Hay algo especial en los días previos a la Cuaresma. Sin mirar el calendario, el alma cofrade lo presiente: una nostalgia suave, hecha de recuerdos, de sonidos lejanos de ensayo y de promesas de primavera. Sin embargo, cada año parece sentirse un poco menos intensa.
No es que cambie la Cuaresma —que permanece intacta en su sentido espiritual—, sino el ambiente que la rodea. El ruido social y las discusiones ajenas a su esencia han ido ocupando espacios que antes pertenecían al silencio, a la emoción y a la espera íntima. Lo que debería unir a menudo se convierte en motivo de debate, y eso enfría el sentimiento.
Quizá por eso muchos cofrades viven estos días con una mezcla de ilusión y melancolía, como quien regresa a un lugar querido que ya no suena igual que antes. No es pérdida de fe ni de devoción, sino la sensación de que algo se ha vuelto más superficial, más expuesto, menos recogido.
Aun así, la Cuaresma siempre llega. Discreta, fiel, recordándonos que su verdadero significado no depende del exterior, sino de lo que cada uno guarda dentro. Y mientras al oír una marcha o al pensar en un cirio encendido algo siga vibrando en nosotros, la esencia seguirá viva.
Porque la Cuaresma, más que una fecha, es una forma de sentir. Y esa, por fortuna, todavía nos pertenece.





