspecto menor a la hora de tomar decisiones.
Quizá dentro de unos años la apuesta resulte acertada. O quizá no. Pero conviene preguntarse si las hermandades deben decidir pensando en el aplauso inmediato o en la identidad que desean construir a largo plazo.
Porque las redes sociales viven del presente. Las hermandades, en cambio, están llamadas a pensar en décadas.
Y entre la moda y el prestigio, la historia demuestra que casi siempre termina prevaleciendo el prestigio.





