Hablar desde la paz no significa callar. Muy al contrario, a veces exige levantar la voz para defender lo justo frente a quien utiliza su posición pública como púlpito de superioridad. Las bandas de música procesional no necesitan aduladores ni altavoces a sueldo; necesitan respeto, criterio y un mínimo de ética en quien se pone frente a una cámara con la pretensión de representar al mundo cofrade.
Hay un programa que, cada semana, se disfraza de escaparate de fe, pero funciona más como un teatro de egos. Un plató convertido en mesa camilla donde se dictan sentencias, se reparte carnet de “banda buena” o “banda prescindible”, y se decide —según la simpatía o conveniencia del momento— quién merece sonar y quién no. Todo esto entre risas, complicidades y guiños de quien se cree más importante que la propia música. La gota que ha colmado el vaso ha sido la descalificación pública e injustificada hacia la dirección musical de la Banda de La Redención, una formación con trayectoria, trabajo serio y un compromiso evidente con la excelencia.
Que se cuestione su dirección no desde el análisis técnico, sino desde el prejuicio y la altanería, es una falta de respeto no solo a esa banda, sino a todas las que trabajan lejos del foco mediático y no se pliegan a los círculos de amistad de ciertos presentadores y colaboradores. Quien se dedica a emitir opiniones que rozan el desprecio, envueltas en un tono sarcástico y pretendidamente “gracioso”, no está haciendo crítica musical: está sembrando división. Porque no es la primera vez que se ataca, directa o indirectamente, a agrupaciones que no encajan en su molde.
Y mientras tanto, otras bandas reciben trato de reinas absolutas, con campañas mediáticas constantes, menciones forzadas y entrevistas pactadas al milímetro. Ese desequilibrio ya no es casualidad. Es estrategia. Es favoritismo. Es campaña.
Las bandas no necesitan ser serviles con quienes las utilizan como contenido de entretenimiento. No necesitan pasar por el aro del “si no estás con nosotros, no existes”. Al contrario: muchas de las bandas más admiradas en la calle no tienen ni un segundo en ese plató. Y eso dice mucho más de la música que del programa.
El verdadero mundo cofrade no está en la televisión. Está en los ensayos bajo la lluvia, en los autobuses a las cinco de la mañana, en los contratos firmados con honestidad, en las filas de músicos que dan la cara por su formación con orgullo. Está en la calle, donde los aplausos no se compran, se ganan.
Quienes somos gente de paz decimos: ya basta. Basta de creerse jueces de un mundo que no conocen desde dentro. Basta de menospreciar a quien no baila su son. Basta de utilizar la devoción como disfraz para hacer espectáculo de los demás. Las bandas seguirán sonando con o sin su aprobación.
Pero que nadie se equivoque: el respeto no es una concesión. Es una obligación.





