A paso mudá | Un monopolio musical muy peligroso

Hay cosas que conviene decir alto y claro, aunque incomoden.

Que una banda quiera tocar en la Semana Santa de Sevilla es perfectamente comprensible. Es el mayor escaparate de la música procesional y cualquier músico ambiciona formar parte de él. Hasta ahí, nada que objetar.

El problema aparece cuando esa ambición se convierte en una carrera por ocuparlo todo. Cuando da la sensación de que no basta con crecer, sino que hay que acaparar el mayor número posible de contratos, aunque para ello se acepten condiciones que otros difícilmente pueden igualar. Y ya no solo eso, sino que buscas acabar con el resto de formaciones compañeras por encima de todo. Lo que viene a ser un ego desorbitado.

Porque la competencia es buena. La competencia desleal, no.

Cuando una formación entra en una dinámica de rebajar al máximo sus cachés para hacerse con contratos, el perjuicio no es solo para las bandas que pierden esa actuación. El daño alcanza a todo el colectivo, porque devalúa el trabajo de cientos de músicos y establece un precedente que termina afectando a todos.

Y lo más llamativo es la contradicción. Mientras algunos contratos parecen convertirse en una guerra de precios, los certámenes, conciertos o salidas extraordinarias se negocian por cantidades muy distintas. Entonces sí se reconoce el verdadero valor de la música.

Nadie cuestiona la calidad de determinadas bandas. Se la han ganado con años de trabajo. Lo que muchos cuestionan es un modelo que parece encaminado a concentrar cada vez más espacio en menos manos.

Y, sobre todo, que después nadie pretenda envolverse en un discurso de humildad o de incomprensión cuando estas prácticas generan críticas. Si decides jugar una partida tan agresiva, debes aceptar que habrá quien no la comparta.

La música procesional necesita competencia, sí. Pero una competencia que eleve el nivel, no que empobrezca el mercado. Porque cuando unas pocas bandas acaparan cada vez más terreno, el riesgo deja de ser musical para convertirse en estructural.

Y ese es un monopolio que nunca beneficia a nadie… salvo a quien lo consigue.